Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 24: Aliados Inesperados
El descubrimiento no trajo solo verdad, también trajo peligro. Gabriel lo sabía bien: su padre no era un hombre que dejara cabos sueltos, y alguien más debía saber lo ocurrido para haber guardado esos documentos todos estos años. Lo que no esperaba era quién vendría a su puerta con las respuestas que faltaban.
Temprano por la mañana, la secretaria anunció la visita. Gabriel se tensó al oír el nombre.
—¿Beatriz? ¿Aquí?
Renata se cruzó de brazos, atenta.
—Déjala pasar.
Su tía entró con paso más lento, menos erguido de la última vez. Llevaba un sobre grueso en las manos, apretado contra el pecho como si contuviera su propia vida. Se detuvo en el centro de la sala, miró a ambos y soltó el aire que parecía haber retenido años.
—Supongo que ya lo sabes —dijo, sin rodeos—. Tu padre. Lo de los frenos.
Gabriel asintió con mandíbula apretada, sin apartarle la vista.
—¿Sabías? ¿Todo este tiempo supiste y callaste?
Beatriz bajó la cabeza, avergonzada.
—Lo supe tres días después del entierro. Él mismo se jactó ante mí, como si hubiera hecho un bien. Me amenazó con hundirme a mí también si abría la boca. Era su palabra contra la mía. Y él tenía todo: dinero, poder, influencia… yo solo tenía miedo. Hasta que llegaste tú —miró a Renata con una mezcla de respeto y gratitud—. Cuando vi que no te rendías ante nada, comprendí que yo tampoco debía rendirme a la verdad.
Extendió el sobre hacia Gabriel. Sus manos temblaban.
—Esto son las pruebas que logré reunir: testigos que callaron, transferencias al mecánico que hizo el trabajo, declaraciones que fueron modificadas. No basta para condenarlo ahora que está muerto… pero basta para limpiar tu nombre. Para que todos sepan que no fuiste tú. Que nunca fuiste tú.
Gabriel tomó el sobre con cuidado, como si fuera de cristal. Lo abrió lentamente y recorrió las hojas, página tras página, con el rostro cada vez más sereno. Cuando terminó, levantó la vista hacia su tía y sus ojos ya no guardaban rencor, solo gratitud dolorida.
—Gracias. No fue fácil para ti. Lo sé.
—Me costó años de pesadillas —admitió ella con voz quebrada—. Pero pesaría más tu culpa sobre mi conciencia. Y ahora… hay algo más. Alguien más lo sabe. Tu padre dejó copias en manos de un socio antiguo: Héctor Varela. El padre de Marcelo. Sabe todo. Y lo ha estado usando para manipularte desde las sombras mucho antes de que apareciera Renata.
El nombre cayó como una sentencia. Gabriel apretó los dientes.
—Por eso todo encaja. Las deudas, las presiones, los ataques… no buscaban dinero. Buscaban silencio.
—Exacto —confirmó Beatriz—. Tienen el mismo poder que tu padre tuvo. Y no dudarán en usarlo. Pero ahora tú también tienes armas. Y ya no estás solo. Se equivocaron al creer que seguirías aislado. Se equivocaron al subestimarnos a todos.
Renata se acercó a ella y le tomó una mano entre las suyas.
—Gracias por elegirnos. Por elegir la verdad.
Beatriz la miró sorprendida, con los ojos brillantes.
—Te subestimé, niña. Pensé que eras débil. No lo eres. Eres la fuerza que le faltaba. Cuídalo. Por favor.
—Con mi vida —prometió Renata firme.
Cuando se quedó sola con Gabriel, él la atrajo hacia sí rodeándole la cintura con un brazo, sosteniendo el sobre en la otra mano.
—Tenemos todo lo necesario para destruirlos —dijo con voz grave, resuelta—. Pero también tenemos que ser cuidadosos. Saben dónde estamos. Saben cómo golpear.
Renata apoyó la mano sobre su pecho, sintiendo su corazón fuerte y decidido bajo la palma.
—No nos golpearán a traición otra vez. Ahora sabemos quiénes son. Y nos esperen lo que nos espere… lo enfrentamos juntos. Como siempre.
Gabriel la miró y sonrió, esa sonrisa limpia por fin de culpas antiguas.
—Juntos. Hasta el final.
Esa noche el mapa del campo de batalla había cambiado: ya no era un hombre solo contra el mundo. Tenía pruebas, aliados… y un amor que valía más que cualquier fortuna. La guerra apenas comenzaba, pero por primera vez en su vida, Gabriel sentía que iba a ganar.