Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Despierta
Después de comer, Mateo se quedó de pie junto a la mesa, visiblemente nervioso.
Abrió la boca una vez.
Y luego otra.
Pero ninguna palabra salió.
—¡Valeria! —la llamó al fin, intentando detenerla antes de que se marchara—. Eh...
Incluso estiró la mano, como si quisiera tocarle el hombro.
Sin embargo, Valeria se dio la vuelta antes de que pudiera rozarla.
Le sonrió con una calidez inesperada.
—Gracias por la ayuda de hoy.
Mateo se quedó inmóvil.
—N-no es nada...
No estaba acostumbrado a verla así.
Sin caprichos. Sin exigencias. Sin esa obsesión sofocante con la que antes lo seguía a todas partes.
Aquella sonrisa era distinta.
Más ligera. Más sincera. Más peligrosa para su corazón.
Lucas, ajeno a todo el caos emocional de los adultos, se acercó y tomó la mano de Mateo con naturalidad.
—¡Gracias, tío! —dijo con una gran sonrisa—. ¡Ahora tengo muchas cosas nuevas!
Mateo bajó la mirada hacia el niño.
Durante un segundo, algo se apretó dentro de su pecho.
—No tienes que agradecerme...
Pero antes de que pudiera decir algo más, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su padre.
—Oh... disculpen, debo responder.
Se alejó unos pasos, llevándose el teléfono al oído.
Apenas estuvo lo bastante lejos, Sebastián habló en la mente de Valeria con tono seco:
"Ya nos vamos."
Valeria giró de inmediato hacia él.
—¿Qué? ¿Tan rápido quieres irte?
"Sí."
—Pero si apenas acabamos de comer...
"Ya no aguanto más estar en esta silla, rodeado de idiotas."
Valeria lo miró con una ceja alzada.
—Sebas... ¿estás celoso?
Hubo un silencio.
Después, la voz de Sebastián sonó aún más fría:
"Si no nos vamos ahora mismo, no voy a despertar jamás."
Valeria abrió la boca, escandalizada.
—¡Qué dramático eres!
"Y tú insoportable."
Ella infló las mejillas, ofendida, pero al final terminó suspirando.
—Ash... está bien.
Se giró hacia Lucas y le tendió la mano.
—Lucas, ven. Nos vamos.
—¡Sí, mami! —respondió el niño con una sonrisa, sujetándose de su mano sin protestar.
Mientras tanto, Mateo seguía al teléfono, de espaldas a ellos.
—Sí, padre... estoy con Valeria, Lucas y Sebastián.
Su expresión cambió poco a poco.
—¿Quieres invitarlos a comer en la mansión?
Escuchó unos segundos más y luego sonrió con sorpresa.
—Está bien. Se los diré.
Pero cuando colgó y se dio la vuelta...
Ya no había nadie.
El lugar donde antes estaban Valeria, Lucas y Sebastián había quedado vacío.
Mateo parpadeó.
—¿Eh?
Miró a un lado. Luego al otro.
Nada.
—¿Dónde se metieron...?
Y por primera vez en mucho tiempo, el gran Mateo Montenegro se quedó plantado en medio de la ciudad con una sensación ridícula de abandono.
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Horas después, los tres ya estaban de regreso en el autobús.
Lucas iba sentado junto a Valeria, abrazando una bolsa con sus cosas nuevas y sosteniendo su juguete con una emoción imposible de ocultar.
—Mami, mira... —dijo levantando el muñeco con orgullo—. ¿Te gusta?
Valeria sonrió y le acomodó el cabello.
—Es precioso.
—¡Es Batman! —corrigió él, muy serio—. Y mira, también se le mueve esto... y esto...
Valeria soltó una pequeña risa al verlo tan emocionado.
—Entonces sí, señor Lucas. Confirmado: tu Batman es el más lindo del mundo.
Lucas sonrió con toda la cara, y esa simple imagen le apretó el corazón.
Valeria lo observó en silencio durante unos segundos.
Todavía le costaba creerlo.
Aquel niño no era suyo. No de verdad. No de la vida que ella había vivido antes.
Y, aun así...
No podía imaginarse su nueva vida sin él.
Sin Lucas corriendo a abrazarla. Sin sus preguntas. Sin su vocecita llamándola “mami”.
Ni tampoco podía imaginarla sin Sebastián.
Sin su voz arrogante resonando en su cabeza. Sin sus quejas. Sin esa extraña sensación de compañía que él le daba incluso dormido.
"Te gustó."
Valeria parpadeó y giró hacia él.
—¿Qué cosa?
"Ver otra vez a Mateo."
Ella soltó un suspiro tan grande que casi parecía teatral.
—Otra vez con eso...
Lo miró fijamente y, sin importarle que había gente alrededor, le agarró ambas mejillas con las manos.
—Tú eres el que me gusta, ¿sí?
Y le apretó la cara de un lado a otro.
Sebastián se quedó en shock.
"¡¿Estás loca?! ¡Suéltame!"
—No.
"La gente nos está mirando."
—Que miren.
En efecto, varias personas del autobús ya los observaban de reojo.
Porque, desde su punto de vista, aquella muchacha estaba discutiendo amorosamente con un hombre dormido que ni siquiera podía defenderse.
Una señora mayor se persignó en silencio.
Un adolescente soltó una risita.
Y dos hombres sentados unas filas más atrás comenzaron a mirarla con demasiado interés.
—Mira esa —murmuró uno, sonriendo de lado—. Está linda.
—Pero está con alguien.
—¿Con quién? —se burló el otro—. Ese tipo lleva horas dormido y ella no para de hablar sola. Seguro está loca.
El primero volvió a mirar a Valeria.
—Mejor. A veces esas son las más fáciles.
—Sí... y al jefe seguro le gustaría.
Ambos se levantaron con una sonrisa desagradable y empezaron a caminar hacia donde estaba ella.
Valeria, ajena al peligro, ya se había relajado.
El traqueteo del autobús, el cansancio del día y el calor suave del interior terminaron por vencerla.
Poco a poco fue cerrando los ojos.
Hasta que su cabeza cayó con suavidad sobre el hombro de Sebastián.
Lucas, que también se había quedado dormido, terminó acurrucado en los brazos de su madre, aferrado a ella como si ese fuera el lugar más seguro del mundo.
Los dos hombres se detuvieron frente a los asientos.
Uno de ellos sonrió.
—Oye, señorita...
Pero antes de que pudiera terminar la frase, una voz masculina, grave y helada, respondió por ella.
—¿Se les ofrece algo?
Los dos se congelaron.
Miraron hacia abajo.
Y se toparon con un par de ojos marrones abiertos de par en par.
Sebastián los observaba sin moverse demasiado, con la cabeza todavía recostada contra el asiento, pero con una expresión tan oscura que el aire pareció enfriarse de golpe.
Los hombres palidecieron.
—¿Eh...?
Con un movimiento lento, Sebastián levantó un brazo y rodeó la cintura de Valeria, atrayéndola más cerca de él mientras Lucas seguía dormido sobre ella.
Su gesto fue posesivo. Natural. Peligrosamente silencioso.
—Pregunté si se les ofrece algo —repitió, esta vez con una voz más baja y amenazante.
Los hombres tragaron saliva.
Aquel hombre acababa de despertar de la nada y ahora parecía un tigre a punto de arrancarles la cabeza.
—N-no... fue un error.
Sebastián entrecerró los ojos.
—¿Un error?
Uno de ellos retrocedió un paso.
—Nosotros solo...
—¿Estaban pensando en molestar a mi esposa?
La palabra esposa cayó como un golpe.
Valeria seguía dormida, completamente ajena al aura asesina que había a su alrededor.
Lucas respiraba tranquilo, abrazado a ella.
Y Sebastián, todavía débil, todavía recién despierto, parecía dispuesto a destrozar a cualquiera que se atreviera a tocar a su familia.
Los hombres negaron con desesperación.
—¡No, no! ¡Lo lamentamos!
—Fue un malentendido, señor.
—Más les vale —murmuró Sebastián.
No necesitó decir nada más.
Los dos salieron casi corriendo hacia la parte trasera del autobús, sin atreverse a volver la vista.
El silencio regresó poco a poco.
Sebastián exhaló con fuerza.
Le dolía todo el cuerpo. La cabeza. Los músculos. Hasta respirar se sentía extraño después de siete años de oscuridad.
Pero cuando bajó la mirada y vio a Valeria dormida sobre su hombro, con una mano todavía aferrada a su camisa...
No apartó el brazo.
La observó durante varios segundos.
Su respiración suave. Su frente relajada. La forma en que, incluso dormida, mantenía a Lucas protegido contra su pecho.
Su corazón dio un vuelco extraño.
—¿Qué demonios te pasó... Valeria...? —murmuró apenas.
No sonaba a reproche.
Sonaba a desconcierto. A duda. A algo mucho más peligroso.
Con cuidado, levantó la mano libre y apartó un mechón de cabello de la frente de ella.
Entonces Lucas se removió un poco y abrió los ojos, todavía medio dormido.
Parpadeó. Miró a su madre. Luego a Sebastián.
Y se quedó inmóvil.
—¿P-papá...?
Sebastián bajó la mirada hacia él.
Por un instante no supo qué decir.
Lucas se incorporó apenas, con los ojos llenos de una esperanza tan frágil que dolía mirarla.
—¿Despertaste de verdad?
Sebastián sintió un nudo seco en la garganta.
Quería responderle. Quería decir algo que no rompiera esa expresión. Algo que compensara todos esos años perdidos.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Valeria se movió.
Frunció el ceño, murmuró algo inentendible en sueños... y terminó abrazándose aún más fuerte al brazo de Sebastián.
—No te vayas... —susurró dormida.
Sebastián se quedó tieso.
Lucas abrió mucho los ojos.
Y luego, muy despacito...
sonrió.