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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: Tu casa yo te la cuido

A Maite la despertó el zumbido. Venía de la madera del buró, pegado a su oreja, y se le metía hasta los dientes.

Estiró la mano. El celular se le resbaló, rebotó en la orilla y cayó boca arriba sobre la alfombra. Amá. Para cuando lo levantó, ya había dejado de sonar.

Tres llamadas perdidas. Una videollamada. Un mensaje de las once y cuarto: Mija, ¿estás bien?

Se sentó de golpe. La cabeza le dio una vuelta completa y regresó a su lugar con retraso.

No era su cuarto. No había litera, ni rosas colgadas de cabeza, ni la lámpara chueca del escritorio. Había una cama del tamaño de su cuarto entero, cortinas grises y una raya de luz de madrugada entrando por la orilla.

Se miró. El vestido azul marino, completo, los dos tirantes en su lugar. Los flats estaban al pie de la cama, uno junto al otro, derechitos, como los dejaba su papá afuera del cuarto cuando llegaba del campo.

Nada más le habían quitado los zapatos.

Soltó el aire. Y detrás del alivio, más despacio, le llegó otra cosa, chiquita, que se parecía demasiado a la desilusión. Se tapó la cara con la almohada. ¿En serio, Maite? ¿En serio?

Luego se acordó.

La barra. Las tres copas. La bufanda en sus puños. Me gustas. Me gustas mucho. Bésame.

Se hundió más en la almohada.

—Buenos días.

Rodrigo estaba en la puerta con dos tazas de café. Traía la camisa de anoche arrugada, las mangas arriba y la marca de un cojín en la mejilla. Dejó una taza en el buró, a su alcance, y se sentó en el sillón de la ventana, junto a la bufanda doblada.

—¿Qué… qué hice? —preguntó ella desde abajo de la almohada.

—Te dormiste en mi hombro. Te traje cargando. Yo dormí en la sala.

—¿Y nada más?

—No pasó nada. —La miró derecho, sin sonreír—. Y no va a pasar nada sin que tú me digas que sí. Sobria.

A Maite se le subió toda la sangre a la cara. Agarró la taza con las dos manos y se puso a mirar el café como si trajera instrucciones.

—Te dije cosas.

—Me dijiste que te gusto. Mucho. Desde la sierra.

—Estaba borracha.

—Por eso no cuenta todavía. —Él le dio un trago a su café—. Pero me lo apunté.

El celular volvió a vibrar sobre las sábanas. Amá.

Maite se llevó un dedo a los labios. Él asintió y no se movió del sillón. Contestó en altavoz, como contestaba siempre en la residencia para tener las manos libres, y cuando se dio cuenta ya era tarde para cambiarlo.

—¿Amá?

—¡Mija! ¡Ay, Diosito! Te marqué toda la noche. ¿Dónde estabas?

—Me quedé estudiando en la biblioteca, amá, y se me murió el celular.

Lo dijo de corrido, sin respirar. Rodrigo bajó la vista a su taza.

Del otro lado se oyó un sorbido largo. Luego otro. Su mamá estaba llorando, y no por el celular muerto.

—¿Qué pasó, amá?

—Vino tu tío Cirilo. Ayer, en la tarde. Con Neto. —La voz se le cortaba—. Traían una cinta de medir, mija. Midieron el patio como si fuera de ellos. Que Neto se casa y necesita casa. Que tu tío le va a levantar dos pisos aquí enfrente, pegados a la nuestra, y que para eso le hacen falta diez metros del patio.

Maite dejó la taza en el buró. Le temblaba la mano.

—¿Y el árbol?

—Que hay que tumbarlo. —Un silencio con respiración—. Dijo que en esta casa no hay hombre. Que tarde o temprano esto es de la familia. Y don Chema ahí parado, en la banqueta, dándole la razón. Que un muchacho que se casa necesita dónde vivir, que una viuda sola para qué quiere tanto patio.

El naranjo. El que su papá había plantado con sus manos el año antes de irse. El de la foto de su celular, el que se llenaba de flor blanca en marzo.

—¡Que se atreva! —Se había puesto de pie sin darse cuenta, descalza en la alfombra—. Si toca el árbol de mi papá, le hablo a la policía. Amá, no firmes nada. No le abras.

—¿Y si viene con los muchachos, mija? ¿Qué hago yo sola?

—No le abras. Ahorita veo qué hago. Te marco al rato, ¿sí? Te lo juro.

Colgó. Se quedó parada a media recámara, con el celular apretado contra el vestido.

Ahorita veo qué hago. ¿Qué iba a ver? Un abogado en General Terán cobraba por consulta lo que ella ganaba en una semana de propinas. Y después de la consulta venía lo demás.

—¿Cómo se llama el rancho? —preguntó Rodrigo.

Lo había oído todo. Claro que lo había oído todo.

—San Isidro del Naranjo. Municipio de General Terán.

—¿Nombre completo de tu tío?

—Cirilo Guzmán Leal.

—¿La casa a nombre de quién está?

—De mi papá. Efraín Guzmán Leal. —Tragó saliva—. Nunca la pasamos a nadie. No había para el licenciado.

Rodrigo asintió una vez. Sacó su celular y marcó sin levantarse.

—Tomás. Necesito a Villarreal. Sí, ya sé que es sábado.

Maite lo oyó pasar de una llamada a otra en menos de diez minutos. Tomás. Villarreal. Un asunto de herencia en General Terán, sin testamento, con amenazas. No, no quería a nadie de Monterrey. Quería a alguien de allá, alguien que la gente del pueblo conociera y que conociera el Ministerio Público de la cabecera. Villarreal le dio un nombre. Él lo repitió en voz alta mientras lo anotaba en el bloc del hotel.

—Norma Salinas.

La tercera llamada fue a ella. Rodrigo habló poco, con usted y licenciada. El lunes, una carta por escrito, entregada en la mano. Revisar el registro de la propiedad. Empezar el juicio sucesorio. Y la señora, si el hombre regresa, que no discuta: que le marque a usted.

Colgó. Maite seguía de pie.

—No quiero deberte más.

—No me debes nada.

—Te debo una gallina.

—La gallina es aparte. —Rodrigo se levantó y se acercó despacio—. Esto no. Tu casa yo te la cuido.

—¿Y qué le digo a mi amá?

—Que un amigo te consiguió abogada. —Le quitó el celular de la mano, con cuidado, y lo dejó en el buró—. Es la verdad.

Maite quiso decir algo y lo que le salió fue un sollozo. Uno feo, de esos que se atoran. Él no dijo nada. La abrazó, con la mano abierta en su espalda, y la dejó llorar sobre su camisa arrugada hasta que se le acabó el aire.

* * *

La licenciada Salinas le marcó a ella a las nueve y media. Tenía voz de señora que llevaba muchos años explicándole las cosas a gente asustada.

—Maite, le voy a decir lo que hay, sin adornos. La casa y el solar están a nombre de su papá. No dejó testamento. En ese caso los herederos son la esposa y la hija. Su mamá y usted. —Una pausa corta—. Su tío no es heredero. Ni de un metro.

Maite se sentó en la orilla de la cama.

—¿Y si corta el árbol?

—Si corta el árbol o tumba una barda, es daño en propiedad ajena. Y lo que le dijo a su mamá se puede denunciar como amenazas. Pero no le voy a mentir: esto lleva tiempo. Una carta no amarra a nadie. El lunes le entrego la primera advertencia por escrito, y empezamos el juicio. Dígale a su mamá que tenga mi número pegado en el refrigerador.

—Sí, licenciada.

—Y otra cosa. —La voz se le suavizó un poquito—. Su mamá no está sola. Ya no.

A las diez y media, Chuy la esperaba abajo con el sedán gris. Rodrigo la acompañó hasta el elevador. El lunes tenía examen. Él no la besó. Le acomodó un tirante que se le había caído y le dijo que desayunara algo en el camino.

En el asiento de atrás, Maite le marcó a su mamá.

—Amá, un amigo me consiguió abogada. Es de General Terán. Se llama Norma Salinas.

—¿Qué amigo?

—Uno bueno, amá. Apunta el número.

* * *

El lunes nueve, a las ocho de la noche, Maite salió del examen con la mano entumida y el celular lleno de mensajes.

Uno era de Rodrigo: ¿Cómo te fue?

Otro, de un número de General Terán. Una foto.

Una hoja tamaño oficio, rota en cuatro pedazos, tirada en la tierra frente a un portón de lámina. En el pedazo de arriba se alcanzaba a leer, partido a la mitad, el nombre de su papá.

Abajo, el mensaje:

Se la entregué en su mano a las cinco. La rompió enfrente de mí, licenciada Guzmán… digo, Maite. Dígale a su mamá que me llame en cuanto lo vea.

Maite se quedó mirando la foto en medio del pasillo, con la gente pasándole por los lados.

Entró otro mensaje.

Va a volver.

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