El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo IV La debilidad no es opción
Punto de vista de Victoria
Desperté con el chirrido distante de un monitor cardíaco y un olor a antiséptico tan penetrante que me revolvió el estómago. La luz blanca y fría del techo me encandiló al abrir los ojos. Parpadeé varias veces tratando de enfocar la vista, confundida, hasta que la realidad me golpeó con la fuerza de un jarro de agua helada: las sábanas rígidas, las paredes de un tono pastel enfermizo, la vía intravenosa encajada en el dorso de mi mano izquierda. Estaba en un hospital.
Ese pensamiento me provocó una oleada instantánea de pánico. Yo no terminaba en hospitales. Yo no me detenía. Intenté incorporarme de golpe, pero una punzada aguda en el abdomen me obligó a soltar un gemido sordo y regresar a la almohada.
—Tranquila, Valenzuela. No te vas a desangrar, aunque ganas no me faltaron de dejarte ahí tirada.
La voz grave y pausada vino desde la esquina más oscura de la habitación. Giré la cabeza rápidamente y sentí cómo el corazón se me disparaba en el pecho. Sentado en un sillón de cuero sintético, con la chaqueta del traje tirada sobre el brazo del asiento, la corbata aflojada y las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, estaba Sebastián Alarcón.
Me quedé helada. Vernos en una sala de juntas compitiendo por millones era una cosa; que me viera postrada en una cama de clínica, despeinada, pálida y vulnerable, era una humillación insoportable.
—¿Qué haces aquí? —mi voz sonó áspera, rasposa, carente de la autoridad que solía proyectar.
—Salvándote la vida, aparentemente —contestó reclinándose hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. Su mirada no tenía rastro de la burla habitual; había algo denso y oscuro en sus ojos que no logré descifrar—. Te desmayaste en el estacionamiento de los Castañeda. Tu asistente no estaba cerca, así que no me quedó más remedio que cargarte, subirte a mi auto y traerte a urgencias.
Vergüenza. Una ira ardiente y sofocante me corrió por las venas. La imagen de Sebastián Alarcón llevándome en brazos por la guardia de un hospital me provocaba náuseas.
—Nadie te pidió que te convirtieras en un héroe, Alarcón —espeté, tratando de ponerme firme sobre la cama a pesar de que el dolor me devoraba por dentro—. Agradezco el transporte, pero ya puedes retirarte. No necesito tu lástima. Ni la tuya ni la de nadie.
Sebastián apretó los dientes. Vi cómo la mandíbula se le tensaba con fuerza antes de ponerse de pie con esa presencia física que parecía llenar toda la habitación. Dio dos pasos hacia la cama, recortando la distancia con una intensidad amenazante.
—¿Lástima? —repitió con una sonrisa amarga—. Eres tan jodidamente orgullosa que prefieres morirte a admitir que eres humana, Victoria. No te traje aquí por lástima. Te traje porque no voy a dejar que mi única competencia real caiga desplomada frente a mí sin dar pelea.
—¡Pues ya me ves, sigo viva! —le grité, sintiendo que los ojos me ardían por la rabia—. Así que hazte un favor, regresa a tu oficina y prepárate para perder el contrato de Onetto, porque no voy a cederte ni un solo milímetro por este contratiempo ridículo.
Sebastián me sostuvo la mirada durante varios segundos en un silencio absoluto y tenso. La electricidad entre los dos se podía cortar con un bisturí. Por un segundo, creí ver una chispa de preocupación genuina en su rostro, pero la enmascaró de inmediato con su habitual frialdad ejecutiva.
—Eres insoportable, Valenzuela —dijo en un susurro áspero—. Pero descuida, no pienso regalarte nada. Nos vemos en la gala de los Castañeda. Si es que logras salir de aquí con vida.
Tomó su chaqueta del sillón, me dedicó una última mirada indescifrable y salió de la habitación dando un portazo que hizo retumbar las paredes.
En cuanto la puerta se cerró, me dejé caer de espaldas contra la almohada, cerrando los ojos con fuerza. El pecho me subía y bajaba agitadamente. Me quemaba la rabia. Por dentro, me estaba muriendo de la vergüenza, aterrorizada de que me hubiera visto así: frágil, rota, sin el control absoluto que había tardado diez años en construir.
Un par de minutos después, la puerta volvió a abrirse. Esta vez entró un médico de mediana edad, con el cabello canoso y una tabla de expediente en las manos, acompañado por Adriana, quien tenía los ojos rojos de haber estado llorando.
—Señorita Valenzuela, soy el doctor Rivas —se presentó el médico con un tono grave que no me gustó nada—. Me alegra ver que ha recobrado el conocimiento. Su asistente me ha estado contando sobre los episodios de dolor que ha tenido últimamente.
—Es solo una gastritis severa, doctor —interrumpí rápidamente, queriendo acortar el trámite—. El estrés de trabajo, nada más. Por favor, aplíqueme un analgésico fuerte y deme el alta. Tengo una agenda apretada y no puedo perder el tiempo.
El doctor Rivas ni siquiera parpadeó ante mi tono exigente. Mantuvo su postura sobria y revisó la hoja de su expediente.
—La gastritis no causa desmayos por dolor agudo ni la palidez que usted presenta, señorita Valenzuela. Los análisis de sangre preliminares que le tomamos al ingresar muestran valores bastante descompensados. Necesitamos realizarle una ecografía abdominal y una tomografía computarizada de manera urgente.
—¿Una tomografía? —preguntó Adriana con la voz temblorosa.
—Es para descartar cualquier anomalía en la cavidad abdominal —explicó el médico mirando fijamente a Victoria—. Le administraremos un analgésico por la vía intravenosa para controlar el dolor inmediato, pero debe quedarse hospitalizada al menos hasta mañana para que los especialistas revisen los resultados de los estudios.
—De ninguna manera —dije tajante, intentando quitarme la sábana de encima—. No me voy a quedar enclaustrada en estas cuatro paredes. Tengo una empresa que dirigir y compromisos insustituibles. Le acepto los exámenes, los hago ahora mismo si es necesario, pero me voy a mi casa hoy.
—Victoria, por favor, escucha al médico... —suplicó Adriana al borde del llanto.
—Adriana, cállate —la corté sin mirarla, fija en los ojos del doctor—. Hágame los estudios. Me quedaré solo el tiempo que tome pasarme la medicación para el dolor y hacerme los análisis. Después de eso, firmaré el alta voluntaria si es necesario.
El doctor Rivas suspiró, reflejando en su rostro la frustración de quien lidia con pacientes obstinados.
—Es una imprudencia grave, señorita Valenzuela. Pero no puedo obligarla a quedarse amarrada a la cama. Prepararé la orden para las imágenes inmediatamente. Pero le advierto: esto no es algo que pueda solucionar simplemente ignorándolo.
Cuando el médico salió de la habitación, Adriana se acercó a la cama con los puños apretados.
—¿Por qué eres así? —me reprochó con amargura—. ¡Casi te mueres en el estacionamiento! Si el señor Alarcón no hubiera estado ahí...
—No nombres a ese hombre —la interrumpí con frialdad, aunque el dolor en el estómago empezaba a ceder gracias al medicamento que comenzaba a entrar por las venas—. No necesito que me cuides como a una niña, Adriana. Haz tu trabajo. Cancela las citas de la tarde, reprograma la reunión con los auditores para mañana temprano y asegúrate de que mi madre reciba la transferencia para los vestidos.
Adriana me miró con una mezcla de pena y resignación. Sabía que no había forma de ganarle una discusión a la mujer que había reconstruido un imperio desde las ruinas.
—Está bien, Victoria. Haré las llamadas —suspiró.
Me quedé sola mientras el analgésico empezaba a adormecerme el cuerpo. Recliné la cabeza, mirando el techo blanco. Por primera vez en diez años, el silencio de la habitación me pesó en el pecho como una loza de cemento. La arrogancia de Sebastián, la insensibilidad de mi familia y el latido constante del dolor en mi vientre se mezclaron en una tormenta silenciosa. Sabía que estaba jugando con fuego, pero en mi mente solo había una regla: la debilidad no era una opción.