Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 3 — Los ojos del pequeño
Valentina permaneció inmóvil frente a la cama de Leo.
La fotografía seguía en su mano.
Por unos segundos, fue incapaz de respirar con normalidad.
Aquella imagen pertenecía al pasado.
Un pasado que había dejado atrás hacía cinco años.
Un pasado que nadie debía conocer.
Mucho menos la persona que había dejado aquella fotografía en la habitación de su hijo.
Valentina miró hacia la ventana.
Estaba cerrada.
La puerta principal también.
Entonces, ¿cómo había llegado hasta allí?
Volvió a mirar a Leo.
Su pequeño dormía tranquilamente, abrazado a su almohada, sin saber que alguien acababa de entrar en su vida sin permiso.
Valentina tomó la fotografía y salió de la habitación.
Cerró la puerta con cuidado.
Después llamó a la persona que consideraba de mayor confianza.
—¿Mamá?
La voz de su hermana apareció al otro lado de la línea.
—Valentina, ¿qué sucede? Es muy tarde.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué pasa?
Valentina bajó la voz.
—¿Alguien sabía que había regresado?
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Por qué preguntas eso?
—Respóndeme.
Su hermana suspiró.
—Que yo sepa, nadie.
Valentina apretó la fotografía.
—Alguien dejó una foto antigua en la habitación de Leo.
—¿Qué?
—Una foto de Adrián y de mí.
La respiración de su hermana cambió.
—Valentina…
—¿Qué?
—¿Estás segura de que era una fotografía de ustedes?
—Sí.
—Entonces tienes que irte.
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si alguien tiene esa fotografía, significa que alguien estuvo investigando.
Valentina miró nuevamente hacia la puerta de la habitación de Leo.
—No puedo volver a huir.
—No estoy diciendo que huyas. Estoy diciendo que tengas cuidado.
Valentina cerró los ojos.
Tenía razón.
Había pasado cinco años protegiendo a Leo.
No permitiría que nadie pusiera en peligro su tranquilidad.
—Voy a estar bien.
—Prométeme que si sucede algo me llamarás.
—Te lo prometo.
Terminó la llamada.
Pero no logró tranquilizarse.
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A la mañana siguiente, Adrián llegó temprano a la oficina.
Daniel ya lo estaba esperando.
—Buenos días, señor.
—¿Hay novedades?
—Sí.
Adrián dejó su teléfono sobre el escritorio.
—Dime.
Daniel abrió una carpeta.
—Tenemos información sobre el nacimiento de Leo.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué encontraste?
—El registro confirma que nació hace cinco años.
Adrián permaneció en silencio.
—¿Y la madre?
—Valentina Ríos.
—Eso ya lo sabemos.
Daniel dudó.
—Hay algo más.
Adrián hizo un gesto para que continuara.
—El período aproximado de concepción coincide con la última época en la que usted y la señorita Ríos estuvieron juntos.
El silencio fue absoluto.
Adrián se apoyó contra el escritorio.
Había sospechado aquello desde el momento en que vio al niño.
Pero escuchar la confirmación hacía que todo resultara diferente.
—Quiero una prueba de parentesco.
—¿Sin que ella lo sepa?
Adrián levantó la mirada.
—No voy a hacer nada ilegal.
Daniel asintió.
—Entendido.
—Pero necesito saber la verdad.
Adrián se acercó a la ventana.
La ciudad se extendía debajo de él.
Durante años había pensado que Valentina simplemente había decidido abandonarlo.
Ahora comenzaba a preguntarse si había otra explicación.
¿Y si ella nunca tuvo la oportunidad de contarle?
¿Y si alguien se encargó de separarlos?
Una idea todavía más inquietante apareció en su mente.
—Daniel.
—¿Sí?
—Investiga qué ocurrió durante los últimos días antes de que Valentina desapareciera.
—¿Cree que alguien estuvo involucrado?
Adrián observó la ciudad.
—Lo voy a descubrir.
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Mientras tanto, Valentina estaba en su nuevo trabajo.
Intentaba concentrarse en los documentos que tenía frente a ella, pero cada pocos minutos miraba su teléfono.
No podía quitarse de la cabeza la fotografía.
—¿Todo bien?
Valentina levantó la mirada.
Era Camila, una compañera de trabajo.
—Sí. Solamente estoy cansada.
—El regreso siempre es complicado.
Valentina sonrió.
—Eso parece.
Camila se sentó frente a ella.
—Por cierto, hoy tendremos una reunión con el señor Montenegro.
Valentina se quedó quieta.
—¿Adrián?
—Sí.
—¿Por qué?
—La empresa está negociando una alianza con Montenegro Group.
Valentina respiró lentamente.
Por supuesto.
El destino parecía empeñado en ponerlo frente a ella.
—¿A qué hora?
—A las tres.
Valentina miró el reloj.
Faltaban dos horas.
Dos horas para prepararse para volver a enfrentarse al hombre que había cambiado su vida.
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A las tres en punto, las puertas de la sala de reuniones se abrieron.
Adrián entró acompañado de Daniel.
Valentina levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Ninguno dijo nada.
Pero la tensión fue evidente para todos los presentes.
Adrián tomó asiento.
—Comencemos.
La reunión avanzó durante casi una hora.
Valentina presentó varios documentos.
Adrián la escuchaba atentamente.
Pero cada vez que ella hablaba, él recordaba a Leo.
Sus ojos.
Su manera de fruncir el ceño.
La pequeña cicatriz que tenía sobre la ceja.
Y aquella sensación imposible de ignorar.
Cuando la reunión terminó, todos comenzaron a salir.
—Valentina, quédate.
Ella se detuvo.
Cuando la puerta se cerró, quedaron solos.
—¿Qué quieres?
Adrián se levantó.
—Quiero respuestas.
—Ya te dije que no tenemos nada de qué hablar.
—Tenemos mucho de qué hablar.
Valentina cruzó los brazos.
—Entonces habla.
Adrián sostuvo su mirada.
—Leo.
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué pasa con él?
—Tiene cinco años.
—Sí.
—Y nació exactamente cuando tú desapareciste.
—¿Y?
Adrián se acercó un poco.
—Y se parece demasiado a mí.
Valentina tragó saliva.
—Eso es una coincidencia.
—No creo en las coincidencias.
—Entonces ese es tu problema.
Adrián la observó durante varios segundos.
—¿Quién es su padre?
Valentina mantuvo el silencio.
—Respóndeme.
—No tienes derecho a preguntarme eso.
—Soy el hombre que podría ser su padre.
Las palabras hicieron que Valentina perdiera momentáneamente el control de su expresión.
Adrián lo vio.
Y comprendió que había acertado.
—Lo sabías.
Valentina retrocedió un paso.
—No sabes nada.
—Entonces mírame a los ojos y dime que Leo no es mío.
Valentina levantó la mirada.
Abrió la boca.
Pero ninguna palabra salió.
Adrián sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
No necesitaba una respuesta.
El silencio de Valentina ya le había dicho demasiado.
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Esa misma tarde, Adrián salió de la empresa.
Mientras caminaba hacia su automóvil, recibió una llamada.
—Señor Montenegro.
—Habla.
—Encontramos algo sobre Valentina.
Adrián se detuvo.
—¿Qué?
—La noche antes de que abandonara la ciudad, alguien ingresó al apartamento donde ella vivía.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué buscaba?
—No estamos seguros.
Hubo una pausa.
—Pero encontramos algo extraño.
—¿Qué?
—Una copia de un documento relacionado con su familia.
Adrián sintió que la situación era mucho más grande de lo que había imaginado.
—Envíamelo.
—Ya está en su correo.
Adrián terminó la llamada.
Abrió el documento.
Sus ojos recorrieron la primera página.
Entonces se quedó completamente inmóvil.
Era un documento firmado por su propio padre.
Y tenía fecha de hacía cinco años.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—¿Qué demonios…?
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En otro lugar de la ciudad, una mujer observaba una fotografía sobre su escritorio.
En ella aparecían Valentina y el pequeño Leo.
La mujer sonrió.
—Así que finalmente regresaste.
Tomó su teléfono.
—Ya está aquí.
Una voz respondió al otro lado.
—¿Y Adrián?
—Ya sospecha.
—Entonces hay que actuar rápido.
La mujer volvió a mirar la fotografía.
—No podemos permitir que descubra toda la verdad.
—¿Y qué harás con el niño?
Su sonrisa desapareció.
—El niño es precisamente la pieza que necesitamos.
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Esa noche, Adrián llegó a su casa.
Su madre estaba en la sala.
—Adrián.
Él dejó el documento sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
Victoria palideció al reconocerlo.
—¿Dónde encontraste eso?
—No importa.
—Adrián…
—Quiero saber la verdad.
Victoria permaneció en silencio.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Conocías a Valentina?
Su madre bajó la mirada.
—Sí.
—¿Sabías que estaba embarazada?
Victoria cerró los ojos.
Adrián sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—Mamá.
Ella finalmente levantó la mirada.
Y dijo las palabras que cambiarían para siempre la vida de su hijo:
—Tu padre sabía que ese niño existía.
Adrián quedó paralizado.
—¿Mi padre?
Victoria asintió lentamente.
—Y antes de morir… me pidió que jamás te contara la verdad.
Adrián apretó los puños.
—¿Por qué?
Victoria lo miró con tristeza.
—Porque Leo no es solamente tu hijo.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué es?
Victoria respondió:
—Es el heredero de algo que tu familia lleva cinco años intentando ocultar.