Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 14 — La mujer que nunca olvidó
Valentina no había podido dormir.
Las palabras de aquella misteriosa mujer seguían dando vueltas en su cabeza.
“Adrián cree que está protegiendo a su familia. Pero todavía no sabe de qué debe protegerlos.”
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.
La ciudad estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Miró hacia la calle.
El automóvil que había visto la noche anterior ya no estaba.
Sin embargo, la sensación de estar siendo observada no desaparecía.
—Mamá...
Valentina se giró rápidamente.
Leo estaba en la puerta, sosteniendo su pequeño dinosaurio.
—¿Qué haces despierto?
—Tuve otro sueño.
Valentina se acercó.
—Ven.
Lo llevó hasta la cama y se sentó junto a él.
—¿Qué soñaste?
Leo se acomodó.
—Soñé con una señora.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Qué señora?
—La que estaba en la foto.
Valentina guardó silencio.
—¿Qué hacía?
Leo pensó unos segundos.
—Hablaba con el señor de la empresa.
—¿Esteban?
Leo negó.
—Otro señor.
—¿Quién?
El niño cerró los ojos.
—No sé.
Valentina acarició su cabello.
—Está bien. No tienes que recordarlo.
Leo abrió los ojos.
—Pero mamá...
—¿Sí?
—La señora estaba triste.
Valentina frunció el ceño.
—¿Triste?
Leo asintió.
—Y dijo que no quería hacerte daño.
Valentina se quedó inmóvil.
Aquella frase no tenía sentido.
Si la mujer de la fotografía había querido protegerla, ¿por qué había tenido que marcharse?
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A la mañana siguiente, Adrián encontró a Valentina en la cocina.
Ella estaba preparando el desayuno.
—Buenos días.
—Buenos días.
Adrián la observó.
—No dormiste.
—Tú tampoco.
Él sonrió ligeramente.
—Parece que tenemos algo en común.
Valentina dejó una taza sobre la mesa.
—Leo tuvo un sueño.
La expresión de Adrián cambió.
—¿Qué soñó?
Valentina le contó lo ocurrido.
Adrián permaneció pensativo.
—Tenemos que preguntarle a Esteban.
—¿Crees que él sabe quién es esa mujer?
—Estoy seguro.
—¿Y si no quiere hablar?
Adrián tomó su teléfono.
—Entonces encontraremos otra manera.
Valentina lo miró.
—No quiero que esto se convierta en una guerra.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Yo tampoco.
—Pero estás dispuesto a enfrentarte a cualquiera.
—Si amenazan a mi hijo, sí.
Valentina bajó la mirada.
—Leo te ha cambiado.
Adrián sonrió.
—Completamente.
—Antes eras diferente.
—Antes no tenía un pequeño jefe que me ordenara desayunar con él.
Valentina soltó una risa.
—Eso es verdad.
Adrián la miró durante unos segundos.
—Y tú también has cambiado.
Ella levantó la mirada.
—¿En qué?
—Antes intentabas hacerlo todo sola.
—Todavía lo hago.
—Ya no.
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué?
Adrián señaló hacia la puerta.
Leo apareció en ese momento.
—Porque ahora tienes dos personas que pueden ayudarte.
Leo levantó la mano.
—¡Yo puedo ayudar!
Adrián sonrió.
—Exactamente.
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Ese día, Adrián decidió llevar a Leo a Montenegro Group.
Valentina también tenía que asistir a una reunión.
Cuando llegaron, varios empleados miraron al niño con curiosidad.
Leo caminaba orgulloso junto a su padre.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Todos trabajan para ti?
—Sí.
Leo miró a su alrededor.
—Entonces debes ser muy importante.
—Eso dicen.
Leo pensó.
—Pero yo sigo siendo tu jefe.
Adrián sonrió.
—Por supuesto.
Valentina los observaba desde unos pasos atrás.
Era extraño.
El mismo hombre que había conocido cinco años atrás parecía haberse transformado.
No había perdido su carácter fuerte.
Seguía siendo serio.
Seguía tomando decisiones con firmeza.
Pero ahora existía una parte de él que solamente aparecía cuando estaba con Leo.
Una parte que ella no conocía.
Y que, sin querer, comenzaba a gustarle.
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Mientras Valentina estaba en una reunión, Adrián llevó a Leo a su despacho.
—Puedes dibujar aquí.
Leo tomó un lápiz.
—¿Puedo dibujar una familia?
—Claro.
—¿Tú, mamá y yo?
Adrián sonrió.
—Sí.
Leo comenzó a dibujar.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Era Esteban.
—Señor Montenegro.
Adrián levantó la mirada.
—Entra.
Esteban miró a Leo.
—Hola.
Leo lo observó atentamente.
—Tú eres el señor del dibujo.
Esteban palideció.
Adrián se puso de pie.
—¿Qué significa eso?
Esteban cerró la puerta.
—Tenemos que hablar.
—Entonces habla.
Esteban miró a Leo.
—No delante del niño.
Adrián negó.
—No voy a ocultarle nada que tenga que ver con su seguridad.
Esteban suspiró.
—La mujer que viste hace cinco años...
Adrián lo interrumpió.
—¿Quién es?
Esteban tardó unos segundos en responder.
—Una persona muy cercana a tu familia.
—Eso ya lo sé.
—No.
Esteban negó.
—No lo sabes todo.
Adrián dio un paso hacia él.
—Entonces dime la verdad.
Esteban lo miró directamente.
—La mujer que obligó a Valentina a marcharse no actuó sola.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Quién estaba con ella?
Esteban bajó la voz.
—Tu padre.
Adrián quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Mi padre estaba intentando proteger a Valentina.
—Y también estaba intentando protegerte a ti.
Adrián negó.
—¿De quién?
Esteban respondió:
—De alguien que quería que tú nunca supieras que Leo existía.
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Al mismo tiempo, Valentina salió de la reunión.
Caminó por el pasillo y encontró a Victoria esperándola.
—Necesito hablar contigo.
Valentina se detuvo.
—¿Sobre qué?
Victoria tomó aire.
—Sobre aquella noche.
Valentina sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿La noche en que me fui?
Victoria asintió.
—Sí.
—Entonces dime la verdad.
Victoria miró alrededor.
—No aquí.
La llevó hasta una pequeña sala privada.
—Yo no fui quien decidió que debías irte.
Valentina la miró sorprendida.
—¿Qué?
—Recibí una orden.
—¿De quién?
Victoria cerró los ojos.
—De tu padre.
Valentina quedó paralizada.
—Mi padre murió antes de que yo regresara.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo pudo ordenarlo?
Victoria sacó un sobre antiguo.
—Porque dejó instrucciones por escrito.
Valentina tomó el sobre.
Su nombre aparecía en el frente.
Valentina Ríos.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Por qué lo tenías?
Victoria respondió:
—Porque él sabía que algún día tendrías que conocer la verdad.
Valentina abrió el sobre.
Dentro había una carta.
Pero antes de poder leerla, escuchó un ruido en el pasillo.
Victoria se levantó.
—Alguien viene.
—¿Quién?
Victoria miró hacia la puerta.
—No lo sé.
La puerta comenzó a abrirse.
Valentina guardó rápidamente la carta.
Una sombra apareció al otro lado.
Y entonces escucharon una voz.
—Valentina.
Ella reconoció aquella voz.
Era la misma mujer que la había llamado días atrás.
La mujer que decía haberla protegido.
La puerta terminó de abrirse.
Valentina levantó la mirada.
Y se quedó sin palabras.
Frente a ella estaba una mujer que creía no volver a ver jamás.
La mujer que había cambiado su vida cinco años atrás.
Victoria palideció.
—Tú...
La mujer respondió:
—Ya es hora de que Valentina conozca toda la verdad.
Y antes de que pudiera continuar, se escuchó un fuerte ruido desde el despacho de Adrián.
Valentina corrió hacia allí.
Cuando llegó, encontró la puerta abierta.
Leo estaba bien.
Pero Adrián había desaparecido.
Sobre el escritorio había una nota.
“Si quieres recuperar al CEO, ven sola.”
Valentina sintió que el mundo se detenía.
Porque esta vez no habían ido por Leo.
Habían ido por Adrián.
Continuará...