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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:755
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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Capítulo 11: El secreto de los lirios

Aurelius condujo a Seraphina lejos de los pabellones imperiales.

El ruido de la música y las conversaciones de la nobleza se fue apagando detrás de ellos, reemplazado por el murmullo del río y el suave movimiento de las flores bajo el viento. Los caballos avanzaban lentamente por un sendero cubierto de hierba.

Seraphina miró por encima del hombro.

—¿Adónde vamos?

—A un lugar donde nadie pueda hacer preguntas innecesarias.

—Entonces debería llevarme fuera del imperio.

Aurelius la observó de reojo.

—No sería suficiente.

—¿Por qué?

—Tú haces preguntas en cualquier lugar.

Seraphina sonrió a pesar de sí misma.

—Y usted evita responderlas en cualquier lugar.

Aurelius no contestó, pero sus labios se curvaron apenas. Fue una expresión tan breve que Seraphina no estuvo segura de haberla visto.

Continuaron cabalgando hasta llegar a una parte más tranquila del valle. Allí el río formaba una pequeña cascada entre las rocas y los lirios crecían cerca de la orilla. La luz del sol caía sobre ellos, pero algunos pétalos comenzaban a adquirir un tono dorado.

Seraphina desmontó.

—¿Qué les ocurre?

Aurelius bajó de su caballo y se acercó al agua.

—Nada.

—Otra vez esa respuesta.

—Es la respuesta más sencilla.

—Y la menos creíble.

Seraphina se arrodilló junto a los lirios. Tocó uno de los pétalos que acababa de cambiar de color. Estaba tibio, como si conservara el calor del sol incluso bajo la sombra.

Aurelius se tensó.

—No lo toques.

Seraphina retiró la mano.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos qué es.

—Usted sabe algo.

—Sé que la magia puede ser peligrosa.

—¿Y estas flores tienen magia?

Aurelius se acercó y tomó su muñeca con suavidad, alejándola de los lirios. El contacto fue firme, pero cuidadoso.

—Seraphina, no vuelvas a tocar nada que cambie de color dentro de este valle.

—¿Por qué me habla como si ya hubiera visto esto antes?

El emperador soltó su muñeca lentamente.

—Porque conozco este lugar.

—¿Y por qué nunca me dijo que aquí había magia?

—No pensé que fuera necesario.

—Usted nunca piensa que sea necesario decirme nada.

Aurelius apretó la mandíbula.

Antes de que pudiera responder, una voz llegó desde el sendero.

—Majestad.

Un hombre joven se acercaba a caballo. Llevaba la insignia de la guardia imperial y una expresión de preocupación.

—El capitán de la carrera solicita vuestra presencia. El caballo de lord Edrick se ha escapado y los nobles están inquietos.

—Que lo controlen —dijo Aurelius.

—También preguntan por lady Seraphina.

—Diles que está conmigo.

El guardia hizo una reverencia y se retiró.

Seraphina cruzó los brazos.

—Parece que todos saben dónde estoy.

—Eres la futura emperatriz. Es natural que te observen.

—No me observan. Me vigilan.

—La diferencia depende de quién mire.

—¿Y usted me vigila?

Aurelius se acercó un poco.

—Desde que llegaste, no he hecho otra cosa.

La respuesta hizo que Seraphina se quedara en silencio.

Él parecía hablar de su seguridad, pero aquellas palabras provocaron una sensación desconocida en su pecho. No sabía si sentirse molesta o extrañamente protegida.

—No necesito que me vigile —dijo al fin.

—Eso ya lo has dicho.

—Y seguiré diciéndolo.

—También lo imaginé.

El sonido de una trompeta anunció el comienzo de la carrera.

Aurelius miró hacia el valle.

—Debemos regresar.

—¿Usted participará?

—No.

—¿Por qué?

—No tengo nada que demostrar.

—O teme perder.

Sus ojos se volvieron más oscuros.

—¿Quieres que participe?

—Quiero ver si el emperador sabe hacer algo más que dar órdenes.

Aurelius sostuvo su mirada durante un instante. Después se acercó a su caballo.

—Sube.

—¿Eso significa que participará?

—Significa que has hablado demasiado.

Seraphina sonrió y montó su yegua.

Cuando regresaron al lugar de la carrera, todos los presentes se volvieron hacia ellos. Las conversaciones comenzaron de inmediato. Seraphina escuchó algunos murmullos.

—La muchacha del pacto.

—Es demasiado insolente.

—No parece digna de la corona.

—Lady Evelina sería una elección mucho más adecuada.

Evelina se encontraba junto a la pista, rodeada de varias damas. Su mirada se clavó en Seraphina con evidente molestia.

Aurelius desmontó y se acercó a la joven.

—No prestes atención.

—¿Siempre cree que puedo leer sus pensamientos?

—No. Pero sé reconocer una mirada de desprecio.

—Entonces debería acostumbrarse. Parece que aquí todos me miran así.

Aurelius extendió una mano para ayudarla a bajar del caballo.

Seraphina podía haber descendido sola, pero aceptó su ayuda. Cuando sus pies tocaron el suelo, él no retiró la mano de su cintura de inmediato.

El contacto fue breve.

Sin embargo, Evelina lo observó.

—Majestad —dijo ella, acercándose—. ¿Participaréis en la carrera?

—Sí.

—Será un honor competir contra vos.

—No competirás contra mí.

Evelina sonrió.

—Entonces competiré para demostrar que no todos los miembros de la nobleza han perdido su lugar.

La frase estaba dirigida a Seraphina.

Aurelius la miró con frialdad.

—Lady Evelina, no vuelvas a hablar de ese modo delante de mi prometida.

El rostro de la joven se tensó.

—Solo expresaba una opinión.

—No te la he pedido.

Evelina hizo una reverencia y se retiró.

Seraphina observó a Aurelius.

—¿Mi prometida?

—Lo eres.

—Pensé que no le gustaba recordármelo.

—No me gusta que otros lo olviden.

La respuesta la dejó sin palabras.

La carrera comenzó poco después.

Aurelius montó su caballo negro y se colocó junto a los demás jinetes. Seraphina permaneció al borde de la pista, observándolo.

El emperador parecía completamente distinto sobre el animal. Su cuerpo se movía con seguridad y sus manos controlaban las riendas con firmeza. Cuando los caballos partieron, Aurelius dejó atrás a todos los competidores en pocos segundos.

La multitud gritó su nombre.

Seraphina no pudo evitar sonreír.

Aurelius cruzó la meta primero.

Pero antes de detenerse, su caballo se desvió bruscamente hacia el río.

El animal levantó las patas delanteras, agitado.

Aurelius intentó controlarlo, pero una luz dorada comenzó a extenderse por el agua. Los lirios cercanos florecieron de golpe, convirtiéndose en rosas doradas.

Seraphina sintió que la medalla de su cuello ardía.

Aurelius levantó la cabeza y la miró desde el otro lado del campo.

Durante un instante, el ruido desapareció.

Solo existieron sus ojos, la luz dorada y el latido acelerado del corazón de Seraphina.

Entonces, desde el río, una voz invisible susurró:

—La sangre de la luna ha regresado.

Aurelius palideció.

Y Seraphina comprendió que él también había escuchado aquellas palabras.

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