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La falsa heredera que ocultaba un imperio

La falsa heredera que ocultaba un imperio

Status: En proceso
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Durante diecisiete años, Ana vivió como la hija perfecta de la poderosa familia Reyes. Pero bastó una prueba de sangre para que perdiera su apellido, su hogar y todo lo que creía suyo.
Todos esperaban verla suplicar.
En cambio, Ana regresó con los Duarte, la humilde familia que la recibió sin condiciones, y decidió no volver a ocultarse. Porque la joven que la élite despreciaba no era una impostora indefensa: había construido en secreto un imperio empresarial, poseía talentos capaces de sacudir toda Ciudad Dorada y conocía secretos que podían destruir a quienes la traicionaron.
Mientras las máscaras comienzan a caer, Diego Rivas —el único hombre que siempre supo quién era ella en realidad— permanece a su lado, dispuesto a enfrentarse al mundo entero por la mujer que ama.
La familia Reyes creyó que había expulsado a una falsa heredera.
Todavía no sabía que acababa de provocar a la mujer que pondría de rodillas a toda la élite.

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Capítulo 24

La heredera que no pudo esconderse

Capítulo 24

La mansión Reyes a medianoche era un monumento a la hipocresía: fachada blanca, jardines impecables, ventanas iluminadas con la calidez falsa de una postal navideña. Por fuera, perfección. Por dentro, un hombre golpeando a su hijo en el sótano.

Lucas condujo en silencio. No el silencio cómodo de quien no tiene nada que decir, sino el silencio tenso de quien tiene demasiado y no sabe por dónde empezar. Su ojo hinchado brillaba bajo las luces de la calle como una advertencia que nadie iba a leer.

—¿Cuántos guardias? —pregunté.

—Cuatro en la entrada principal. Dos en la puerta de servicio. Y Roberto, el jefe de seguridad, que duerme en la caseta del portón pero que a esta hora probablemente está viendo telenovelas en su teléfono.

—Roberto me conoce.

—Roberto te adora. Le regalaste un pastel de tres leches cuando su hija cumplió quince.

Lo recordaba. También recordaba que Roberto tenía una hija con asma, que su esposa trabajaba en una maquiladora, y que le debía tres meses de renta al dueño de su departamento. No recordaba estas cosas por bondad. Las recordaba porque la información sobre las personas siempre es útil. Pero el pastel sí fue por bondad. A veces las dos cosas coexisten.

Entramos por la puerta de servicio. Lucas conocía los ángulos ciegos de las cámaras con la precisión de alguien que lleva años escabulléndose de su propia casa. Me guio por el corredor de la cocina, bajamos por la escalera que llevaba a la bodega de vinos y, al fondo, una puerta de acero que yo no recordaba.

—Ricardo la mandó instalar hace dos años —dijo Lucas—. Para "reuniones privadas".

Reuniones privadas. El eufemismo más elegante que había escuchado para una cámara de castigo.

La puerta estaba cerrada con llave. Lucas sacó una copia.

—¿De dónde la sacaste?

—Del cajón de Silvana. Mi madre guarda duplicados de todo. Nunca sabes cuándo necesitas acceder a los secretos de alguien.

Abrimos.

El sótano olía a humedad, a óxido y a algo metálico que reconocí al instante: sangre. Un foco desnudo colgaba del techo, proyectando sombras que hacían que las paredes parecieran moverse.

Mateo estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared. La camisa, blanca esa mañana seguramente, ahora era un mapa de manchas rojas. Tenía el labio partido, un corte sobre la ceja izquierda, y los nudillos de ambas manos despellejados, lo que significaba que había intentado defenderse antes de rendirse.

Nos miró. O intentó mirarnos. Sus ojos no enfocaban bien.

—¿Ana? —Su voz sonó como papel arrugado.

—Soy yo.

—¿Por qué viniste?

—Porque tu hermano me lo pidió.

—Mi hermano. —Soltó algo que quiso ser risa y terminó en tos—. Mi hermano, que lleva seis meses fingiendo que le importo para poder usarme en su plan de venganza contra Ricardo. Ese hermano.

Lucas se tensó a mi lado. No dijo nada.

Me arrodillé frente a Mateo. Examiné los cortes. Superficiales la mayoría, pero el de la ceja necesitaba puntos y su muñeca izquierda estaba en un ángulo que no me gustaba.

—¿Puedes caminar?

—¿Me voy a morir si no camino?

—No.

—Entonces sí. Puedo.

Lo ayudé a levantarse. Pesaba más de lo que aparentaba, o quizás era que el dolor hacía que su cuerpo se rindiera en los lugares donde normalmente se sostenía. Se apoyó en mi hombro con la torpeza de alguien que no está acostumbrado a apoyarse en nadie.

Lucas tomó el otro lado. Los tres subimos las escaleras en silencio, como una procesión fúnebre en miniatura.

Salimos por donde entramos. Ningún guardia nos vio. O si nos vieron, eligieron no ver. En la mansión Reyes, la ceguera selectiva era una habilidad de supervivencia.

Lo llevé al departamento de Diego. No al departamento de los Duarte —no iba a exponer a mi familia a esto— ni al hospital —las preguntas serían demasiadas—. Diego no hizo preguntas cuando llegamos. Me miró, miró a Mateo, y abrió la puerta.

—Habitación de invitados —dijo—. Hay un botiquín debajo del lavabo.

Curé a Mateo en silencio. Limpié los cortes, vendé la muñeca —no estaba rota, solo torcida—, puse puntos de mariposa sobre la ceja. Él me observaba con una expresión que no supe descifrar: mitad gratitud, mitad cálculo, como si estuviera archivando cada gesto mío para usarlo después.

—¿Por qué haces esto? —preguntó mientras le limpiaba el labio partido.

—Porque nadie merece lo que te hizo Ricardo. Ni siquiera tú.

—Especialmente yo. —Cerró los ojos—. ¿Sabes lo que descubrió? Que fui yo quien filtró la información financiera de Grupo Reyes. Cuatrocientos millones en deuda oculta, enviados a cinco medios de comunicación. Mañana, pasado, la próxima semana, no importa cuándo lo publiquen: Grupo Reyes está muerto. Y yo lo maté.

—¿Por qué?

—Porque este imperio se construyó sobre mentiras, Ana. Sobre mentiras y sobre gente aplastada. Tu familia incluida. —Abrió los ojos—. No soy el héroe de esta historia. Ni siquiera soy una buena persona. Pero incluso las malas personas tienen límites, y Ricardo cruzó los míos hace mucho tiempo.

Me miró con una intensidad que en otro momento me habría incomodado.

—Déjame ayudarte —dijo.

—¿Ayudarme con qué?

—Con Silvana. Sé cosas que tú necesitas saber. Cosas sobre ella que ni Lucas conoce. Pero no te las voy a dar gratis.

Ahí estaba. El Mateo que conocía. Incluso sangrando, incluso roto, seguía negociando.

—¿Qué quieres a cambio?

—Que no me odies. —Su voz se volvió algo que casi sonaba vulnerable—. Que cuando todo esto termine, no me mires como me mira todo el mundo: como si fuera una extensión de mi padre. Porque no lo soy. Nunca lo fui.

Terminé de vendarle la mano. Me senté en la silla frente a la cama.

—No te odio, Mateo. Pero tampoco confío en ti. Confiar se gana, no se negocia.

Asintió. Lento. Con los ojos cerrados.

Y entonces sucedió.

Un temblor. Casi imperceptible al principio, como una vibración que empezaba en las manos y se extendía hacia los hombros. Mateo abrió los ojos de golpe y los tenía vidriosos, desorbitados, como si mirara algo que no estaba en la habitación.

—Mateo.

No respondió. Su respiración se aceleró. Las venas del cuello se marcaron como ríos en un mapa. Apretó las sábanas con tanta fuerza que los nudillos, ya lastimados, empezaron a sangrar de nuevo.

Yo había visto esto antes. En los archivos médicos que encontré cuando vivía en la mansión Reyes. Un expediente que Silvana guardaba bajo llave y que yo copié una noche a los quince años porque las cosas bajo llave siempre son las más interesantes.

Un trastorno sanguíneo. Raro. Hereditario. Provocaba episodios de confusión, fiebre súbita y un dolor que, según las notas del médico, era "comparable a una fractura ósea sostenida". Silvana lo trataba con un medicamento que ella misma supervisaba, administrado en dosis que yo siempre pensé eran excesivas.

Le tomé la muñeca. El pulso era errático, demasiado rápido.

—Mateo, escúchame. Necesito que respires. Despacio. Conmigo.

No me oía. O si me oía, su cuerpo no obedecía. Me agarró la muñeca con una fuerza que contradecía su estado y me acercó hacia él. Sus ojos, desenfocados, me miraban sin verme.

Y entonces habló.

Una sola palabra. Un nombre.

No "Ana". No "Vale". No "mamá".

—Renato —jadeó, con la voz de un niño perdido llamando a alguien que no iba a venir—. Renato... ¿dónde estás?

Se desplomó. La mano que me sujetaba perdió fuerza. Su respiración se estabilizó poco a poco hasta convertirse en algo que parecía sueño.

Me quedé inmóvil. Con la muñeca marcada por sus dedos y una pregunta ardiendo en la cabeza.

Renato.

No existía ningún Renato en la familia Reyes. Ningún amigo, ningún socio, ningún empleado con ese nombre en los registros que yo conocía.

Pero sí existía un Renato en un expediente que había leído hacía dos capítulos de mi vida: Renato Falcón. El hombre cuyo nombre aparecía en los márgenes de documentos que Silvana había intentado destruir. El fantasma que rondaba los pasillos de la mansión Reyes sin que nadie lo mencionara jamás.

Si Mateo, en un episodio de delirio, llamaba a Renato...

Entonces Mateo sabía algo. O su sangre sabía algo. Algo que su mente consciente no podía —o no quería— recordar.

Salí de la habitación. Diego estaba en el pasillo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y la expresión de alguien que lleva treinta minutos conteniéndose de entrar.

—¿Está bien? —preguntó.

—Está dormido.

—¿Y tú estás bien?

Lo miré. En otra vida, en otro momento, le habría dicho que sí. Que estaba perfectamente bien. Que Ana Duarte siempre está bien.

—No —dije—. Pero lo estaré. Cuando entienda quién es Renato Falcón y por qué Mateo lo llama en sueños.

Diego no preguntó más. Solo me abrió los brazos.

Y por segunda vez esa noche, dejé que alguien me sostuviera.

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