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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:77
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

...Nina....

La abuelita se fue a dormir a las nueve y media, como siempre. Besito en la frente, olor a crema Nivea, pantuflas arrastrándose por el pasillo.

—Que descansen, mis niños. La cama de Ninita es chiquita, pero el amor no necesita espacio.

Y cerró su puerta.

El amor. Claro.

Santiago estaba parado junto a la mesa del comedor con las manos en los bolsillos, mirando la pared como si el calendario de la carnicería Don Beto fuera la cosa más fascinante del universo. Todavía tenía el pelo húmedo. La camisa que le presté de mi abuelo —que en paz descanse— le quedaba ridícula, demasiado corta en las mangas, tirante en los hombros.

—Puedes dormir en el sofá —dije, señalando ese mueble de flores anaranjadas que ya era viejo cuando yo tenía seis años.

Él lo miró. Lo midió con los ojos. El sofá tenía metro y medio, con suerte. Santiago mide uno ochenta y ocho.

—Si tu abuela se levanta a tomar agua y me ve ahí, va a pensar que nos peleamos.

—Nos peleamos todo el tiempo.

—Pero ella no lo sabe.

Me crucé de brazos. Tenía razón. La abuelita estaba convencida de que nuestro matrimonio era de telenovela, de los bonitos, de los que terminan con beso en la lluvia y no con un contrato de nueve millones de pesos y una firma notariada.

—Mi cama es individual —advertí.

—Solo necesito un poco de espacio.

—¿Un poco? ¿Tú? Mides como poste de alumbrado.

Ni siquiera sonrió. Tenía los ojos vidriosos. La fiebre.

Lo guie por el pasillo hasta mi cuarto de adolescente. Abrí la puerta y ahí estaba todo: las calcomanías de aviones en el espejo, la repisa con mis libros de fotografía, la cama angosta contra la pared, con la misma colcha azul de siempre.

Santiago entró y el cuarto se hizo más chico.

—¿De qué lado duermes? —preguntó.

—Del de la pared. Es mi cama.

—Bien.

Se quitó los zapatos. Se sentó en el borde. El colchón protestó. Me acosté primero, pegada a la pared, con la colcha hasta el mentón como si fuera una armadura de tela.

Él se acostó a mi lado.

Hombro contra hombro.

Su brazo quemaba.

No como calor normal. Como plancha encendida. Giré la cabeza para verlo. En la oscuridad, con la única luz que entraba por la rendija de la cortina, le vi el perfil: la mandíbula apretada, los ojos cerrados, una gota de sudor bajándole por la sien.

—Estás ardiendo en fiebre —dije.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Duérmete, Nina.

Siempre así. Siempre como si su cuerpo fuera algo que pudiera ignorar, algo secundario, algo que existía solo para cumplir funciones: volar aviones, caminar bajo la lluvia, sentarse en pasillos de hotel toda la noche.

Cerré los ojos. Intenté no pensar en las gotas de camelia para los ojos. En el cuaderno rescatado del charco. En "cielo" mandando regalos a la dirección de Marcos.

Intenté no pensar.

Su respiración se fue haciendo más pesada. Irregular. El calor que irradiaba era absurdo. Como dormir al lado de un motor encendido.

Me quedé quieta.

Y entonces me dormí.

...Santi....

La fiebre tiene una forma particular de desordenar el mundo.

Todo se vuelve líquido. Los bordes se disuelven. El techo del cuarto de Nina se mueve como si respirara y el olor de su pelo —algo cítrico, limón, lima, no sé— me llega en oleadas, y cada oleada me hunde un poco más.

Está tan cerca.

Está aquí.

Diez años pensando en esto. Diez años imaginando cómo sería tenerla así de cerca y resulta que la realidad es peor que cualquier fantasía porque en la fantasía yo podía tocarla y ella no me miraba como si fuera un mueble al que hay que tolerar.

Su hombro contra el mío. Su respiración lenta. Dormida.

La fiebre me quema por dentro y por fuera. Treinta y ocho, treinta y nueve grados, no sé. No importa. Ella está aquí. En esta cama de niña, en este cuarto que huele a su infancia, a los años en que yo la miraba de lejos y ella miraba a Julián y Julián miraba al público.

Me giro.

No debería.

Sé que no debería.

Pero la fiebre deshizo el candado que siempre le pongo a todo. Y su cuello está ahí, la curva pálida entre su mandíbula y su clavícula, y mi boca encuentra esa piel antes de que mi cerebro pueda intervenir.

Suave. Tibia. Un poco salada.

Ella se mueve. Dice algo. No escucho qué. Mi boca baja hacia la clavícula. Sus manos empujan pero la fiebre me volvió sordo y torpe y lo único que mi cuerpo entiende es que lleva diez años esperando esto.

Nina.

Nina.

Nina.

...Nina....

Me desperté con su boca en el cuello.

Primero pensé que estaba soñando. Después sentí el peso de su cuerpo encima, el calor brutal, sus labios bajando por mi clavícula, y el sueño se rompió como vidrio.

—Para —dije. Mi voz salió ronca, débil—. Santiago, para.

No paró.

Su boca subió de nuevo. Me besó debajo de la oreja. Murmuró mi nombre contra la piel, con una voz que no le conocía, rota, espesa, como si viniera de muy lejos.

—¡Para! —Lo empujé con las dos manos. Logré moverlo un poco. Lo suficiente para verle los ojos.

Vidriosos. Perdidos. Medio cerrados.

Estaba delirando.

Le metí una bofetada.

El sonido rebotó en las paredes del cuarto. Fuerte. Seco. Él parpadeó. Me miró como si recién me viera.

—¿Estás loco? —siseé, con la voz baja porque la abuelita dormía a tres metros de distancia al otro lado del pasillo—. ¿Perdiste la cabeza?

Me agarró las muñecas. Me empujó contra la pared. La pintura fría me golpeó la espalda. Su cara estaba a centímetros de la mía. Sentía su aliento caliente, la fiebre radiando de su piel como si fuera a incendiarse.

Y entonces dijo:

—¿Me odias tanto?

Tres palabras. Cuatro, con el tanto.

Pero no estaba preguntando por esta noche. No estaba preguntando por el beso, ni por la bofetada, ni por la cama angosta.

Estaba preguntando por todo.

Por los diez años. Por el contrato. Por las veces que mencioné a Julián frente a él. Por las gotas de camelia que nunca le agradecí porque no sabía que eran de él. Por cada mañana en la que se sentó frente a mí a desayunar y yo no lo vi. Por el cuaderno en el charco. Por la lluvia. Por el pasillo del hotel. Por esta noche en la cama de mi infancia donde mi cuerpo estaba al lado del suyo y mi cabeza seguía en otra parte.

«¿Me odias tanto?»

Su voz sonó como vidrio roto. Como algo que se quiebra después de aguantar demasiado tiempo.

No pude contestar.

Tenía la garganta cerrada y las muñecas atrapadas en sus manos y el corazón golpeándome las costillas tan fuerte que seguro él lo sentía.

Me soltó.

Se levantó de la cama. En la oscuridad lo vi buscar sus zapatos, ponérselos sin amarrar las agujetas. Caminó hacia la puerta. La abrió con cuidado, sin hacer ruido, porque ni siquiera en este momento se le olvidaba que la abuelita dormía cerca.

Salió.

Escuché sus pasos por el pasillo. El clic de la puerta principal.

Silencio.

Me quedé contra la pared. Con la espalda helada y el cuello todavía húmedo donde me había besado. El corazón no se calmaba. Las muñecas me ardían donde me había apretado, no de dolor sino de algo peor: de la certeza de que esas manos habían temblado al soltarme.

«¿Me odias tanto?»

No te odio.

Eso era lo que debí haber dicho. Cuatro sílabas. No. Te. O. Dio. Pero me quedé muda como siempre me quedo muda cuando Santiago Reverte me dice algo que importa.

Me levanté. Fui de puntitas al cuarto de la abuelita. Abrí la puerta un centímetro. Roncaba suavecito, con la boca abierta, con la radio prendida en bajito tocando boleros. No escuchó nada.

Cerré. Caminé a la puerta principal. La abuelita vivía en un tercer piso sin elevador, un edificio viejo con escaleras de cemento y barandales de hierro pintados de verde.

Abrí la puerta.

Estaba ahí.

Sentado en el piso, con la espalda contra la pared del pasillo, las piernas largas estiradas en el suelo frío. Igual que en el hotel. Igual que siempre. Santiago Reverte y su manía de sentarse afuera de las puertas de las mujeres que no lo quieren.

Se me apretó algo en el pecho.

—Entra —dije.

—Estoy bien aquí.

—Tienes fiebre. Necesitas medicina.

—No necesito nada.

—Estás ardiendo, Santiago. No seas ridículo.

Me miró desde abajo. Con la fiebre le brillaban los ojos de una manera rara, casi animal, casi triste. Como un perro grande que se quedó afuera en la lluvia y ya se acostumbró.

—Estoy bien. Tócame si no me crees.

Levanté la mano para tocarle la frente.

No alcancé.

Sentado él era casi de mi altura, pero con la cabeza recargada en la pared quedaba demasiado arriba. Me estiré. Las puntas de mis dedos le rozaron el pelo.

—Agáchate. No llego.

Bajó la cabeza.

Despacio. Con los ojos cerrados. Inclinó la frente hacia mi mano y la apoyó ahí, en mi palma abierta, con todo el peso.

Quemaba.

Pero no fue la fiebre lo que me partió.

Fue el gesto. La manera en que se rindió hacia mi mano. Como un animal grande que deja de pelear. Como alguien que cargó algo demasiado pesado por demasiado tiempo y por un segundo, solo uno, se permite soltarlo.

Tragué saliva.

—Ven adentro —dije, con una voz que no me reconocí—. Voy a buscarte un paracetamol.

No contestó. Pero tampoco se movió. Se quedó así, con la frente en mi mano, respirando.

Entonces un grito reventó desde abajo.

Agudo. Histérico. Una voz de mujer que subía por el cubo de la escalera como una sirena.

—¡Ayuda! ¡Hay alguien ahí abajo! ¡Me está siguiendo!

Santiago levantó la cabeza de golpe. Ojos abiertos. Postura recta. Piloto de emergencia, así, en un parpadeo, como si la fiebre fuera algo que pudiera apagar con un interruptor.

—Quédate aquí —dijo, y bajó las escaleras.

No me quedé.

Bajé detrás de él, descalza, sintiendo el cemento helado en las plantas de los pies. En el segundo piso había una mujer en bata de seda pegada a la pared, temblando, señalando hacia la escalera de abajo. Rubia. Maquillada incluso a esta hora. Bonita de una manera que se nota que cuesta dinero mantener.

—Ahí, ahí abajo, había un hombre, estaba parado junto a mi puerta, lo vi por la mirilla—

Santiago ya iba bajando al primer piso. Yo llegué hasta la mujer.

—¿Estás bien?

—Sí, solo... Dios, qué susto.

Y entonces reconocí su cara.

Lorena Vega. La había visto en las fotos del Instagram de Julián. Su ex. La que lo acompañó en la gira del año pasado. La que salía en las revistas tomada de su brazo con una sonrisa perfecta hasta que dejó de salir y nadie explicó por qué.

¿Vivía aquí? ¿En el mismo edificio que mi abuelita?

Un portazo abajo. Voces de hombres. Un vecino del primero salió en calzoncillos con un bate de béisbol. Santiago regresó subiendo las escaleras, respirando pesado, con los nudillos rojos.

—Se fue. Salió por la puerta de atrás. El vecino llamó a la patrulla.

Lorena lo miraba con los ojos enormes.

—Gracias. Gracias, de verdad. Lleva días apareciendo. Pensé que estaba loca, pero—

—No estás loca —dijo Santiago.

Pasos en la escalera. Julián subió corriendo, despeinado, en camiseta y pants, con cara de susto.

—Lorena, ¿qué pasó? Escuché el grito desde arriba—

¿Arriba? Julián también estaba en el edificio. ¿Cuarto piso?

—Un tipo en la escalera —explicó Santiago, con la misma voz plana de siempre, como si reportara turbulencia menor—. Mismo patrón que el de antes. Hay que avisarle a la policía cuando lleguen.

Julián miró a Lorena. Después a Santiago. Después a mí, descalza, en piyama, parada junto a Santiago en la escalera del segundo piso a la una de la mañana.

—¿Nina? ¿Qué haces—?

—Mi abuelita vive en el tercero.

—Ah.

Pero sus ojos iban de mí a Santiago. De Santiago a mí. Calculando la distancia entre nuestros cuerpos, que en ese momento era casi ninguna porque Santiago se había recargado en el barandal y su hombro tocaba el mío.

El vecino del primero subió.

—Ya viene la patrulla. ¿La señorita está bien?

—Sí —dijo Lorena—. Sí, gracias, estoy bien.

Se organizó todo. Julián se quedó con Lorena esperando a la policía. El vecino del bate volvió a su departamento. Santiago y yo subimos las escaleras de regreso.

En el descanso del tercero se detuvo. Se recargó en la pared. Cerró los ojos. Toda la adrenalina se le había agotado de golpe y la fiebre le cayó encima otra vez, visible, pesada, como algo físico.

Se tambaleó.

Lo agarré del brazo.

—Ven. Apóyate.

—Peso mucho.

—No me importa.

Se recargó en mi hombro. Pesaba como un costal de cemento. Olía a lluvia vieja y a fiebre. Caminamos así hasta la puerta de la abuelita, lentos, arrastrando los pies los dos.

Abajo, en la escalera, Julián nos vio.

No dijo nada. Pero le vi la cara. Y supe que algo se le movió adentro. Algo que tenía que ver conmigo cargando el peso de otro hombre en mi hombro, descalza, en piyama, a la una de la mañana, sin quejarme.

Metí a Santiago al departamento. Lo senté en la silla del comedor. Le traje agua, paracetamol, una toalla húmeda.

—Tómate esto.

Se tomó la pastilla. Le puse la toalla en la frente. Él me miraba desde abajo con esos ojos febriles.

—¿Me odias? —preguntó otra vez, bajito, como si no recordara que ya lo había preguntado antes.

Le quité la toalla. Se la volví a poner.

—No —dije—. No te odio.

Cerró los ojos.

Le dije que durmiera en mi cama. Yo me acomodé en el sofá de flores anaranjadas. Me quedaba perfecto. Las ventajas de medir uno sesenta.

No dormí.

Me quedé mirando el techo, con el cuello todavía tibio donde me besó, repitiendo en la cabeza las tres palabras que dijo con voz de vidrio roto, pensando que a lo mejor el problema no era que Santiago Reverte fuera invisible.

A lo mejor el problema era que yo había elegido no verlo.

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