En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 9 — Protegiendo Al Séptimo Príncipe
—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamé con furia.
Antes de que mi cabeza pudiera pensar en etiqueta, protocolo o consecuencias, mi cuerpo ya se había movido.
Corrí hacia ella.
—¡¿Señorita?! —escuché exclamar a la sirvienta que me acompañaba.
No me detuve.
Me lancé directamente sobre la mujer.
—¡¿CÓMO TE ATREVES?!
Mis pequeñas manos se aferraron a su cabello.
—¡AY!
La mujer soltó un grito de sorpresa cuando tiré con todas mis fuerzas.
Y entonces...
Arañé su rostro.
—¡¿Qué cree que está haciendo, señorita?!
—¡¿Eres ciega?! ¡Te estoy enseñando tu lugar!
Seguí jaloneando fuertemente de su cabello.
—¡Esto es por golpear a un príncipe!
La mujer intentó apartarme.
—¡Suélteme! ¡Suélteme inmediatamente!
Pero en cuanto reconoció quién era yo, su resistencia disminuyó.
No podía ponerme una mano encima.
No después de que acababa de salir del despacho del rey.
Y mucho menos ahora que, evidentemente, contaba con el favor de mi tío.
La sirvienta que me acompañaba se quedó completamente paralizada.
Podía ver el conflicto en su rostro.
Seguramente sabía que aquello era una terrible falta de etiqueta.
Pero tampoco se atrevía a intervenir.
Y yo...
NO TENÍA NINGUNA INTENCIÓN DE DETENERME.
—¡Esto es por pegarle!
Tirón.
—¡Y esto por insultarlo!
Otro tirón.
—¡Y esto por tratarlo como si no fuera un príncipe!
Otro más.
—¡Señorita Isolde...!
La mujer finalmente dejó de intentar liberarse.
Yo, satisfecha, solté su cabello.
Respiré profundamente.
Ah.
Mucho mejor.
Miré los mechones de cabello que habían quedado entre mis dedos y después a la sirvienta, que estaba completamente despeinada, con arañazos en el rostro y una expresión de absoluto terror.
—Eso te pasa por no conocer tu lugar.
Me sacudí las manos con toda la dignidad y porte noble que podía reunir una niña de diez años.
Después recordé al verdadero motivo de mi furia.
Me giré.
Kaelzarian seguía allí.
No había reaccionado.
Ni siquiera parecía saber qué hacer.
Caminé hacia él mientras todavía sostenía algunos cabellos de la mujer en mis pequeñas manos.
Me detuve frente al séptimo principe.
Por un momento lo observé en silencio.
La venda cubría sus ojos.
Su rostro permanecía parcialmente oculto por sus cabellos azul oscuro y aquellas antiguas cicatrices de quemaduras.
Pero lo que más me sorprendió fue su expresión.
Parecía asustado.
No solo confundido.
Asustado.
—¿Te encuentras bien, séptimo príncipe?
Mi voz salió mucho más suave.
El séptimo principe no respondió inmediatamente.
Incliné un poco la cabeza.
—Ya le di su merecido a esa sirvienta que no conoce su lugar.
Le mostré, casi orgullosa, los cabellos que todavía tenía atrapados entre mis dedos.
—Así que ya no tienes que preocuparte por ella.
Kaelzarian permaneció inmóvil.
Sus pequeños dedos se cerraron lentamente sobre la tela de su ropa.
Y entonces comprendí algo.
El hombre que recordaba de mi vida anterior no estaba allí.
El formidable general que había sobrevivido a una masacre.
El hombre cuya sola presencia podía hacer retroceder a soldados.
El príncipe que había terminado convirtiéndose en una figura temida en el campo de batalla...
Ese hombre no existía todavía.
Frente a mí solo había un niño.
Un niño demasiado tímido.
Demasiado silencioso.
Y, sobre todo...
Demasiado temeroso.
Lo miré fijamente.
El pequeño príncipe permaneció inmóvil frente a mí.
Sus labios temblaron ligeramente antes de que, con una voz tan baja que casi tuve que inclinarme para escucharlo, preguntara:
—¿N-no te doy asco...? ¿P-por qué me hablas?
Aquellas palabras me dejaron completamente desconcertada.
¿Asco?
Parpadeé varias veces.
Mi mirada recorrió involuntariamente su rostro. La vieja cicatriz de quemadura se extendía por parte de su piel, dejando marcas irregulares que, bajo la luz del pasillo, resultaban todavía más visibles.
¿Se refería a eso?
¿Había crecido escuchando que su rostro era desagradable?
Una pequeña punzada de tristeza me atravesó el pecho.
Sin pensarlo demasiado, tomé sus manos entre las mías.
Eran pequeñas.
Y estaban frías.
—¿Por qué me darías asco? —pregunté, sinceramente confundida—. ¡Eres muy lindo!
Kaelzarian se quedó petrificado.
—¿L-lindo...?
Su voz salió tan bajita que casi parecía un susurro.
—¡Sí! —respondí con absoluta seguridad.
Apreté un poquito sus manos.
—¡Eres muy lindo!
Lo miré de arriba abajo.
Cabello azul oscuro, delicados rasgos, aquella expresión tímida que parecía hacer que quisiera esconderse del mundo...
Sí.
Definitivamente era lindo.
Y yo recordaba correctamente cómo se vería en el futuro...
Una sonrisa traviesa apareció en mi rostro.
—¡Y cuando seas grande serás muy, pero muy guapo!
—¿Q-qué...?
—¡Muy guapo!
Lo dije casi a todo pulmón.
—¡Muchísimo!
Kaelzarian se quedó completamente rígido.
Por un instante pareció que su pequeño cerebro había dejado de funcionar.
Y entonces...
Sus orejas comenzaron a ponerse rojas.
Después sus mejillas.
Luego prácticamente todo su rostro adquirió un tono rojizo.
—Y-yo...
Se llevó una mano hacia el rostro, evidentemente avergonzado.
—¿Estás bien?
No respondió.
Solo bajó la cabeza.
Era tan adorable que tuve que contener una sonrisa.
¿Este niño tímido era realmente el mismo hombre que, en mi vida anterior, había sido considerado uno de los generales más aterradores del imperio?
Qué extraño.
Definitivamente había muchas cosas que no conocía sobre él.
Entonces recordé a la sirvienta.
Giré la cabeza hacia ella.
Seguía de pie unos pasos atrás, pálida y completamente rígida.
Sin soltar las manos de Kaelzarian, la miré directamente a los ojos.
—El séptimo príncipe ya no requiere tus servicios.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¡P-pero, señorita...!
—Retírate.
—¡Yo solo estaba...!
La fulminé con la mirada.
Mi expresión infantil probablemente no debería haber resultado tan intimidante.
Pero después de haber salido del despacho del rey, parecía que la mujer comprendió perfectamente que no estaba en posición de discutir conmigo.
Aun así, intentó defenderse.
—Señorita Isolde, yo...
Di un paso al frente.
Mi voz descendió hasta convertirse en un susurro gélido.
—Te estoy haciendo un favor al despedirte.
La mujer se quedó muda.
—Porque si mi tío se entera...
Hice una pequeña pausa.
—Tu cabeza va a rodar.
La sirvienta perdió completamente el color del rostro.
—¡S-señorita...!
Sus piernas parecieron perder fuerza.
Finalmente cayó de rodillas.
—¡Por favor, perdóneme!
No respondí.
No tenía intención de escuchar excusas.
Había golpeado a un niño.
Eso era suficiente.
Solté la mano izquierda de Kaelzarian, pero mantuve firmemente su mano derecha entre la mía.
Él volvió a levantar ligeramente la cabeza.
—¿Eh...?
—Vamos.
—¿A dónde...?
Sonreí.
—Al jardín, Kaelzarian.
Y antes de que pudiera protestar, tiré suavemente de su mano.
—¡Vamos!
Comenzamos a correr por el pasillo.
Mis pequeños pasos resonaron sobre el suelo mientras arrastraba conmigo al príncipe.
Kaelzarian tropezó un poco al principio.
—¡E-espera...!
—¡Rápido!
—¡P-pero...!
—¡Al jardín!
Detrás de nosotros, la sirvienta que originalmente me había acompañado comenzó a seguirnos a toda prisa.
No dijo una sola palabra.
Probablemente todavía estaba intentando procesar todo lo que acababa de ocurrir.
Mientras corríamos, miré de reojo al pequeño príncipe.
—¡Por cierto!
Kaelzarian giró ligeramente el rostro hacia mí.
—¿S-sí?
—Soy Isolde Valtheris.
Sonreí ampliamente.
—¡Tengo diez años! ¿Y tú?
El niño guardó silencio durante unos segundos.
Parecía estar pensando cuidadosamente antes de responder.
Finalmente habló con su pequeño y tímido tono de voz.
—S-soy el séptimo príncipe... Kaelzarian Draven.
Hizo una pequeña pausa.
—Tengo ocho años.
Mis pasos se detuvieron mentalmente aunque mi cuerpo continuó corriendo.
¿Ocho años?
Abrí los ojos.
¡Soy mayor que él!
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gracias 😍😍❤️❤️❤️