Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.
Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.
Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.
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Capítulo 18
POV: Heloísa
Una semana después del retiro, la empresa dio una cena de gala para cerrar el trimestre. Salón de fiestas de hotel, mesa de vino, gente de corbata, candelabro de cristal lanzando luz sobre el piso de mármol, el tipo de evento en que yo circulaba con una copa en la mano sintiéndome una intrusa de blazer prestado. El blazer era de Dandá, por cierto, un poco apretado en los hombros, y me pasé toda la noche consciente del cierre en la espalda.
No iba a ir. Presencia no obligatoria, esta vez. Pero Larissa me arrastró diciendo que iba a quedar mal que la "consentida del proyecto" faltara, que iban a hablar, y fui, más por no dar tema que por ganas.
Fue un error.
A la hora de los discursos, Vicente subió al pequeño escenario, agradeció al equipo en tres frases secas, alzó la copa. Los aplausos vinieron tibios y educados. Y después, cuando los grupos se soltaron de nuevo por el salón y la música baja volvió, vino en mi dirección atravesando el mármol con aquel paso que abría camino, una cajita en la mano.
—No hagas esto —dije bajo, sabiéndolo ya, dando un paso atrás que topó con una mesa.
No me oyó, o no quiso oír. Abrió la caja. Adentro, un collar. Fino, caro, del tipo de cosa que costaba más de lo que yo ganaba en meses, una delicadeza de marca que brillaba incluso en aquella luz baja, la cadena fina como un hilo de agua.
—Debí habértelo dado hace mucho tiempo —dijo—. Deja que te lo ponga.
—Vicente, hay gente mirando.
—Que miren.
Rodeó a mi espalda antes de que yo retrocediera, me apartó el pelo con una familiaridad que me erizó la nuca entera, y cerró el collar, sus dedos rozándome la piel un segundo más de lo necesario, tibios contra mi cuello frío de aire acondicionado. El metal cayó frío contra mi pecho, un pesito exacto en la piel.
La mitad del salón lo vio. Vi cabezas voltearse, una copa detenerse en el aire, un cuchicheo empezar en un grupo a la izquierda.
Me llevé la mano al broche en el acto, tanteé el gancho, lo abrí, me quité el collar y me volteé para devolverlo, la cara caliente, la cadena escurriéndome de los dedos.
—No lo acepto. —Le extendí la caja—. Guárdalo para alguien de tu vida. No soy yo.
No tomó la caja. Solo me miró, tranquilo, aquel control irritante, las manos en los bolsillos, como quien tiene la noche entera y lo sabe.
Le dejé el collar en la mano, le cerré los dedos alrededor de la cadena a la fuerza, y salí del salón con la cabeza en alto, los tacones golpeando firme el mármol, directo al ascensor que bajaba al estacionamiento, el corazón martillando. Solo quería tomar el auto por aplicación e irme a casa, lejos de metales caros y miradas.
El ascensor llegó. Entré. Y antes de que la puerta cerrara, una mano la detuvo, y él entró conmigo.
—Olvidaste esto. —Tenía el collar en la mano, balanceándolo apenas.
—No lo olvidé. Lo devolví.
—Y yo no lo acepté de vuelta.
Dio un paso. Retrocedí hasta la pared del ascensor, el barandal frío contra la base de la espalda. Y de nuevo, como el día de la reunión, aquel espacio se volvió demasiado pequeño, su olor, su estatura, los ojos oscuros bajando a mi rostro.
—¿Por qué luchas tanto —dijo, bajo— contra una cosa que los dos sabemos que sigue aquí?
—Porque una vez no luché, y me costó todo. —La voz me tembló y lo odié—. No lo hago de nuevo.
Se quedó mirándome un rato, buscando algo en mi rostro. Después, despacio, sin romper la mirada, volvió a rodear a mi espalda. Yo pude haber salido. La puerta estaba abierta en el estacionamiento, el olor a concreto y a gasolina entrando. No salí. Lo dejé apartarme el pelo otra vez y cerrarme el collar en la nuca, los dedos calientes, su respiración quebrándose en mi piel.
—Quédatelo —murmuró, la boca cerca de mi oído—. Aunque sea solo para devolvérmelo cuando dejes de tener miedo.
Las puertas del ascensor se cerraron de nuevo, solas, porque ninguno de los dos apretó nada.
Fue Tatiana la que arruinó el momento, y menos mal que lo arruinó. Estaba en el estacionamiento cuando las puertas se reabrieron, esperando a que el valet le trajera el auto, y vio el collar en mi cuello y la cara de Vicente detrás de mí.
—Vaya. —Sonrió con aquel veneno de siempre, alto lo suficiente para que el guardia de la caseta oyera—. Ahora entiendo cómo se sube tan rápido en esta empresa. Y yo aquí creyendo que era competencia.
Seis años atrás yo habría corrido, habría fingido no oír, habría llorado en el baño. Ahora salí del ascensor, me acerqué a ella sin prisa, y hablé sin levantar la voz, lo que era peor.
—Cuidado, Tatiana. —Le sonreí de vuelta, la misma sonrisa que ella usaba—. Un chisme sin prueba es una cosa. Una difamación registrada es otra. Andas diciendo mi nombre a mucha gente últimamente, en grupos de mensajes, con captura. Sigue. Yo estoy guardando todo. Y el día que decida usarlo, vas a desear haber hecho tu trabajo en vez del mío.
La sonrisa se le murió a media cara. Abrió la boca, no encontró nada, y cuando su auto se arrimó, se subió y desapareció sin responder, rechinando llanta a la salida.
Respiré. Creí que lo peor había pasado, de nuevo, esa costumbre idiota mía de creerlo.
Vicente había salido del ascensor detrás de mí. Antes de que yo llamara la aplicación, dio dos pasos rápidos, y de repente yo estaba con la espalda contra la puerta fría de un auto, y él enfrente, una mano apoyada en el techo del auto al lado de mi cabeza, cerca, la mirada ardiendo de un modo que no tenía nada de controlado.
—Una cosa tienes que entender, Helô. —La voz le salió ronca, baja, sin platea esta vez, solo para mí—. Seis años atrás alguien decidió por los dos que se había acabado. —Se acercó más, el aliento caliente en mi cara—. Pero yo nunca terminé contigo. Nunca.