Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 14
Capítulo 14. Una casa preparada para ella
Los edificios fueron quedando atrás. A ambos lados del camino aparecieron árboles, jardines y un paisaje cada vez más verde.
Media hora después, el auto entró en un conjunto residencial con vigilancia estricta.
La verja se abrió ante céspedes cuidados y casas rodeadas de jardines. Todo parecía tranquilo, apartado del ruido de la ciudad.
Las residencias, de estilos distintos, aparecían entre los árboles en lugar de amontonarse junto al camino. Los jardines tenían una distribución cuidada, con espacios abiertos que dejaban entrar la luz. Sofía siguió mirando por la ventanilla: la vigilancia de la entrada y aquella calma hacían que el lugar pareciera un mundo separado del que acababa de dejar.
Se detuvieron frente a una residencia moderna de color crema.
Martín bajó y abrió la puerta para Sofía.
—Llegamos. Esta es la casa número uno de Bahía Serena, la residencia privada del señor Montenegro.
Ella observó la propiedad, sorprendida. Había imaginado una casa de descanso. Lo que tenía delante se parecía más a una finca de lujo.
Un mayordomo de mediana edad los esperaba con varios miembros del personal.
—Bienvenida, señorita Serrano. Soy Ernesto, el mayordomo. El señor Montenegro nos pidió que estuviéramos pendientes de todo lo que necesite durante su estancia.
—Mucho gusto, don Ernesto. Gracias por recibirme.
—Es un placer. Le mostraré su habitación. Está en el segundo piso, recibe mucha luz y tiene buena ventilación. Díganos si desea cambiar algo.
Al entrar, Sofía quedó impresionada por el vestíbulo de techo alto, el piso de mármol y la lámpara de cristal. La decoración era sobria, cuidada hasta el último detalle.
El mármol reflejaba la luz de la lámpara, pero los colores tranquilos y las líneas sencillas evitaban que el espacio resultara frío. Desde dentro también se veía parte del jardín. Todo daba la impresión de haber sido elegido para conservar la amplitud y la quietud, incluso en una casa tan lujosa.
El personal la atendía con amabilidad, sin rodearla ni hacerla sentir incómoda.
Don Ernesto la llevó a una habitación amplia en tonos crema, azul claro y verde suave. Las puertas de vidrio daban a un balcón con vistas al jardín.
La combinación era cálida sin resultar recargada. Desde el balcón podía abarcar buena parte de los jardines, y la luz natural entraba sin necesidad de encender ninguna lámpara. Había pensado en un cuarto para pasar unos días; aquella habitación estaba preparada para que realmente descansara.
Sofía abrió el cajón del baño para guardar sus cosas. Se detuvo: ya estaban allí los productos de aseo y de cuidado de la piel que ella acostumbraba usar.
Tomó uno y comprobó la marca. Era la misma. Lo dejó de nuevo en su sitio y miró hacia la puerta, con ganas de preguntar quién había elegido todo aquello.
—¿Le gusta la habitación? —preguntó el mayordomo—. Si le hace falta algo, avísenos.
—Es preciosa. Muchas gracias. Han pensado en todo.
La consideración de Alejandro volvía a sorprenderla.
—Me alegra que esté a gusto. El almuerzo ya está listo. ¿Desea comer ahora?
—Sí, gracias.
Sofía se aseó y se cambió a ropa más cómoda antes de bajar.
En el comedor la esperaba un almuerzo abundante, con platos suaves y nutritivos, justo como le gustaban. Don Ernesto le explicó qué llevaba cada uno y le preguntó si había algún ingrediente que prefiriera evitar.
Mientras comía, conversaron. Poco a poco, Sofía empezó a sentirse menos extraña en aquella casa.
Después salió a caminar por el jardín. El aire limpio y el calor del sol le ayudaron a relajarse.
El lugar era realmente adecuado para descansar.
Lejos del tráfico y de las voces de los pasillos del hospital, el silencio no se sentía vacío. Podía caminar a su propio ritmo, detenerse a mirar el jardín y dejar de estar pendiente de quién iba a entrar por la puerta. Al regresar arriba, tenía el ánimo más ligero.
Al volver a su habitación, se quedó en el balcón, mirando el lago a lo lejos.
¿Cómo podía investigar lo ocurrido tres años atrás sin que Alejandro se sintiera utilizado?
Preguntárselo de golpe no le parecía buena idea. Fuera o no el hombre del accidente, siempre la había tratado con respeto. No quería que pensara que se acercaba a él únicamente por gratitud.
Después de lo vivido con Diego, Sofía había aprendido algo: podía agradecerle a alguien que la hubiera salvado sin entregarle también su corazón.
Si encontraba a su verdadero salvador, haría todo lo posible por corresponderle.
Pero una deuda no era amor.
* * *
En la oficina del Grupo Ferrer, Diego miraba la ciudad desde el ventanal.
Sofía se había mudado a Bahía Serena. A la casa privada de Alejandro.
La noticia no lo dejaba en paz.
Se aflojó la corbata y se volvió hacia Nicolás.
—¿Qué averiguaste sobre Brisa? Te pedí pruebas de que Sofía es una impostora. ¿Tienes algo?
Nicolás se acomodó los lentes, incómodo.
—La especialista mantiene su identidad muy protegida. Hemos consultado a varios contactos, pero no encontramos pruebas de que sea una impostora. Los casos en los que intervino están bien documentados y quienes recibieron su ayuda hablan muy bien de ella. Nadie quiere dar más información.
—¡Inútil!
Diego golpeó el escritorio. Los papeles saltaron.
—¡Quiero resultados! ¿Es tan difícil?
Nicolás bajó la cabeza y no contestó.
Sabía que la falta de pruebas solo explicaba parte de aquella rabia. El verdadero problema era que Sofía estaba viviendo en casa de otro hombre.