Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Yo te mantengo
Dulce estaba despierta desde antes de las seis, con unas ganas tremendas de ir al baño y sin atreverse a mover ni un pie. Primero había vibrado su celular en el buró. Lo había jalado debajo de la cobija, con el brillo al mínimo: veinte mil, a las seis, no a las ocho. Esto no me lo quita nadie. Luego él había salido al balcón y había cerrado la puerta corrediza, pero el vidrio era delgado y Adrián no bajaba la voz cuando creía que ella dormía. Grupo Hinojosa. La dirección que quieras. Si no me queda de otra, lo pienso.
Bajo la cobija, Dulce había buscado el nombre de él. El primer resultado era un hashtag, #AdriánValdésDestituido, y el primer comentario decía: Todo por la interesada. Cerró el celular y agarró la sábana con el puño. Cuando él regresó, le abrió los dedos uno por uno y se quedó sentado con su mano en la suya. Dulce no abrió los ojos hasta que lo sintió acostarse otra vez, de espaldas a ella. Entonces lo abrazó por detrás y le pegó la cara entre los omóplatos.
—¿En qué piensas, viejo?
—En nada —dijo él después de un rato, y le agarró la mano que tenía sobre su pecho—. Oye. Si un día me quedo sin nada, ¿te vas con el cachorro?
—¿Con Rafa? Ni de chiste. —Dulce le dio un mordisco en el hombro—. Aunque te quedes sin nada. Si hace falta, yo te mantengo. Me meto de edecán otra vez, que en el stand me iba bien.
—Esa falda, solo para mí. —Adrián se volteó de golpe y le dio una nalgada, no fuerte.
—Entonces tú de modelo. —Le recorrió el pecho con un dedo—. Con ese cuerpo te va de maravilla. Te contratan para despedidas de soltera y yo cobro la entrada. Una vez soñé que pedía uno a domicilio, como pizza, y…
Se calló, pero ya era tarde.
—¿Que pedías qué?
—Nada.
—¿Un modelo? ¿A domicilio?
—¡Fue un sueño!
Adrián la volteó sobre la cama y le sostuvo las muñecas contra la almohada, con cuidado, sin apretar. Ella se reía tanto que le dio hipo. Él esperó, viéndola desde arriba, hasta que Dulce dejó de reírse, le soltó una mano y le jaló la cara hacia la suya. Lo demás fue lento, con la luz gris de la mañana entrando por la cortina y las ganas de ir al baño olvidadas hasta después.
Cuando terminaron, Adrián sacó del cajón de su buró una cajetilla vieja, aplastada, que ella no sabía que existía. Prendió un cigarro, le dio una fumada, tosió y lo apagó en un platito. Dulce se le subió a la espalda y le puso la barbilla en el hombro.
—No tires el dinero, que ahorita estamos pobres.
—¿Desde cuándo sabes? —Él volteó la cabeza despacio.
—Desde que don Humberto te ofreció chamba. —Le enseñó el meñique—. Dame el tuyo.
—¿Para qué?
—Dámelo.
Adrián se lo dio. Ella lo enganchó con el suyo y lo apretó. Él dobló el dedo y se lo regresó más fuerte.
—Sellado —dijo él—. Nadie suelta a nadie.
—Nadie.
Se quedaron así un rato, con los meñiques trabados encima de la cobija. Luego él habló, viendo el techo.
—Me quitaron la dirección. Y las tarjetas del grupo. Me quedan mis ahorros y la casa.
—Pues aunque tengamos que vender esquites afuera del Metro. —Dulce se bajó de su espalda y corrió al baño—. ¡Tú pelas los elotes!
* * *
—Soñé que tenías gemelos, mija —le dijo Chayo esa tarde, en el cuarto del quinto piso, viéndola con los ojos entrecerrados—. Dos, igualititos, pelones.
—¡Ma!
—Hazte la prueba. Aquí mismo, ¿qué te cuesta? Mari está de turno.
Dulce volteó hacia Adrián, que estaba acomodando unas cajas de galletas en la cocinita. Él siguió acomodándolas.
—Si quieres hijos o no, lo decides tú —dijo—. No yo.
—Ya oíste, ma. Lo decido yo. Y yo digo que no estoy embarazada.
—Pues entonces no pierdes nada.
En la central de enfermeras, Mari le puso el torniquete y le dio unos golpecitos en la vena. Llenó un tubo, luego otro.
—¿Dos?
—Uno para la prueba y otro para la biometría. Estás bien pálida, amiga. —Mari le acercó una hoja y una pluma—. Firma aquí. Que autorizas la toma.
Dulce firmó sin leer. Prueba de embarazo en sangre, biometría hemática, su nombre completo en letras de molde. Mari le pegó un algodón en el brazo y le dobló el codo.
—Los resultados en la noche. Te mando audio.
Dulce bajó con Adrián a la esquina, donde una señora vendía tamales en un bote de lámina con una cobija encima. Compró cuatro de rajas y dos de dulce, y un champurrado para Chayo aunque sabía que no se lo iba a tomar. Cuando regresaron al cuarto, Julián estaba parado junto a la cama, cerrando el cierre de una hielerita azul, de las de lonche.
Se quedaron los tres quietos: Julián con la mano en el cierre, Chayo con la boca a medio abrir, Mari en la puerta del baño con unos guantes puestos.
—¡Juli! —dijo Dulce—. ¿Qué haces aquí?
—Le traje atole a tu mamá. —Julián señaló un termo en la mesita.
—Me trajo atole —dijo Chayo, muy rápido.
—Ay, pues ya somos dos. —Dulce dejó la bolsa de tamales junto al termo—. Pásame un vasito, ¿no?
Julián le sirvió. Luego se colgó la hielerita al hombro, dijo que tenía una junta en Azcapotzalco y se despidió de prisa: de beso a Chayo y a Dulce, de mano a Adrián, y a Mari con un gesto desde la puerta.
* * *
A las once de la noche, ya en la cama de Bosques, le entró el audio de Mari. Se pegó el celular a la oreja.
—Negativo, amiga. Y la hemoglobina bien, nomás come más carne.
Dulce soltó el aire por la nariz y se quedó viendo el techo con el celular en el pecho. Se tocó la panza por encima de la camisa, plana, igual que siempre.
—¿Qué dijo? —preguntó Adrián desde el baño, con el cepillo de dientes en la boca.
—Que no. —Dulce apagó la pantalla—. Primero la lana, luego los bebés.
—Primero la lana —repitió él, serio, asomado a la puerta con espuma en la barba, y regresó al lavabo.
* * *
Al día siguiente buscó en la libreta el número de Karla. Le marcó desde el balcón, caminando de un lado a otro.
—Karla, buenas tardes. Habla Dulce, la de la falda morada del stand de Hinojosa, ¿se acuerda de mí?
—¡Mija! ¿Cómo no? Si todavía me preguntan por ti. —Karla sonaba en la calle, con cláxones de fondo—. Oye, ahorita no tengo nada. Hasta diciembre, una expo de muebles en Santa Fe. ¿Te apunto?
—Apúnteme, por favor.
—Hecho. Te escribo.
Colgó. Adrián estaba en la puerta del balcón, recargado en el marco, con una taza en la mano. Lo había oído todo.
—¿De verdad le hablaste?
—Te dije que yo te mantengo.
Él la miró un rato largo. Tenía la boca apretada y los ojos le brillaban.
—Que sea de pantalón —dijo por fin.
Dulce se rio tanto que se tuvo que agarrar del barandal.
* * *
El miércoles en la noche le llevó a Chayo la pijama de cuadros, lavada y doblada, y un paquete de galletas de avena. En el pasillo del quinto piso ya habían bajado las luces. La puerta del cuarto estaba entreabierta y se oía la voz de su mamá, bajita.
—¿Ya te dijo algo Julián?
Dulce empujó la puerta. Mari, que ya abría la boca para contestar, la vio y la cerró de golpe. Chayo levantó la vista.
—¿Qué me están escondiendo, eh? —dijo Dulce, sonriendo, con la pijama en los brazos.
—Nada, mija. —Chayo bajó la cabeza y se puso a doblar la cobija que tenía en las piernas.
Mari se dio la vuelta para cambiar el suero.