Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 14: El peso de un "te amo"
Daniel sintió que las palabras de Alex le devolvían el alma al cuerpo, pedazo a pedazo. El nudo asfixiante que había cargado en la garganta durante años se desató por completo bajo la calidez de esos ojos oscuros que lo miraban sin pizca de reproche. Ver sus propios nudillos envueltos en la venda blanca que Alex le había colocado con tanto cuidado fue la prueba física de que no lo había destruido todo.
Sin poder contenerse ni un segundo más, Daniel se impulsó hacia adelante. Cortó la poca distancia que los separaba, rodeó la cintura de Alex con sus brazos y lo abrazó con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
Se aferró a él como un náufrago a su balsa, aspirando el aroma familiar de la sudadera gris. Sintió cómo, tras un instante de sorpresa, los brazos de Alex correspondían el gesto, rodeándole los hombros y acariciándole la espalda en círculos lentos y reconfortantes.
—¿Entonces... no me odias? —susurró Daniel contra su piel, con la voz ahogada y temblorosa, incapaz de creer del todo la realidad de lo que estaba viviendo.
Alex soltó una pequeña risa suave, un sonido limpio que vibró directamente en el pecho de Daniel.
—Eres un idiota de verdad, Daniel —respondió Alex, apretando más el abrazo—. ¿Cómo podría odiarte por amarme? Estaba enojado, sí, pero conmigo mismo. Por haber sido tan ciego, por no haberme dado cuenta de todo lo que hacías por mí mientras yo lloraba por alguien que no valía la pena.
Daniel se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarlo a la cara, aunque mantuvo sus manos firmes en las caderas de Alex. Sus ojos verdes seguían un poco brillantes, pero el pánico salvaje de hace unos minutos había desaparecido.
—Es que... tenía un pánico terrible, Al —confesó Daniel, con una honestidad descarnada que ya no le daba miedo mostrar—. Cada vez que te veía con Camila, cada vez que hacías planes para el futuro, yo sentía que me estaba quedando fuera. Inventaba esos chistes estúpidos porque si no me reía, sentía que iba a ponerme a gritar en mitad de la facultad que me estaba muriendo por ti. Pensé que si cruzaba la línea hoy, te perdería para siempre. Y prefiero mil veces ser "solo el amigo" que no tenerte en absoluto.
Alex extendió la mano sana y le acarició la mejilla con suavidad, deteniéndose cerca de la oreja de Daniel. Su tacto era un bálsamo que terminaba de apagar el incendio interno de su amigo.
—Pues ya no tienes que conformarte con ser solo el amigo, Dani —le dijo Alex con una mirada cargada de una ternura infinita—. Las cosas cambiaron. Y no quiero que vuelvas a morderte la lengua cuando estés a mi lado. Si quieres decirme algo, dilo. Si quieres estar cerca, quédate cerca.
Daniel tragó grueso, sintiendo que una sonrisa real, de esas que sí llegaban a los ojos, comenzaba a dibujarse en sus labios por primera vez en años.
—¿Cualquier cosa? —preguntó Daniel, recuperando un destello de su chispa habitual pero con un tono mucho más íntimo—. Porque ahora mismo lo único que quiero es volver a besarte en esa mesa de dibujo, y esta vez sin que Martín nos interrumpa.
Alex soltó una carcajada limpia, con las mejillas ligeramente encendidas.
—Primero vamos a tener que recoger todos los planos de Urbanismo que tiraste al suelo, guardaespaldas —bromeó Alex, dándole un golpecito juguetón en el hombro—. Pero después... tal vez te deje cobrar tu tarifa