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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Cap 15 — El depredador

Valentina se dio cuenta de que había olvidado la bufanda cuando ya estaba dentro del auto.

—Espérame un segundo.

Sebastián asintió sin preguntar. Valentina bajó y caminó de vuelta al estacionamiento subterráneo. La bufanda era de algodón, azul marino, un regalo de Doña Carmen. No valía mucho, pero no iba a dejarla.

Sus tacones hacían eco entre las columnas de concreto. El lugar olía a aceite de motor y a humedad vieja.

Se acercó al elevador de servicio cuando escuchó las voces.

Venían del otro lado de la columna de ventilación. Una la reconoció al instante: Ramiro. La otra era más baja, más urgente. La de Sebastián.

Se detuvo antes de dar la vuelta. Contuvo la respiración.

—Joven señor, usted le está dando demasiada atención a esa mujer. —La voz de Ramiro ya no era respetuosa. Era suplicante—. Don Ricardo ya lo ha notado.

—Lo que yo haga con mi tiempo no es asunto de mi padre.

—Es asunto de su padre porque usted es su hijo. Y porque esa mujer... con todo respeto, joven señor, es una divorciada, sin familia de nombre, sin...

—Ramiro. —Una sola palabra. Dicha con una autoridad que pesó como una losa de concreto sobre un ataúd—. No vuelvas a hablar de ella así.

Silencio.

—Como usted diga. Pero Don Ricardo no va a quedarse de brazos cruzados. Ya está haciendo preguntas. Ya sabe quién es ella. Ya sabe dónde vive.

Un escalofrío le recorrió la espalda a Valentina.

—Que pregunte lo que quiera.

—Usted sabe que Don Ricardo no solo pregunta.

Silencio largo. Pesado. Como el aire antes de una tormenta.

—Dile a mi padre que cuando tenga algo que decirme, me lo diga a la cara. No a través de ti.

Pasos. La puerta del elevador se abrió y se cerró.

Valentina se apoyó contra la columna. El corazón le latía en la garganta.

Sin familia de nombre.

Le quemaba por dentro. No le importaba lo que un viejo que no conocía pensara de ella. Había sobrevivido cosas peores que el desprecio de un patriarca con aires de patrón de hacienda.

Lo que le importaba era lo que Sebastián no había dicho.

No había dicho «mi padre no tiene poder sobre mí». Había dicho que pregunte lo que quiera.

Que era la respuesta de alguien que sabe que la pelea va a llegar. Y que no está seguro de ganarla.

Volvió al auto con las piernas temblorosas. Sin la bufanda.

—¿Y la bufanda? —preguntó Sebastián.

—No la encontré.

No insistió. El auto se puso en marcha en silencio.

Valentina miraba por la ventanilla. Las luces de la ciudad pasaban como rayas de colores sobre el cristal.

Ya sabe dónde vive.

Cuatro palabras. Y con ellas, la certeza de que el mundo de Sebastián Montero tenía dientes.

Las dos semanas siguientes le enseñaron a Valentina que Héctor Garza era un hombre de manos largas.

No al principio. Al principio todo fue profesional. Estados financieros. Reuniones en la oficina de Garza Textiles, un edificio de vidrio en la zona industrial con olor a tela nueva y a ambientador barato. Correos con cifras. Llamadas breves.

Valentina se sumergió en el trabajo con el alivio de quien encuentra tierra firme después de semanas flotando. Los números la anclaban. Las columnas de débito y crédito le devolvían esa sensación de control que había perdido desde la noche del hospital.

Esto sí sé hacerlo, pensaba cada noche, revisando balances en la mesa de Doña Carmen. Esto no me confunde. Esto no me hace sentir que estoy cayendo.

Pero entonces empezaron las cenas.

La primera fue razonable. Comida de trabajo. Papeles en la mesa. Café en vez de vino. Héctor habló de márgenes y proveedores. Valentina tomó notas. Todo normal.

La segunda ya no tenía papeles.

Héctor la invitó a «celebrar» el cierre del primer informe. Cuando Valentina llegó, la mesa era para dos. Había vino. Velas. Un trío de guitarras tocando boleros en la esquina. Y un jarrón de rosas rojas que Valentina miró con la misma desconfianza con que miraría una factura sin respaldo.

—No hacía falta todo esto —dijo.

—Claro que hacía falta. No todos los días encuentro una contadora tan brillante. —Héctor le sonrió con todos los dientes. Dientes blancos, perfectos, de anuncio de pasta dental—. Y tan atractiva, si me permite decirlo.

Valentina no le permitió decirlo. Pero tampoco lo corrigió.

Porque Héctor era su cliente. Su único cliente. Y perder a su único cliente significaba volver a la nada. A la mesa de Doña Carmen sin papeles que revisar. Al celular sin correos de trabajo. A la sensación de que todo lo que había construido en treinta y cinco años cabía en una maleta y medio clóset prestado.

La tercera cena fue peor.

Héctor se sentó a su lado en vez de enfrente. Su rodilla tocó la de ella debajo de la mesa. Un contacto que podía ser accidental la primera vez.

No la tercera.

Su mano aterrizó sobre la de Valentina para «enfatizar un punto». Y se quedó ahí. Los dedos tibios y pesados. Como un animal que se instala donde no lo invitaron y te mira retándote a echarlo.

Valentina retiró la mano.

—Señor Garza, prefiero que mantengamos esto profesional.

—Héctor —la corrigió, sin dejar de sonreír—. Y lo que hay entre nosotros ya es profesional. Solo digo que una mujer divorciada sabe lo que quiere, ¿no? Sin ataduras, sin dramas. Dos adultos que se entienden.

El estómago de Valentina se contrajo.

Una mujer divorciada sabe lo que quiere.

Como si el divorcio fuera una etiqueta. Una señal de disponibilidad. Un letrero de se admiten ofertas colgado en la puerta de su vida.

—Lo que quiero —dijo, con una voz más firme de lo que esperaba— es una relación estrictamente laboral. Si eso no es posible, puedo recomendarle a otro contador.

Héctor levantó las manos. Gesto de rendición que era más burla que disculpa.

—Tranquila, tranquila. Fue un cumplido. No te ofendas.

No te ofendas. La frase favorita de los hombres que saben exactamente lo que están haciendo.

Valentina se puso de pie. Tomó su bolsa. Salió del restaurante con el paso firme y el mentón en alto.

No tembló hasta que estuvo dentro del taxi con la puerta cerrada.

No era miedo. Era furia. La misma furia limpia y fría que había sentido cuando descubrió las transferencias de Martín. Pero más amarga. Más personal.

Martín nunca la había acosado. La había engañado, robado, le había quitado un hijo. Pero nunca la había mirado con esa hambre casual. Esa seguridad de que ella iba a ceder porque era una mujer sola que necesitaba un ingreso.

Los depredadores no siempre rugen. A veces sonríen y pagan la cena.

Esa noche, en la cama del departamento de Doña Carmen, Valentina sacó el celular.

Descargó una aplicación de grabación de audio. La configuró para activarse con un solo toque. La puso en la pantalla principal, junto al ícono de WhatsApp.

Si vuelve a tocarme, pensó, mirando el techo, voy a tener pruebas.

Se quedó un rato con los ojos abiertos. El ventilador giraba despacio. Las sombras del techo se movían como hojas.

Pensó en dos hombres.

En uno que la tocaba sin permiso y en otro que le pedía permiso hasta para rozarle los dedos.

En uno que la llamaba «mujer divorciada» como quien dice «fruta madura» y en otro que la había presentado como «contadora, socia fundadora de Empresas Reyes y ex responsable del departamento fiscal». Cada palabra como un ladrillo. Como si estuviera construyéndole una casa con el nombre.

Y pensó en un tercero. Un viejo al que nunca había visto. Un tal Don Ricardo, que ya estaba haciendo preguntas. Que ya sabía dónde vivía.

Ya sabe quién es ella. Ya sabe dónde vive.

Se tocó los nudillos de la mano derecha. Donde Sebastián la había tocado en el cine. Donde sus dedos se habían deslizado sobre los de ella como si cada milímetro fuera una decisión.

Y supo, con la certeza de quien sabe leer los números antes de que cuenten la historia completa, que las cosas estaban a punto de complicarse.

Apagó la luz.

No durmió hasta las tres.

1
Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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