Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Bab 11
Capítulo 11
—¡Doctol guapo!
Sergio corrió con pasos cortos y el rostro lleno de entusiasmo hacia Santiago.
Antes de que Sara pudiera detenerlo, Santiago ya se había agachado para atrapar aquel cuerpecito entre sus brazos.
—Cuidado —dijo Santiago en voz baja.
Sergio soltó una risita cuando lo levantaron en el aire.
—¡Doctol vino otla vez!
Desde que había bajado del auto, la comisura de los labios de Santiago se había elevado con sinceridad.
—Sí.
Mientras tanto, a unos pasos de ahí, Sara permanecía rígida. El corazón le latía inquieto al ver la cercanía entre ambos. Más aún porque Sergio se veía tan cómodo junto a Santiago.
—Sergio —lo llamó Sara en voz baja mientras se acercaba—. Baja un momento. Todavía no te tomas la medicina.
El rostro de Sergio se apagó de inmediato.
—No quielo...
—Sergio.
Pero el niño se aferró aún más al cuello de Santiago.
—Que me la dé Doctol.
Sara exhaló un largo suspiro.
—No seas caprichoso —lo reprendió con suavidad.
—Pelo sabe feo...
Santiago, que hasta ese momento había permanecido en silencio, habló al fin con calma:
—Está bien, déjeme a mí.
La mirada de Sara se desvió hacia él de inmediato.
—Yo puedo darle la medicina.
Durante unos segundos, Sara dudó. Sin embargo, terminó entregándole la cucharita y el frasco de jarabe que traía consigo.
—En ese caso... por favor.
Santiago asintió brevemente, y bajó a Sergio al suelo con cuidado. Pero apenas sus piececitos tocaron el piso, el niño le agarró los dedos con fuerza.
—Vamos, Doctol.
Santiago frunció un poco el ceño.
—¿A dónde?
—¡A la base de Selgio! —La exclamación inocente hizo que Clara, de pie no muy lejos de ahí, soltara una risita.
Sara, por su parte, parecía resignada.
—Sergio... —lo llamó en voz baja.
Pero el niño ya había jalado a Santiago hacia el interior de la tienda. Y, curiosamente, Santiago se lo permitió. Pasaron junto a las hileras de flores frescas que llenaban aquel pequeño local. Un aroma sutil a rosas y lirios flotaba en el aire. Santiago observó el lugar a su alrededor en silencio.
Era muy parecido a lo que Sara solía imaginar cuando estaban en la preparatoria.
—¡Aquí! —exclamó Sergio con entusiasmo mientras abría la puerta de un cuartito al fondo de la tienda. Resultó ser un sencillo espacio de juegos. Había una alfombra pequeña, un estante con libros infantiles, algunos juguetes y una mesita en un rincón.
—Cuando mamá tlabaja, Selgio juega aquí —explicó con orgullo. Santiago asintió despacio mientras recorría la habitación con la mirada. Pero unos segundos después, sus ojos se detuvieron en una fotografía enmarcada en un pequeño estante.
Era una foto de cumpleaños de Sergio. Ahí estaba Sara, sonriendo mientras abrazaba al pequeño Sergio. Y junto a ellos, Renato. La mandíbula de Santiago se tensó poco a poco; su mirada se oscureció ligeramente. Sin embargo, antes de que sus pensamientos fueran más lejos, algo sobre la mesita le llamó la atención.
Varios trozos de zanahoria y tomate al vapor, ordenados con cuidado dentro de un recipiente pequeño de color azul.
Santiago frunció levemente el ceño.
—¿Te gusta comer esto?
Sergio asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
—¿Tomate y zanahoria?
—Sí... —respondió con inocencia—. Están licos.
Santiago se quedó en silencio un instante. Desde niño, él también adoraba el tomate al vapor y la zanahoria hervida. De hecho, era una de sus comidas favoritas, la que su madre solía prepararle.
—Mamá dice... —continuó Sergio mientras tomaba un trocito de zanahoria— que si como esto, Selgio se hace fuelte.
Santiago observó al niño por un rato más largo. Su forma de hablar, su manera de sonreír. Incluso sus costumbres alimenticias... todo le resultaba extrañamente familiar. Lentamente, Santiago se puso en cuclillas frente a Sergio. Sus ojos recorrieron aquel rostro pequeño con mayor detenimiento. Y fue ahí donde el pecho se le apretó de golpe. El rostro de Sergio era increíblemente parecido a sus propias fotos de infancia.
Cuanto más lo miraba, más fuerte le latía el corazón. Mientras tanto, Sergio, sin entender nada, simplemente sonreía con inocencia sosteniendo la cucharita de la medicina en su mano.
—¿Pol qué Doctol no deja de milal a Selgio?
Santiago no respondió de inmediato. La sospecha que llevaba atormentándolo desde el día anterior empezaba a sentirse cada vez más real.
Mientras tanto, fuera del pequeño cuarto de juegos de Sergio, el ambiente de la tienda de flores había vuelto a su calma habitual.
El aroma de las flores frescas llenaba el aire. Clara caminaba despacio entre las hileras de flores, observando de vez en cuando cada arreglo dispuesto con esmero.
Sara permanecía de pie no muy lejos, con actitud profesional, aunque el corazón seguía sin sosegársele al saber que Santiago estaba adentro con Sergio.
—Las flores son preciosas —elogió Clara mientras tocaba con delicadeza los pétalos de un lirio blanco.
—Gracias —respondió Sara en voz baja.
Clara siguió contemplando otros arreglos florales antes de preguntar finalmente:
—Si quisiera hacer un pedido grande de flores, ¿podrían?
Sara se quedó en silencio un momento.
—¿Para algún evento? —preguntó con cautela.
Clara esbozó una leve sonrisa.
—Un compromiso.
El corazón de Sara latió con más fuerza al instante. Clara, sin embargo, continuó con expresión despreocupada, sin notar el cambio en el rostro de la mujer frente a ella.
—Me gustan las flores naturales —dijo en voz baja—. Sobre todo el aroma de las flores frescas. Se siente más vivo.
Sara luchó por mantener la compostura. Aunque el pecho se le iba oprimiendo poco a poco. Todo se volvía cada vez más real. Clara sonrió levemente mientras jugueteaba con el extremo de un tallo entre sus dedos.
—Así que pensé que sería mejor encargarlas directamente en una florería.
Sara apretó los dedos tras el mostrador y asintió brevemente.
—Puedo hacerlo.
Clara pareció alegrarse al escucharlo.
—Perfecto.
—También tengo dos empleadas que pueden ayudar si el pedido es grande —añadió Sara con profesionalismo.
Clara asintió con satisfacción.
—Entonces después te contacto para definir el concepto y la cantidad de flores.
—De acuerdo.
Un breve silencio se instaló entre ellas. Pero unos segundos después, la mirada de Clara se detuvo en un florero sobre el mostrador. Aquel arreglo lucía distinto a todos los demás. Rosas blancas combinadas con delicados tallos de tulipanes blancos.
Los ojos de Clara se iluminaron al instante.
—Vaya... esto es precioso.
Sara giró la cabeza por reflejo hacia aquellas flores, y su expresión cambió sutilmente de inmediato.
—Ese... —Clara se acercó con una sonrisa leve—. Este me encanta.
Sara negó con la cabeza suavemente.
—Disculpe —dijo con delicadeza—. Ese no está a la venta.
Clara pareció ligeramente sorprendida.
—¿No?
—Es solo una muestra de arreglo. —Aunque la verdad era que aquellas flores no eran una simple muestra. Sino el arreglo favorito de Santiago desde siempre. Rosas blancas y tulipanes. Una vez, Santiago había dicho que esa combinación le recordaba a Sara. Y desde entonces, sin darse cuenta, Sara siempre preparaba ese mismo arreglo.
Como algo que en realidad nunca había podido soltar. Clara seguía observando el florero con atención.
—Qué lástima —murmuró en voz baja—. Es realmente hermoso.
Sara esbozó una sonrisa apenas perceptible.
La puerta del pequeño cuarto se abrió despacio. Santiago salió llevando de la mano a Sergio, que no había dejado de contarle sobre sus juguetes. El rostro del niño se veía radiante.
Santiago, en cambio, lucía mucho más sereno que unos minutos atrás, aunque por dentro su cabeza era un caos. Al verlos salir, Clara giró de inmediato. Su mirada se detuvo un instante en la manita de Sergio aferrada a los dedos de Santiago, con una familiaridad llamativa.
—Me sorprende —comentó Clara con una leve sonrisa—. ¿Cómo es que se hicieron tan cercanos tan rápido?
Sergio contestó primero, con todo su entusiasmo.
—¡Polque Doctol guapo es bueno! —La respuesta inocente hizo que Clara riera brevemente.
Santiago se limitó a mirar a Sergio de reojo antes de decir con calma:
—Sergio fue mi paciente el otro día.
El corazón de Clara latió con un leve malestar. Su mirada se desvió lentamente hacia Sara. Por algún motivo, ver a Santiago junto a ese niño le resultaba extraño. Pero unos segundos después, Clara recordó que Sara ya tenía un hijo con otro hombre, y eso la alivió un poco. Era imposible que Santiago volviera a su pasado. Más aún después de la traición que había ocurrido.
—¿Ya elegiste las flores? —preguntó Santiago finalmente, acercándose al mostrador.
Clara asintió brevemente.
—En realidad me gustaban esas —dijo señalando el florero sobre el mostrador—. Pero dice que no están a la venta.
La mirada de Santiago siguió automáticamente la dirección que señalaba Clara. Al ver aquel arreglo floral, sus pasos se frenaron levemente. Rosas blancas y tulipanes. Su expresión cambió poco a poco.
Santiago se dio cuenta de algo. En toda la tienda no había otras rosas blancas ni tulipanes más que aquel arreglo sobre el mostrador. Como si aquellas flores hubieran sido hechas a propósito. Los pensamientos de Santiago volaron al pasado. A una chica de preparatoria que un día le había dicho:
"Cuando tenga mi propia florería, voy a poner rosas blancas y tulipanes en el lugar más visible."
Su mano se cerró lentamente en un puño. Sara, por su parte, desvió la mirada de inmediato, como si no quisiera que sus ojos se encontraran.
—Véndelas —soltó Santiago de pronto.
Sara lo miró al instante.
—Puedo pagarlas al precio que sea.
Sus miradas se cruzaron por un momento y, como siempre, los ojos de Santiago tenían la capacidad de desarmarle el corazón a Sara. Pero ella se obligó a mantener la calma.
—No las vendo —respondió Sara con suavidad, pero con firmeza.
Santiago no apartó la mirada.
—¿Por qué?
—Si usted quiere —continuó Sara con tono profesional—, puede buscar en otra florería. Tal vez las tengan disponibles.
El ambiente se volvió ligeramente incómodo. Clara, al notarlo, se apresuró a sonreír y trató de aligerar la situación.
—Entonces no hay problema —dijo con ligereza—. Me llevo rosas rojas y lavanda. —Luego se volvió hacia Santiago con una sonrisa breve—. Teresa me dijo que te gusta la lavanda, ¿verdad?
Santiago tardó una fracción de segundo antes de asentir con un gesto apenas perceptible.
—Sí.
Pero, sin darse cuenta, su mirada volvió a caer sobre el florero de rosas blancas y tulipanes en el mostrador. Porque solo él sabía que la lavanda siempre había sido su flor favorita. Pero las rosas blancas y los tulipanes eran la flor favorita de los dos.
—Raquel —llamó Sara en voz baja, forzando una sonrisa profesional—. Por favor, prepara un arreglo de rosas rojas y lavanda para la señorita Clara.
—Sí, Sara.
Raquel se puso en movimiento de inmediato para preparar el pedido.
Mientras tanto, entre Santiago y Sara volvió a instalarse un silencio extraño. Y en medio de ese silencio, ninguno de los dos advirtió que Sergio los observaba con sus ojitos llenos de curiosidad.
¿A mamá le gusta Doctol guapo?, pensó Sergio, sin dejar de mirar a Sara y a Santiago.