Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Positivo.
8 de la mañana del día siguiente. 26 de mayo.
Isabella no durmió nada después del picnic. Cada media hora se levantaba al baño, se miraba en el espejo del baño de la villa de 4 pisos, se tocaba la panza plana bajo su pijama blanco y se decía: "¿Será?".
Pietro tampoco durmió. Se quedó toda la noche despierto, abrazado a ella por detrás, con la mano en su panza, protegiéndola ya, posesivo incluso con algo que todavía no sabían si existía.
A las 8 en punto, Pietro arrancó la camioneta. No la dejó manejar a ella.
—Tú no manejas mareada — dijo, celoso de todo ahora.
Fueron a la farmacia de Montalcino. La única que hay en la plaza. La señora de la farmacia, la Signora Rossi, que conoce a los Valero desde que Pietro tenía 5 años, los vio entrar juntos, con ojeras, con apuro.
—Signora, una prueba — dijo Pietro, rápido, en voz baja.
La Signora Rossi sonrió. Porque en Montalcino todos se enteran de todo.
—Dos — dijo Isabella —. Por si acaso.
Compraron dos. Salieron corriendo. Pero en la puerta de la farmacia estaba Franco.
Franco Valero. Con su bastón. Con su sombrero. Parado al lado de la camioneta, sin que lo llamaran.
—¿Qué hacen acá a las 8 de la mañana? — dijo Franco, mirándolos, serio.
Pietro y Isabella se miraron. No le habían dicho nada a nadie. Del mareo en el viñedo bajo la luna, nada.
—Papá, ¿qué haces acá? — dijo Pietro.
—Pasé a comprar aspirinas y vi la camioneta — dijo Franco —. Y vi que compraron algo en la farmacia y salieron con cara de asustados. ¿Qué pasa?
Isabella apretó la cajita de la prueba en su mano. Se puso roja.
Franco la miró. Miró la cajita. Miró la panza de Isabella bajo su vestido simple. Y entendió. Porque Franco Valero tiene 70 años y tuvo 3 hijos, y sabe.
Se le aflojaron las rodillas.
—Isabella... — dijo, con voz chiquita —. ¿Estás...?
—Todavía no sabemos, Franco — dijo Isabella, con lágrimas ya.
Franco no dijo nada más. Se subió atrás de la camioneta. Sin preguntar.
—Maneja a la villa — dijo —. Yo espero afuera. No entro. Ustedes me avisan.
Volvieron a la villa. Los tres en la camioneta, en silencio. Franco atrás, rezando un rosario que nunca nadie lo había visto rezar. Pietro manejando a 20 por hora, por las curvas del viñedo, como si llevara cristal. Isabella con las dos pruebas en la mano, mareada otra vez.
En la villa, Isabella entró al baño de arriba. Pietro se quedó afuera de la puerta, con la frente pegada a la madera, como en el hospital cuando le dispararon, pero ahora temblando de felicidad.
—Amor, ¿estás bien? — decía cada 10 segundos.
—Sí, dame un minuto — decía ella.
Pasaron 3 minutos. Los más largos de la vida de los Valero.
En esos 3 minutos, Franco abajo, en el jardín, caminaba con su bastón de un lado a otro, mirando hacia la ventana del baño, con las manos juntas. Porque Giulia, su hija, no podía tener hijos. Los médicos se lo dijeron hace 5 años. Y su otro hijo, Marco Valero, el hermano mayor de Pietro que vive en Roma, siempre dijo "yo no pienso en hijos, papá, yo pienso en motos".
Así que este, si era positivo, era el primer nieto. El primer Valero de la nueva generación. El que iba a heredar las 10 hectáreas de Brunello.
De repente se escuchó un grito arriba. Un grito chiquito de Isabella.
—¡PIETRO!
Pietro abrió la puerta de un golpe.
Isabella estaba sentada en el borde de la tina, con el vestido blanco levantado un poco, con dos pruebas en la mano, con lágrimas corriendo por su cara de pelo rizado, pero sonriendo como nunca en todoos esos meses.
Las dos pruebas. Con dos rayitas rosadas. Fuertes. Claras. Positivas.
—¡Positivo! ¡Pietro, positivo! ¡Las dos positivas! — gritó, riendo y llorando.
Pietro se cayó de rodillas frente a ella. Le agarró la panza, le besó la panza plana mil veces, le besó las piernas, las manos, la boca.
—¡Vamos a ser padres! ¡Vamos a ser padres, Isabella! ¡Mi mujer va a ser mamá! — gritó, él también llorando, él, que nunca lloraba, que era el dueño serio del vino.
Abajo, Franco escuchó el grito.
Tiró el bastón al piso. Subió corriendo las escaleras de piedra de la villa, con 70 años, sin bastón, como si tuviera 30.
Entró al baño. Vio a su hijo de rodillas, llorando, besando la panza de Isabella. Vio las dos pruebas positivas en la mano de Isabella.
Franco no dijo nada. Se le tatuó la felicidad en el rostro. Literal. Se le iluminó toda la cara arrugada, se le llenaron los ojos de agua, se puso rojo.
—El primer nieto — susurró —. El primer nieto está en camino. Mi primer nieto.
Se acercó y abrazó a los dos. A Pietro y a Isabella juntos, en el baño de la villa.
—Gracias, Isabella — dijo Franco, llorando contra su pelo rizado —. Gracias por darle un nieto a este viejo. Gracias por darle un heredero a este viñedo. Giulia no pudo. Marco no quiere. Pero ustedes... ustedes sí. Ustedes me hicieron abuelo.
Isabella abrazó a Franco. Por primera vez le dijo papá.
—Gracias a ti, papá Franco, por recibirme cuando llegué huyendo y no tenía a nadie.
Ese día, a las 9 de la mañana del 26 de mayo, no hubo trabajo en el viñedo. Franco llamó a todo Montalcino.
A las 12, Giulia llegó desde Arezzo llorando de felicidad, abrazó a Isabella y le dijo: "Vas a ser mejor mamá que yo nunca pude ser. Te voy a ayudar en todo".
A las 2, todo el pueblo sabía y en la villa, brindando con jugo para Isabella y con Brunello para los demás, tocándole la panza plana a Isabella que todavía no tenía nada pero ya todos sentían que tenía todo.
Y Pietro, en un rincón del jardín, no dejaba que nadie se acercara mucho a Isabella, celoso ya no de hombre, sino de padre.
—Un pasito atrás todos — decía —. Mi mujer está embarazada. Nadie la aprieta, nadie la hace saltar, nadie le da vino. Nadie. ¿Entendieron? Es la madre de mi hijo.
E Isabella, con un mareo leve todavía, con dos rayitas rosadas en la mano, con la sonrisa más feliz de toda su aventura desde Lima, solo pensaba: "Llegué huyendo y encontré un amor celoso, protector y apasionado. Y ahora ese amor me dio una familia. Y un hijo".
Franco abuelo, Giulia feliz por su hermano, y Pietro ya en modo papá protector.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭