La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 10: El Comandante de la Frontera
El viento de la frontera aullaba como una bestia herida, cortante y helado, arrastrando consigo el polvo de la estepa y el eco de guerras que no terminaban nunca. Allí, donde el imperio se acababa y la tierra se tornaba gris y salvaje, la guerra no era un evento: era un estado de existencia, un latido constante bajo el suelo, un recordatorio de que la paz que el emperador había proclamado tras la Batalla de los Reyes Caídos era frágil, tan frágil como el hielo sobre un río en invierno. Aquella victoria, lograda con sangre y fuego, había unificado las tierras bajo un solo estandarte, había traído prosperidad a las ciudades del sur y orden a las lejanas provincias… pero el tiempo había pasado, y con él, la voluntad de mantener aquella paz se había corrompido. El nuevo emperador no era el conquistador sabio que unió el reino; era un hombre codicioso, insaciable, que miraba más allá de las fronteras con ojos de hambre, y cada día sus tropas avanzaban un poco más, cada día sus exigencias crecían, y la sombra de una nueva guerra se cernía sobre el mundo, oscura y pesada como una tormenta que no terminaba de estallar.
Dentro de la carpa de mando, el aire estaba cargado del olor a cera derretida, tinta seca y cuero viejo. El archiduque Aleric Duskbringer estaba de pie sobre los mapas extendidos sobre una mesa de madera tosca, con las manos apoyadas en los bordes, la mirada fija en las líneas que marcaban ríos, montañas y puestos de vigilancia. No era un hombre que se dejara llevar por la incertidumbre; cada movimiento de las tropas enemigas, cada cambio en los patrullajes, cada rastro de carros de suministros era anotado, medido, pesado. Sabía que la guerra no se ganaba con espadas únicamente, sino con la capacidad de ver lo que otros no veían, de anticipar lo que otros ignoraban. Y ahora, algo se movía en la oscuridad del territorio enemigo, algo que no era un simple desplazamiento de rutina.
—Si concentran fuerzas en el paso del Cuerno —murmuró para sí mismo, trazando una línea con el dedo largo y firme—, no será para una incursión. Será para una invasión. Y si cruzan antes de que caiga la nieve… no tendremos tiempo de fortificar.
Levantó la vista cuando la lona de la entrada se apartó con un crujido, y un caballero de armadura de oro pulido entró, con paso rígido y reverencia medida. El brillo del metal parecía fuera de lugar en aquel lugar de barro y acero oscuro, un adorno en medio de la crudeza de la frontera.
—Alteza —dijo el caballero, con voz clara y respetuosa—. El Segundo Príncipe ha llegado. Desea veros.
Aleric suspiró, un sonido bajo y gutural, que denotaba un cansancio que no era del cuerpo, sino del espíritu. Cerró los ojos un instante, y al abrirlos, su mirada violeta, intensa y rasgada como la de un depredador, se posó en el caballero con una frialdad que hizo que el hombre contuviera el aliento.
—Que entre —dijo, breve y cortante—. Y dejadnos solos.
El caballero se retiró, y un instante después, entró él. El Segundo Príncipe, Lucian, hermano menor del heredero al trono, irrumpió en la carpa como un rayo de sol en una cueva: ruidoso, brillante, completamente fuera de lugar. Vestía una túnica de seda azul bordada en plata, sin una sola mancha, sin una sola arruga, y su cabello castaño estaba peinado con una perfección que parecía imposible de lograr en medio del campamento. Sonreía, una sonrisa abierta y alegre, como si estuviera entrando en un salón de baile y no en el cuartel general de la frontera más peligrosa del imperio.
—¡Aleric! —exclamó, extendiendo ambas manos como si fuera a abrazarlo, aunque se detuvo a un paso, respetando una distancia que el archiduque jamás había pedido pero que todos aprendían a mantener—. ¡Por fin te encuentro! Llevo tres días buscándote por todo el campamento. Es increíble lo enorme que es esto. Y qué frío hace aquí arriba. ¿Cómo puedes soportarlo?
Aleric no respondió de inmediato. Se giró lentamente hacia él, sin sentarse, sin ofrecerle asiento, con la postura erguida y altiva que lo hacía parecer más alto de lo que era, una presencia que llenaba la carpa entera con solo estar de pie. Su cabellera blanca y plateada caía en mechones desordenados sobre su frente, y bajo la luz de las velas parecía brillar con un resplandor propio, fantasmal y noble a la vez. Sus ojos violeta, profundos y escrutadores, recorrieron al príncipe de arriba abajo, sin admiración, sin calidez, solo con una evaluación fría y precisa.
—Príncipe —dijo, y su voz era grave, profunda, con un tono que no invitaba a la conversación—. Se supone que debéis estar en la capital. No aquí. ¿Qué hacéis en mi campamento?
Lucian se encogió de hombros con una sonrisa traviesa, caminando sin prisa alrededor de la mesa de mapas, mirando los dibujos y anotaciones sin el menor interés.
—¡Vaya, qué recibimiento! —se quejó con tono ligero—. Pensé que te alegrarías de verme. Nadie más te habla con sinceridad, ¿sabes? Todos te temen. Y es comprensible, con esa mirada que tienes… pareces a punto de ordenar una ejecución cada vez que alguien respira demasiado fuerte. Pero no, no te escapes del tema. Vine por mi padre. El Emperador me envió.
—¿Y la orden es? —preguntó Aleric, sin rodeos, sin perder tiempo en cortesías que no sentía.
Lucian se detuvo, y por un instante, su expresión alegre se suavizó, volviéndose más seria, más medida.
—Retirar las tropas —dijo simplemente—. Orden imperial. Desplazar el campamento hacia el sur, a las llanuras de Valia. No se mantendrá la posición aquí.
Aleric frunció el ceño, y dio un paso hacia él, con la mandíbula apretada, la autoridad de su rango chocando contra la voluntad del trono.
—¿Retirar? —repitió, con voz baja y peligrosa—. Eso es una locura. Si retrocedemos ahora, abrimos el paso al valle. En menos de una luna, ellos estarán en las puertas de las provincias centrales. ¿Qué sentido tiene? ¿El Emperador comprende lo que está firmando?
—Lo comprende —respondió Lucian, sin apartar la mirada, manteniéndose firme a pesar de la intensidad que emanaba el archiduque—. Pero también comprende que no estamos listos para una guerra total. Aún no. Este… es un plan, Aleric. Una retirada estratégica para consolidar fuerzas. Mi padre ha ideado algo nuevo, algo que cambiará el equilibrio de poder en la frontera. Y para que funcione… necesitamos que estés tú al mando de las tropas de reserva. No aquí, expuesto al primer choque. Allí, donde tu estrategia valdrá más que tu espada.
Aleric se quedó en silencio, procesando las palabras, buscando la trampa, el engaño, la política sucia que siempre se escondía tras las órdenes del palacio. No confiaba en la corte, no confiaba en el trono, y mucho menos confiaba en aquel hombre que tenía delante, con su sonrisa fácil y sus modales de salón. Pero la orden era clara, y por primera vez en mucho tiempo, no era una orden que lo marginara: era una que lo colocaba en el centro del tablero.
—Así que me retira del frente para ponerme a organizar desde la retaguardia —murmuró, sin ocultar su desdén, pero reconociendo la lógica fría detrás de la decisión—. Es una pérdida de tiempo, pero… si es lo que el Emperador ordena, lo haré. ¿Cuándo debo partir?
—Inmediatamente —respondió Lucian, y entonces su sonrisa regresó, más brillante que antes, como si el asunto estuviera zanjado y pudieran pasar a cosas más agradables—. Y lo mejor de todo: tendrás unos días de descanso antes de asumir el nuevo mando. Tiempo para volver a casa. Tiempo para… conocer a tu esposa.
Aleric se giró hacia él con rapidez, y la mirada violeta se oscureció, tornándose casi negra, una advertencia clara de que estaba cruzando una línea que no debía cruzar.
—Eso no es asunto tuyo —dijo, con voz cortante—. Ni de nadie. El matrimonio fue un trato. Un acuerdo político. No hay nada que conocer. No hay nada que decir.
—¡Vamos, Aleric! —se rio Lucian, sin amedrentarse, inclinándose hacia la mesa con los codos apoyados, como si estuvieran hablando de caballos o de caza—. No seas así. Sé que no fuiste a la ceremonia. Sé que enviaste a un representante con una espada en lugar de tu persona. Todo el palacio habló de ello. “El archiduque prefiere la guerra antes que mirar el rostro de su esposa”. Fue la comidilla de la semana. Pero debes saber quién es, al menos. Es la hija olvidada del duque Emberfall, ¿no? La que nadie quería. La que vivía en un rincón del castillo sin que nadie la viera. Dicen que es hermosa, aunque nadie lo esperaba. Dicen que tiene cabello de oro y ojos que parecen contener toda la tristeza del mundo. Una lástima, en cierto modo. Una mujer así, casada con un hombre que ni siquiera se molesta en verla.
—No me interesa lo que digan —lo cortó Aleric, con frialdad absoluta—. No me interesa su belleza, ni su tristeza, ni su historia. Es un trato. Ella lleva mi nombre, y yo le doy protección y estatus. No necesito saber nada más. Y no quiero que vuelvas a mencionar este tema. ¿Quedó claro?
Lucian levantó ambas manos en gesto de rendición, aunque sus ojos brillaban con diversión, como si estuviera disfrutando de la reacción del archiduque más de lo que debía.
—Claro, claro. Tú mandas en lo tuyo. Solo te digo que la luna de miel está en curso, según los términos del contrato. Y que tu nueva esposa ya está en Duskbringer, esperándote. Así que si partes hoy, llegarás antes de que termine la semana. Y entonces… tendrás que verla. No puedes evitarlo para siempre, Aleric. Algún día tendrás que cruzar la puerta de tus propios aposentos y mirarla a los ojos.
Aleric no respondió. Se giró de nuevo hacia los mapas, dando la espalda al príncipe, dejando claro que la conversación había terminado. Pero las palabras de Lucian quedaron flotando en el aire, pesadas e incómodas. La hija olvidada. La que nadie quería. Sabía quién era, por supuesto. Había leído los informes. Sabía que era la hija menor del duque, la que había sido ignorada toda su vida, la que su propia familia había dado sin dudarlo cuando él pidió una esposa de sangre noble pero sin influencia política. Era la elección perfecta: no tenía aliados, no tenía ambiciones, no tenía poder que pudiera interferir en su trabajo. Sería una esposa decorativa, callada, que cumpliría con su deber y no le estorbaría. Eso era todo lo que necesitaba. Eso era todo lo que quería.
—Me iré al amanecer —dijo sin girarse, su voz plana y definitiva—. Dile al Emperador que cumpliré con mi deber. Y ahora… dejadme. Tengo que organizar la retirada.
Lucian asintió, comprendiendo que la audiencia había terminado. Se encaminó hacia la salida, pero antes de levantar la lona, se detuvo y miró la espalda ancha y firme del archiduque, la figura imponente que todos temían y que nadie conocía de verdad.
—Eres un hombre extraño, Aleric Duskbringer —dijo suavemente, sin burla, con una sinceridad que sorprendió al propio archiduque—. Tienes el corazón de un poeta y la mano de un verdugo. Y algún día… esa mujer lo verá. Y entonces ya no podrás esconderte.
Salió antes de que Aleric pudiera responder, dejándolo solo en la penumbra de la carpa, con el sonido del viento afuera y el peso de aquellas palabras en el pecho. Aleric cerró los ojos y apoyó las manos en la mesa, sintiendo el frío de la madera bajo sus palmas. La hija olvidada. Harriette. El nombre le sonaba ajeno, extraño, como algo que no le pertenecía. Y sin embargo, pronto sería suya. Pronto viviría bajo su techo, llevaría su apellido, compartiría su vida. No la amaba, no la conocía, y no tenía intención de hacerlo. Pero algo en las palabras del príncipe, algo en esa frase la que nadie quería, le resonó en el pecho de una manera que no quiso reconocer.
—Que sea bienvenida —murmuró a la oscuridad, con voz amarga y fría—. Mientras no estorbe. Mientras no exija nada. Que venga. Pero que no espere amor. No tengo para darlo. Y nunca lo he tenido.
Afuera, el viento soplaba con más fuerza que nunca, y en el horizonte, donde las montañas se fundían con el cielo, se veía el primer destello de nieve cayendo. El invierno llegaba, y con él, el regreso. A Duskbringer. A ella. A una vida que no había elegido, pero que estaba obligado a vivir. Y cuando alzó la vista hacia el norte, hacia las tierras que llevaban su nombre, no sintió ilusión ni deseo. Solo sintió la certeza fría de que su destino, y el de aquella mujer que esperaba en su castillo, estaban entrelazados de una manera que ninguno de los dos podía aún comprender.