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El Peso De Las Sombras

El Peso De Las Sombras

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Romance de oficina
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.

Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: EL ATAQUE EN EL ESTACIONAMIENTO

La irrupción de Damián convirtió la sala de juntas en un hervidero de acusaciones cruzadas. Victoria Valdés observaba a su hijo menor con una mezcla de repugnancia y pavor, mientras los abogados parlamentaban a gritos sobre la validez de los poderes notariales presentados por Damián.

Elena aprovechó la confusión para salir discretamente de la sala. Necesitaba aire. Las piezas del rompecabezas no encajaban: Julián había modificado su testamento dos días antes de morir para entregarle la mayoría de sus activos a ella, la misma persona cuyo nombre había subrayado tres veces en su libreta final antes de ser asesinado. Aquello no era una muestra de amor ni de confianza; era una diana dibujada sobre su espalda para convertirla en el centro de todas las sospechas y codicias de la familia.

Descendió en el ascensor privado hasta el tercer nivel del subterráneo, donde tenía aparcado su coche. El estacionamiento estaba sumido en un silencio penumbra, interrumpido solo por el zumbido constante de los extractores de aire.

Elena caminó a paso rápido sobre el hormigón pulido, buscando las llaves dentro de su bolso. El chasquido de sus tacones resonaba contra los pilares de concreto.

Al llegar a la puerta de su vehículo, escuchó el rugido repentino de un motor de gran cilindrada que se encendía en la zona de las rampas traseras. Las luces altas de una camioneta blindada de vidrios polarizados se encendieron de golpe, deslumbrándola por completo.

Elena se cubrió los ojos con el brazo.

—¿Hola? —llamó, tratando de divisar al conductor.

El vehículo no aminoró la marcha. Al contrario, el motor aceleró a fondo, haciendo chillar los neumáticos contra el suelo pulido. La camioneta se lanzó directamente hacia ella a una velocidad suicida, acorralándola contra la columna de hormigón.

El pánico paralizó a Elena. Intentó correr hacia el lateral, pero el impacto del parachoques contra los coches estacionados a su lado le cerró la vía de escape. Las luces incandescentes la cegaban mientras el estruendo del motor retumbaba en sus oídos.

Faltaban apenas tres metros para el impacto inevitable cuando una figura se arrojó sobre ella desde un lateral. Un par de brazos fuertes la taclearon por la cintura, arrastrándola violentamente por el suelo de concreto justo en el segundo en que la camioneta destruía el lateral de su vehículo en una lluvia de cristales y metal retorcido.

El impacto resonó como una explosión en el piso subterráneo.

Elena cayó de costado sobre el pavimento, sofocada y con el hombro golpeado. Sobre ella, cubriéndola con su propio cuerpo, estaba Damián, respirando agitadamente y con un hilo de sangre brotándole de la sien por el roce contra el suelo.

La camioneta no se detuvo. Dio marcha atrás con un chirrido de engranajes metálicos y ascendió a toda velocidad por la rampa de salida hacia la calle principal, desapareciendo antes de que la seguridad del edificio pudiera reaccionar.

Damián se incorporó despacio, ayudando a Elena a levantarse por los codos.

—¿Estás bien? —preguntó él, inspeccionándole el rostro con desesperación—. ¿Te golpeaste la cabeza?

—Estoy... estoy bien —balbuceó Elena, temblando descontroladamente mientras miraba los restos destrozados de su vehículo—. Quintaban matarme, Damián... Ese auto iba directo hacia mí.

—No querían asustarte, querían eliminarte antes de que firmes la recepción de las acciones —dijo Damián con la voz llena de una rabia contenida—. Julián te dejó el control de todo porque sabía que la junta directiva está podrida. Te usó como un escudo, Elena.

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