Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 23
Capítulo 23. Fuera de la casa Ferrer
En algo tenía razón Sebastián.
En Grupo Montenegro se exigía mucho a quien quisiera dirigir. Él también había empezado desde abajo. Había tenido que demostrar su capacidad y aumentar el valor de las empresas antes de ocupar su puesto.
Para tomar el control, Camila necesitaba callar muchas más bocas que las de él y Teresa.
—Como quieras —respondió Sebastián, sin darle importancia.
—¿Y qué me garantiza que, si lo consigo, me darán la autoridad que prometes?
Él sonrió con desprecio. De verdad creía poder hacerlo.
Ya había preparado la respuesta. Tocó la pantalla de su celular y envió un documento a la computadora de Camila.
—Es un acuerdo de cumplimiento. Lo firmas y queda establecido: si recuperas el proyecto, tendrás las mismas facultades de administración que yo.
Se reclinó en el sillón.
—Mamá controla algunas decisiones por separado. Esas no me corresponden.
No había terminado cuando recibió el aviso de que Camila ya había firmado.
Sebastián contempló su perfil, divertido. Levantó la muñeca y señaló el reloj.
—Olvidé decirte algo. Tienes una semana. Ni un día más. Buena suerte.
***
Aquella tarde, Victoria jugaba a las cartas con varias amigas cuando una empleada entró con un paquete.
—Señora, le enviaron unos documentos.
—¿Quién?
No levantó los ojos de sus cartas.
Últimamente estaba de un humor pésimo. Ernesto le había prohibido seguir atendiendo a Paula después del conflicto con Camila. Su hija llamaba constantemente para quejarse. No iba a divorciarse de Iván, pero tampoco dejaban de discutir.
—No trae remitente, señora. Viene cerrado para usted.
Victoria vio que su mano era mala y perdió la paciencia.
—Ábrelo. Mira qué es.
Dentro había una pila de fotografías.
La empleada se las entregó y una de sus amigas reconoció al hombre al instante.
—¿Ese no es Daniel? ¿Quién es la mujer? No parece Camila.
Otra se acercó, curiosa.
—¿Por fin le dio por ser infiel?
Todas miraron.
—¡No digas tonterías! Mi hijo siempre se ha comportado como debe.
A Victoria le tembló la mano. Las cartas golpearon la mesa. Se levantó y les quitó las fotos.
Se quedó blanca.
Beatriz.
La mujer que llevaba cinco años fuera de su vista.
La primera vez que entró a la casa tenía veintidós años. Acababa de graduarse en una universidad prestigiosa y Daniel había pedido que la contrataran para darle clases particulares.
Al principio todos la recibieron bien.
Unos meses después, el abuelo descubrió que entre la tutora y Daniel había una intimidad que no correspondía.
Ya se conocían. Las clases solo eran una excusa para verse bajo el techo de los Ferrer.
El viejo se enfureció. Casi consiguió que Beatriz no pudiera volver a trabajar en Puerto Claro.
Creyeron que se habían separado.
Pero Daniel entró a la universidad y ella consiguió un puesto allí. Volvieron a encontrarse a escondidas.
La familia presionó a los dos, intentando convencer a Daniel y amenazando a Beatriz. Todo para obligarlos a terminar.
Después apareció Camila.
No tenía una familia que estuviera a su altura. Aun así, comparada con Beatriz, podían aceptar aquella relación.
El abuelo nunca se quedó tranquilo. Hasta dejó el testamento en manos de su esposa para impedir que volvieran a estar juntos.
Victoria repasó las fotografías, una por una.
Reconoció las habitaciones.
¡Era la casa de Daniel!
Beatriz no solo había regresado. Estaba viviendo con su hijo.
***
Al entrar esa noche, Beatriz vio un par de zapatos de tacón junto a la puerta.
No eran del estilo de Camila.
Una alarma le recorrió el cuerpo. Quiso darse la vuelta.
Una voz fría la detuvo.
—Cuánto tiempo, Beatriz. ¿Desde cuándo vives aquí? Podrías haberme avisado.
Se quedó helada.
Tardó unos segundos en levantar la cabeza.
Victoria estaba frente a ella, con un chal sobre los hombros y una mirada venenosa clavada en su rostro.
Beatriz tomó aire. El sudor frío le recorrió la espalda.
—Señora Duarte, no es lo que piensa. Hay una razón para que esté aquí...
—No has cambiado nada.
Victoria se acercó despacio.
—Sigues siendo igual de descarada.
Beatriz endureció el gesto.
—Señora...
La bofetada sonó antes de que pudiera terminar.
El dolor le atravesó la mejilla. Se llevó una mano al rostro y miró a Victoria, incrédula.
El personal se acercó al oír el golpe. Nadie se atrevió a intervenir.
Desde arriba llegó el llanto de Nicolás.
—¡Beatriz! ¡Ayúdame!
Victoria no tenía paciencia con el niño que creía adoptado. Lo había hecho encerrar en su habitación para que no estorbara.
Al oír llegar a su madre, él intentó salir a toda costa. Casi consiguió escapar de la empleada que lo vigilaba.
Victoria puso los ojos en blanco.
—¿Son inútiles? ¿Ni siquiera pueden controlar a un niño? ¡Que se calle! ¡Tápenle la boca!
—Perdón, señora.
Las empleadas, aterradas, sujetaron a Nicolás. Le cubrieron la boca con una mano y lo arrastraron de vuelta al cuarto.
Beatriz perdió el miedo al verlo.
—¡Haz conmigo lo que quieras, Victoria! ¡Pero no tienes derecho a tratar así a un niño!
Quiso correr hacia las escaleras.
La otra le cerró el paso y la empujó con una fuerza inesperada.
Beatriz cayó al suelo.
—Daniel es mi hijo. ¡No vas a dar órdenes en su casa! ¡Eres una extraña! Una zorra que se aprovechó de las clases particulares para meterse en su cama.
Victoria ya no intentaba contenerse.
Habían pasado tantos años. ¿Por qué no desaparecía de una vez?
¿Quería dejar a su hijo y a toda la familia sin nada?
Beatriz empezó a levantarse.
—¡Daniel y yo nos amamos! ¿Quiénes se creen ustedes para separarnos...?
Otra bofetada la interrumpió.
La otra mejilla también empezó a hincharse.
—¡Lárgate de esta casa! No me importa lo que estés tramando. Si vuelvo a verte cerca de mi hijo, voy a hacer lo que sea necesario para que desaparezcas de Puerto Claro.
La puerta se abrió.
Daniel acababa de llegar. Se había quedado atendiendo una llamada en el estacionamiento y tardó en subir.
Su madre no solía aparecer sin avisar. Él detestaba las visitas inesperadas y la familia respetaba esa regla. Si querían verlo, lo llamaban para que fuera a la casa familiar.
Por eso había creído que podía tener a Beatriz allí.
Al ver a Victoria, se quedó sin reacción un instante.
—¡Mamá! ¿Por qué viniste sin decirme...?
—¿Cuánto tiempo más pensabas engañarme? ¡Ahora entiendo por qué Camila está insoportable! ¡Tienes a tu amante escondida en casa!
Victoria tomó el bolso y lo golpeó con él.
Adoraba a su hijo. Si no hubiera estado fuera de sí, jamás habría levantado una mano contra él.
—Cálmate. No es lo que piensas. Beatriz solo se queda un tiempo. Camila lo sabe. Ella aceptó...
—¡Me importa un demonio lo que haya aceptado Camila! ¿Olvidaste el testamento? ¿Todo lo que ocurrió por culpa de ustedes? Esa mujer es una sinvergüenza. Si quieres seguir con ella, ¡me vas a matar de un disgusto!
La cara de Victoria estaba roja. Gritaba sin detenerse.
Beatriz se refugió detrás de Daniel, llorando de humillación. Apretó los dientes y no habló.
Él iba a defenderla. Tenía que hacerlo.
Ya tenían un hijo. Ella no era la muchacha indefensa de antes.
Pero Daniel acompañó a su madre a sentarse.
—No olvidé nada. Tranquilízate. Beatriz vino a ayudar con Nico y a quitarle trabajo a Camila. Ahora que ella está de descanso, también me está ayudando en la empresa.
Victoria se levantó otra vez, todavía más furiosa.
—¡¿La metiste en la empresa?! ¡Has perdido la cabeza!
Fue a buscar el teléfono.
—No quiero oír nada más. La sacas ahora mismo o llamo a tu padre y a tu abuela para que vengan ellos a echarla.
Daniel había intentado ganar tiempo. Su madre no iba a permitirlo.
La vio tomar el celular y cedió.
—Está bien. Se va ahora.
—Daniel...
Beatriz tembló. Hasta las lágrimas se le quedaron detenidas.
Él volvió apenas la cabeza.
—Ve a recoger tus cosas.
Su voz baja sonó definitiva.
Victoria sentada como dueña de todo. Daniel eligiendo ceder otra vez. Los empleados mirando desde las esquinas.
Beatriz sintió que le estaban aplastando el orgullo delante de todos.
Subió sin decir una palabra. No tenía mucho. Metió unas cuantas cosas en una maleta y volvió a salir.
Al pasar frente al cuarto de Nicolás, miró a la empleada con furia.
—Nicolás es hijo de Daniel. Si le hacen el menor daño, esta familia no se los va a perdonar.