Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 6: La cacería a ciegas
El despertar de Dante Moretti no tuvo nada de la silenciosa fragilidad del departamento de Aleksandra. Fue un regreso a la realidad a base de olor a pólvora quemada, cuero húmedo y el murmullo tenso de armas automáticas siendo amartilladas.
Se encontraba en un refugio subterráneo en la periferia industrial de Monza, blindado tras tres compuertas de hormigón y custodiado por una docena de hombres con fusiles de asalto tácticos. Había logrado caminar dos cuadras desde el portal de la médica antes de colapsar contra un teléfono público, donde su lugarteniente más leal, Lorenzo, lo levantó en un todoterreno con placas falsas.
Sobre él, una luz fluorescente oscilaba. Un anciano de cabello blanco y delantal quirúrgico manchado de yodo terminaba de colocar un estetoscopio sobre su pecho. Era el doctor Bellini, el único médico clandestino en el que el clan Moretti confiaba desde hacía treinta años.
—¿Cómo sigue la presión? —la voz de Dante brotó como un chasquido áspero, demandante, ignorando el dolor punzante que le desgarraba el vientre con cada respiración.
Bellini retiró el estetoscopio y se quitó las gafas, sacudiendo la cabeza con una mezcla de espanto y reverencia profesional.
—Tu presión se está estabilizando, muchacho. Pero lo que no entiendo es cómo carajo sigues respirando —el médico señaló con una pinza las suturas que cerraban la herida ilíaca—. Quienquiera que te haya abierto el abdomen no es un matasanos de callejón. Este nudo es polipropileno cinco ceros con técnica continua de doble fijación. Es una reconstrucción vascular milimétrica. Ese tipo de maniobra solo la dominan un puñado de cirujanos cardiovasculares de élite o neurocirujanos con microscopio. ¿Dónde estuviste anoche, Dante?
Dante no respondió.
Cerró los ojos un instante, y lo primero que invadió su mente no fue la emboscada en el callejón ni las balas que le perforaron el cuerpo, sino la imagen de aquellos ojos verdes. Una mirada gélida y a la vez salvaje, implacable, dominando su dolor con la autoridad de una reina y la precisión de un verdugo. Y después, el recuerdo ardiente de su piel suave, de su aliento entrecortado en la penumbra, de la manera en que sus dedos se enredaron en su espalda mientras el delirio consumía las horas.
Al pasar la mano por su bolsillo buscando de manera automática su encendedor de oro, encontró el vacío. Se acordó del billete de quinientos euros que había dejado sobre la mesada junto al Dupont. No había sido arrogancia: había sido una marca. La garantía de que volvería.
—Lorenzo —rugió Dante, incorporándose con un esfuerzo que le arrancó un gruñido ahogado del pecho.
Un hombre de unos treinta y cinco años, con una cicatriz cruzándole la ceja y un subfusil colgando del hombro, dio dos pasos al frente, inclinando la cabeza con respeto reverencial.
—Don Dante.
—Quiero a esa mujer —ordenó, clavándole sus ojos grises cargados de una determinación volcánica—. Estaba cerca del Policlínico de Milán. Salió de guardia a las diez de la noche. Menuda, cabello castaño claro o rubio ceniza, ojos verdes como el cristal. Y las manos... las manos de una maldita artista. Revisa el personal de cirugía, residentes, guardias de urgencias. Dale la vuelta a cada rincón de ese hospital. La quiero aquí antes del anochecer.
Lorenzo bajó la vista, visiblemente incómodo.
—Ya envié a tres de nuestros muchachos a rastrear la zona, Don Dante —dijo en voz baja—. Pero el perímetro del hospital es un agujero negro. El callejón donde caíste no tiene cámaras; las rompieron los propios tiradores de Valerio antes de emboscarte. Tampoco hubo registros de ingresos de urgencia ni llamados al servicio de ambulancias. Y en el Policlínico trabajan más de cuatrocientos médicos y trescientos residentes. Si empezamos a hacer preguntas directas o a mostrar descripciones, Valerio se enterará de inmediato de que sobreviviste gracias a una civil.
Dante apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro parecieron de piedra.
—Me importa un demonio Valerio. Búscala.
Antes de que Lorenzo pudiera contestar, la puerta de acero reforzado del búnker se abrió de golpe con un estruendo metálico. Entró Marco, el jefe de comunicaciones de la familia, con el teléfono satelital en la mano y la respiración agitada.
—¡Don Dante! ¡Tenemos alerta roja!
Dante no se inmutó, aunque la tensión en la sala se disparó a niveles críticos.
—Habla.
—Valerio acaba de convocar a la comisión de las Cinco Familias en un hotel de Varese para dentro de cuatro horas —anunció Marco, con el rostro desencajado—. Está declarando que usted murió en el atentado de anoche. Dice tener «fuentes confiables» que confirman que su cuerpo fue arrojado al río Ticino. Ya empezó a negociar los puertos de Génova con la facción de los calabreses y puso precio a la cabeza de cualquiera de nosotros que no le jure lealtad antes del mediodía. Además... acaban de volar dos de nuestros almacenes en el puerto seco de Segrate.
Un silencio pesado cayó sobre el refugio subterráneo.
La traición no era un asunto pendiente: era una guerra abierta que amenazaba con devorar todo el imperio Moretti en cuestión de horas. Si Valerio lograba que las otras familias ratificaran el vacío de poder, Dante dejaría de ser un líder emboscado para convertirse en un cadáver político y militar sin recursos para contraatacar.
Lorenzo miró a su jefe con urgencia implícita.
—Si no nos movemos ahora hacia el norte para asegurar los arsenales y a los capos leales en Como, Valerio nos cerrará el cerco, Don Dante. No podemos dividir a los soldados. No podemos ponernos a registrar hospitales.
Dante se quedó inmóvil. Cada fibra de su cuerpo exigía mandar a sus hombres a derribar las puertas del Policlínico de Milán hasta dar con la mujer que le había devuelto el pulso. Pero la fría lógica del capo que llevaba la sangre de tres generaciones de mafiosos en las venas prevaleció sobre el impulso de su deseo.
Si sus hombres empezaban a husmear en el hospital, los perros de presa de Valerio seguirían el rastro. Y si descubrían que una joven cirujana de ojos verdes lo había salvado de una muerte segura en su propia cocina, no irían a interrogarla: la degollarían en su propia cama solo para privarlo de un testigo o para enviar un mensaje de terror.
Buscarla ahora era firmar su sentencia de muerte.
Dante bajó la vista hacia su abdomen vendado. La sutura tiraba contra la carne, recordándole en cada latido el tacto firme y seguro de aquella mujer que no le temió a su sangre ni a su oscuridad.
—Tienes razón —dijo Dante, y su voz heló el aire caliente de la habitación—. No toquen el hospital. Borren cualquier rastro de que estuvimos cerca de esa zona.
Se puso de pie despacio, apoyando la mano en el hombro de Lorenzo para compensar el mareo provocado por la anemia. Su porte recuperó la sombra intimidante de siempre, alta y despiadada.
—¿Cuáles son las órdenes, Don Dante? —preguntó Lorenzo.
Dante alzó los ojos, y en el fondo gris de su mirada ardió una promesa de exterminio absoluto.
—Pasamos a la clandestinidad total. Nos movemos a la fortaleza del lago. Convocaremos a los hombres de confianza en la frontera suiza y cazaremos a cada traidor que haya estrechado la mano de Valerio. Uno por uno. Sin juicios, sin treguas.
Hizo una pausa, respirando el dolor de su herida como si fuera combustible.
—Y cuando Milán vuelva a estar bajo mi bota, cuando haya limpiado cada gota de traición en esta tierra... daré vuelta esta ciudad piedra por piedra hasta encontrar a mi cirujana. Y esta vez, no habrá puerta cerrada ni fuga que me la arrebate.