Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 4
Pasaron nueve días más antes de que algo cambiara de verdad.
Ayla ya no contaba las horas con la misma urgencia. El cuerpo se había acostumbrado al ritmo. Levantarse antes del sol. Fregar. Comer. Lavar. Fregar otra vez. Dormir. Las rodillas dejaron de sangrar. Las grietas de las manos se cerraron y se volvieron a abrir, pero ya no le importaban. El dolor se había vuelto parte del paisaje, como el olor a vinagre y a azahar.
Lina se pegaba a ella sin pedirlo. Ayla no la rechazaba. Le enseñaba con gestos cómo retorcer mejor las sábanas para que no le dolieran tanto las muñecas. Le mostraba qué eunuco era más blando y cuál no. Una tarde, cuando nadie miraba, le sacó una espina que se le había clavado en el pie. Lina le agarró la mano un segundo más de lo necesario. Ayla la soltó con suavidad.
Yasmin hablaba poco, pero cuando lo hacía, valía la pena escuchar. Una noche, mientras las otras dormían, le susurró desde el colchón de al lado:
—El príncipe Zahir viene casi todas las semanas al ala de las favoritas. No entra. Solo mira desde la galería. Dice que busca a alguien que le recuerde a su madre. Mentira. Busca aliadas.
Ayla asintió en la oscuridad.
—Y el visir Hamid… ese sonríe demasiado. Cuando un hombre sonríe así, ya tiene el cuchillo listo.
Ayla guardó los dos nombres junto a los demás.
El décimo día la mandaron a limpiar más arriba.
Sahra la miró de arriba abajo antes de darle la orden.
—El corredor de las ventanas altas. Y que no se te ocurra mirar hacia el patio del sultán. Si te ven, la culpa es tuya.
Ayla subió las escaleras de piedra con el cubo. El aire cambiaba. Olor a incienso más fino. Alfombras en vez de losas desnudas. Las paredes tenían relieves de caza y de jardines. Se arrodilló y empezó a fregar como siempre, pero esta vez los ojos trabajaban más rápido.
Desde las ventanas altas se veía un patio grande con una fuente de mármol blanco y árboles podados en forma de animales. Había hombres. Guardias con turbantes oscuros. Un eunuco mayor que daba órdenes. Y al fondo, una figura sentada bajo un toldo rojo. No pudo verle la cara. Solo la espalda recta y la mano que se movía al hablar.
Volvió a bajar la cabeza. El corazón le latía más fuerte de lo normal. No era miedo. Era la sensación de estar cerca de algo grande y peligroso.
Esa misma tarde corrió el rumor por el lavadero.
—El sultán vuelve.
—Dicen que mañana o pasado.
—Trae prisioneros. Y regalos. Y una herida en la pierna que no cierra del todo.
Las esclavas hablaron más de la cuenta. Sahra las calló con una sola mirada. Ayla siguió retorciendo sábanas. Por dentro sentía un calor extraño en el pecho. El sultán Kael. El hombre cuyo ejército había quemado su casa. El que se había llevado a las mujeres como botín. Todavía no le había visto la cara. Pronto lo haría.
Por la noche no pudo dormir. Se quedó mirando el techo bajo. Contó los respiraciones de Lina. Contó los pasos del guardia que pasaba cada tanto por el pasillo. Pensó en Tarek. En cómo le habría dicho que no se acercara demasiado pronto. “Primero aprende el terreno. Después golpeas.”
Al día siguiente el palacio entero cambió de ritmo.
Había más guardias. Más eunucos corriendo. Las concubinas de rango alto se peinaban con más cuidado. Hasta Sahra parecía nerviosa. Ayla fregó el corredor largo dos veces porque se lo ordenaron. Mientras lo hacía, escuchó a dos sirvientas hablar cerca de la fuente.
—Dicen que llegó anoche. En litera. No puede montar.
—¿Paralizado?
—No del todo. Pero las piernas no le responden como antes. El príncipe Zahir ya está moviendo piezas.
Ayla pasó el trapo con más fuerza. El agua sucia le salpicó los antebrazos. No importaba.
Esa tarde la mandaron otra vez al corredor de las ventanas altas. Esta vez el toldo rojo estaba vacío. El patio tenía más movimiento. Caballos. Cofres. Hombres que descargaban. Y de pronto, una litera cubierta con cortinas oscuras que cruzó el patio hacia el edificio principal.
Ayla se quedó un segundo más de la cuenta mirando. Un eunuco la vio.
—¡Tú! Baja la cabeza y sigue trabajando.
Obedeció. Pero ya había visto lo suficiente. La litera. La forma en que los soldados bajaban la vista. La tensión en los hombros de todo el mundo.
Por la noche, cuando las cerraron otra vez en el dormitorio, Yasmin se acercó más.
—Mañana lo van a presentar en el salón grande. Todas las de servicio vamos a estar en la galería de atrás. Calladas. Invisibles. Tú quédate cerca de mí. No hagas nada raro.
Ayla asintió.
Se acostó. Las manos le olían a vinagre y a azahar. El cuerpo estaba cansado, pero la cabeza no. Por primera vez desde que había llegado, sentía que el tiempo empezaba a moverse otra vez. No hacia atrás. Hacia adelante.
Cerró los ojos y repitió los nombres que ya tenía:
Zahir.
Hamid.
Kael.
Y el suyo propio, el que nadie aquí conocía.
Ayla.
Princesa.
Muda.
Viva.
Mañana vería la cara del hombre que le había robado todo.
Y él no vería nada.
Solo otra esclava más con el trapo en la mano.