A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 17: YA CASI NI TE RECONOZCO
La primera "vuelta" que Mila hizo para don Efraín fue tan simple que, durante un momento, sintió que toda la ansiedad acumulada los días anteriores había sido exagerada: llevar un sobre cerrado desde la casa del patrón hasta una tienda en la parte baja de la loma, entregarlo a un hombre que la esperaba sin hacer preguntas, y volver. Veinte minutos, ida y vuelta, por los que recibió, al final del día, más plata de la que había ganado en dos semanas enteras vendiendo empanadas.
—Así empieza siempre —le explicó Nail esa noche, durante el entrenamiento, con un tono que mezclaba orgullo profesional y una advertencia velada—. Cosas simples, para que uno vaya perdiendo el miedo. Después las vueltas se van poniendo más pesadas, casi sin que uno se dé cuenta del momento exacto en que cruzó una línea.
—¿Usted también empezó así?
—Todos empezamos así, Mila. Nadie llega a este mundo cargando un arma desde el primer día.
Mila hizo cuatro mensajerías más esa semana, cada una un poco más compleja que la anterior, cada una dejándole una plata que, sumada, le permitió por fin pagarle a don Aurelio lo atrasado del arriendo, comprar los remedios de doña Nelly sin tener que racionarlos, y guardar un poco en la lata detrás del ladrillo por primera vez desde la muerte de Yeison. La sensación de alivio económico era real, palpable, y Mila no podía negar, aunque la incomodara reconocerlo, que ese alivio traía consigo una satisfacción que se parecía peligrosamente al orgullo.
Fue precisamente ese cambio —la ropa nueva que se pudo comprar, aunque sencilla; la manera más segura en que caminaba por el barrio; los comentarios de algunos vecinos notando que "a la Sarmiento le está yendo mejor"— lo que finalmente hizo estallar la tensión que llevaba semanas creciendo entre ella y Yesenia.
Se encontraron un sábado en la tienda de Katiuska, ambas comprando al mismo tiempo, en un cruce que ninguna de las dos había planeado pero que tampoco pudieron evitar.
—Con que ahora andas trabajando para la gente de Efraín Roldán —dijo Yesenia, sin preámbulo, con una voz que no intentaba disimular la acusación que llevaba dentro.
Mila sintió que el estómago se le apretaba. No sabía cómo Yesenia se había enterado —el barrio, con todos sus ojos y oídos, no perdonaba secretos por mucho tiempo— pero la confirmación de que ya no era un rumor sino un hecho conocido la dejó, por un momento, sin palabras.
—Yesenia...
—No me digas que no es cierto. Mi tío te vio entregando algo en la tienda de don Rogelio. Sabemos todos lo que significa eso.
—Necesitaba la plata. Mi mamá...
—Todos necesitamos plata, Mila. —La voz de Yesenia subió un poco de tono, atrayendo miradas discretas de otros clientes en la tienda—. Mi papá también anda sin trabajo fijo. Yo también podría ir a tocarle la puerta a esa gente. Pero no lo hago, porque sé cómo terminan las cosas cuando uno se mete ahí. ¿O ya se te olvidó cómo terminó tu propio hermano?
La mención de Yeison, usada de esa manera, como argumento en una discusión, golpeó a Mila con una fuerza que no esperaba, una mezcla de dolor y una rabia repentina que sintió subirle por el pecho con una velocidad que la asustó a ella misma.
—No te atrevas a usar a mi hermano para esto.
—¿Por qué no? Si es literalmente lo que está pasando. Estás corriendo directo hacia lo mismo que lo mató, Mila. ¿No te das cuenta?
—Me estoy defendiendo. Aprendiendo a que nadie más de mi familia termine como él.
—¿Defendiéndote? —Yesenia soltó una risa corta, amarga, que no tenía nada de humor genuino—. Llevando sobres para el mismo tipo de gente que probablemente ordenó que lo mataran. Eso no es defenderse, Mila. Eso es volverte parte del problema.
Las palabras de Yesenia, aunque dichas con enojo, aunque injustas en su simplificación de una situación que Mila sabía era mucho más compleja, tenían un núcleo de verdad que le dolió reconocer: la posibilidad, todavía remota pero real, de que la organización a la que ahora pertenecía tuviera alguna relación, directa o indirecta, con la muerte de Yeison. Era una posibilidad que Mila había mantenido cuidadosamente enterrada en algún rincón de su mente, prefiriendo no examinarla demasiado de cerca.
—No sabes de lo que hablas —dijo, con una voz que sonó más defensiva de lo que hubiera querido.
—Sé que ya casi no te reconozco. Sé que hace meses que me evitas, que me mientes sobre dónde andas, que caminas distinto, que hasta hablas distinto. Sé que la Mila que yo conocía, la que se sentaba conmigo bajo el árbol a soñar con salir de esta loma algún día, ya no está. Y no sé quién eres ahora, pero me da miedo.
El silencio que siguió se sintió como un abismo entre las dos, algo que ninguna de las dos había buscado activamente pero que ya no había forma de negar. Katiuska, detrás del mostrador, había dejado de fingir que no escuchaba, con una expresión de tristeza contenida que sugería que ella también veía, con la claridad de quien observa el barrio entero desde ese mismo toldo azul todos los días, hacia dónde iba esa historia.
—No te estoy pidiendo que entiendas —dijo finalmente Mila, con una voz que había perdido la firmeza inicial, dejando ver, apenas, el cansancio y el dolor que llevaba cargando desde hacía meses—. Solo te estoy pidiendo que no me juzgues sin saber lo que es perder a la única persona que te cuidaba en el mundo, y después ver cómo nadie hace nada al respecto.
—Yo no te estoy juzgando por estar triste, Mila. Te estoy juzgando por las decisiones que estás tomando con esa tristeza.
No había respuesta buena para eso, y ambas lo sabían. Mila pagó lo que había ido a comprar, con las manos temblándole apenas un poco, y salió de la tienda sin despedirse, sintiendo la mirada de Yesenia clavada en la espalda todo el trayecto hasta que dobló la esquina y ya no pudo verla más.
Caminó a casa con una sensación pesada instalándose en el pecho, distinta a cualquier otra que hubiera sentido en esos meses de entrenamiento y dolor y decisiones difíciles: la certeza fría de que acababa de perder, o de estar perdiendo irremediablemente, a la última persona del barrio que la conocía desde antes de que todo esto empezara. La última persona capaz de recordarle, con solo mirarla, quién había sido Mila Sarmiento antes de convertirse en lo que fuera que se estaba convirtiendo ahora.
Pensó en la advertencia de Nail, semanas atrás, en el terreno baldío: "Guarde a alguien afuera. Alguien que le recuerde quién era antes." En ese momento, esas palabras le habían sonado como un consejo sabio, prudente, fácil de seguir con un poco de esfuerzo.
Esa tarde, caminando sola hacia su casa después de perder, quizás para siempre, a su mejor amiga, Mila entendió, con un dolor que se le clavó más hondo que cualquier otra pérdida reciente, lo difícil —quizás lo imposible— que iba a ser cumplir esa promesa.