Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 17: El latido que calmó la tormenta
El peso de la bestia sobre su pecho era aplastante. Cada bocanada de aire se convirtió en una victoria amarga para Luna, que sentía las costillas crujir bajo el dominio absoluto de las patas del lobo.
A milímetros de su piel, las fauces goteaban una saliva tibia y metálica. El tufo a sangre, hierro y pelaje húmedo la envolvía por completo, creando un microcosmos de peligro puro en el que cualquier pestañeo erróneo significaba la muerte.
Un ser humano ordinario habría gritado. Habría suplicado, agitado los brazos o intentado zafarse, detonando el instinto letal de caza del alfa.
Luna no hizo nada de eso.
Mantuvo el cuerpo rígido contra el suelo de piedra, obligando a sus pulmones a inhalar y exhalar con un ritmo controlado. Sus ojos oscuros, limpios de cualquier rastro de pánico, se clavaron con fijeza en los dos pozos de oro incandescente que la juzgaban desde arriba.
Mírame, exigió en su mente, manteniendo el pulso frío mientras sentía la aguja del inyector apretada inútilmente contra la palma de su mano. No soy una presa. No soy tu enemiga. Mírame a los ojos.
El lobo emitió un gruñido gutural que hizo vibrar el aire dentro del cráneo de Luna. El sonido provenía del fondo de su pecho, una advertencia primaria de un rey que no toleraba intrusos en su dominio.
El borde afilado de uno de sus colmillos le rascó el cuello, rozando la arteria carótida.
Luna ni siquiera parpadeó.
Con una lentitud calculada, sin un solo movimiento brusco que pudiera interpretarse como una amenaza, levantó la mano izquierda.
La piel de sus dedos temblaba apenas un milímetro, no por terror, sino por la fuerza física que requería mover el brazo bajo la presión del animal.
Subió la mano entre las sombras, cruzando el espacio helado que los separaba, hasta que las yemas de sus dedos tocaron el pelaje áspero y tupido del hocico del lobo.
La piel de la bestia estaba hirviendo, como si una tormenta de fuego ardiera bajo su carne.
Luna afianzó el contacto. Pasó la palma de la mano sobre el puente del hocico con una firmeza serena, sintiendo la dureza de los huesos y el temblor de los músculos faciales del animal.
—Sebastián —dijo.
Su voz no tembló. Sonó clara, grave y pausada, abriéndose paso a través del rugido sordo que llenaba el vestíbulo.
El lobo se congeló de golpe.
El gruñido se cortó en seco en su garganta. La tensión destructiva que encorvaba la espalda del animal pareció petrificarse en el aire.
La máscara de plata, retorcida y colgando de una sola correa, emitió un leve tintineo metálico al detenerse la respiración agitada de la bestia.
—Sebastián —repetiría Luna, deslizando los dedos con ternura y autoridad hacia la zona entre sus ojos—. Mírame. Soy Luna.
Los orbes dorados del animal sufrieron una contracción violenta. La pupila, una grieta salvaje y vertical, se dilató levemente.
El destello de furia ciega comenzó a fluctuar, como si al otro lado de esa mirada inhumana una conciencia aprisionada intentara emerger a la superficie.
Está ahí, comprendió Luna, sintiendo la vibración del calor del monstruo bajo su palma. El hombre no ha desaparecido. Está luchando por el control.
El lobo no cerró las mandíbulas. Tampoco se retiró.
En lugar de morderla, la bestia inclinó la enorme cabeza unos centímetros. Las fosas nasales del animal se dilataron con una fuerza desmedida, aspirando el aire que rodeaba el cuello y el rostro de Luna. Un soplo de aire ardiente le golpeó la piel, seguido por un rastreo minucioso y obsesivo.
El hocico húmedo se desplazó desde la mandíbula de Luna hasta la curva de su garganta, oliendo la piel con una avidez salvaje.
Luna contuvo el aliento cuando la bestia apoyó la frente pesada contra el espacio entre su cuello y su hombro.
El lobo comenzó a frotar su rostro de forma brusca contra ella, marcándola deliberadamente con el olor que emanaba de las glándulas de su mandíbula.
Era un acto de posesión instintivo, un reclamo territorial que impregnó la ropa y la piel de Luna con ese aroma inconfundible a pino silvestre, ozono y calor de alfa.
—Eso es... —murmuró Luna, dejando que la mano se deslizara por la nuca del animal, enredando los dedos en el pelaje grueso y pesado—. Recupera el control.
El animal emitió un gemido bajo, profundo y cansado, muy lejano al rugido de masacre de hacía unos instantes.
La respiración del lobo se volvió irregular, entrecortada por espasmos musculares masivos. El peso sobre el pecho de Luna aumentó bruscamente cuando el cuerpo de la bestia perdió el tono muscular de combate.
La temperatura de su piel subió a niveles alarmantes mientras un vapor denso comenzaba a emanar de sus poros.
El desgaste biológico de la transformación y la batalla interna por no destruirla consumieron las últimas reservas de la criatura.
Los ojos dorados perdieron su brillo incandescente, volviéndose opacos. El lobo soltó un último exhalo pesado contra el cuello de Luna y, sin aviso, colapsó por completo hacia un lado.
La enorme mole cayó sobre el suelo de piedra con un golpe seco que hizo resonar los restos de las estructuras de titanio.
Luna se incorporó con dificultad, apoyando las manos sobre el mármol frío para recuperar el aire que le había sido negado. Sus pulmones ardían y el pecho le dolía por la presión, pero no perdió el tiempo. Se acomodó de rodillas al lado del cuerpo inerte de la criatura.
El pelaje negro del lobo comenzaba a retorcerse de forma inquietante. Bajo la piel, los huesos y las articulaciones crujían con chasquidos secos, iniciando el lento y doloroso proceso de reversión a la forma humana.
Luna miró el inyector de sedante que aún sostenía en su mano derecha. Luego observó la figura abatida del hombre que yacía a sus pies, desnudo ante el agotamiento de su propia naturaleza.
No necesitaste el químico, pensó, guardando la aguja de titanio en el bolsillo mientras pasaba la mano por la frente sudorosa del alfa. Tu propia voluntad te detuvo.
Ajustó el abrigo sobre su cuerpo, consciente de que el aroma denso y posesivo de Sebastián había quedado grabado en cada poro de su piel.
Se sentó sobre el suelo de piedra, esperando el primer rayo de sol del amanecer, velando el sueño del monstruo que había decidido no devorarla.
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada