A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 11
—Puedes irte, hijo, la vamos a cuidar muy bien. —Esas palabras me daban escalofríos. Tenía miedo de que estuvieran siendo amables delante de Sócrates para después tratarme como siempre me trataron.
—¿Vas a estar bien? —Confieso que su pregunta me tomó por sorpresa; es raro tener a alguien que se preocupa, o que al menos finge preocuparse por mí.
—Puedes irte, tienes cosas que resolver, voy a estar bien. —Forcé en la voz una convicción que nada tenía que ver con cómo me sentía en realidad. Solo quería que fuera a resolver sus asuntos sin preocuparse por mí, entre otras cosas porque todavía no entendía su verdadera preocupación por mí. Y después de que dijo que no volvería a trabajar en aquella cafetería, me sentí aún más insegura, porque si mi padre ya me hacía todo aquello dándole yo el dinero, ¿qué podían hacerme sin que les diera ningún rédito económico?
—Cuídense, y cualquier cosa me llaman. —dijo saliendo—. Ah, y mamá, cómprale a Joana un celular nuevo. —Abrí mucho los ojos.
—No hace falta.
—Claro que hace falta; si quiero hablar con mi prometida, necesitas tener un celular para contestarme. —Me quedé mirándolo, tratando de asimilar lo que dijo, pero él pareció no darle importancia y se fue; solo que no tardó en volver, acercándose a mí.
—Casi me olvido de esto. —dijo dándome un besito que me tomó completamente por sorpresa y me hizo abrir tanto los ojos que estoy segura de que, si no los tuviera bien sujetos, se me habrían salido y caído en ese piso impecablemente limpio—. Cuídense, chicas, las quiero.
Yo seguía completamente atónita, pero, gracias al cielo, Giordana empezó a hablar, sacándome del trance y devolviéndome a la realidad.
—Come un poco más, querida, y después arréglate; podemos ir al centro comercial, pasear un rato y luego almorzar en un restaurante que me encanta. Después podemos pasar por algunas tiendas que estoy segura de que te van a encantar.
—Gracias, señora, pero…
—Nada de señora, que no soy vieja; por favor, háblame de tú. —dijo cortándome.
—Y a mí ni me mires; si ella no es vieja, yo mucho menos. —dijo doña Isabel, muy pagada de sí misma, arrancándome una risa.
—Está bien. —respondí riendo, pero enseguida me puse seria otra vez.
—¿Qué pasa, querida? ¿Qué te aflige? —preguntaba Giordana, preocupada, mientras se sentaba a mi lado en la mesa.
—Es que no tengo dinero para esos paseos. —dije avergonzada.
—Tonterías, vas a casarte con mi hijo, así que todo lo que es de él también es tuyo. —Abrí mucho los ojos.
—No creo que sea apropiado, y además todavía ni nos hemos casado.
—Exactamente, y por eso también tenemos que conseguir tu vestido de novia. Un hermoso vestido blanco.
—No. —respondí demasiado rápido.
—¿No quieres un vestido de novia?
¿Cómo decirle que no quiero un vestido blanco, porque el blanco es el color de la pureza y yo ya no soy pura?
—Está bien, nos arreglamos y salimos solo a echar un vistazo; si no encuentras nada que te guste, buscamos más mañana. No hace falta apurarse. —dijo doña Isabel, lo que me dejó más aliviada; así tengo tiempo de intentar llegar a alguna solución para todo este desastre.
—Voy a subir a arreglarme; quédate cómoda aquí y cuando termines alístate para salir. —dijo Giordana, muy animada.
—Yo también voy a alistarme para salir con ustedes. Sería lindo que Beatriz viniera también, pero ¿quién sabe dónde está esa muchacha? Desde que a Sócrates se le ocurrió dejarla participar más activamente en los negocios, anda imposible. Francamente, no sé cómo mi hijo lo permite.
—Doña Isabel, ya hablamos de esto; Marcos no quiere encerrar a Beatriz, y menos ahora que la boda está por celebrarse. Quiere que esté tranquila cuando llegue el momento; al fin y al cabo, el cerco se está cerrando y pronto Beatriz ya no tendrá cómo escapar de esto.
Me quedé escuchando en silencio; al parecer, la hermana de Sócrates también es víctima de un matrimonio arreglado. Siempre supe que eso es muy común en la mafia, pero como parecen una familia muy buena, pensé que aquí no sería el caso; por lo visto, me equivocaba.
—Bueno, eso no importa ahora, lo que de verdad quiero saber es dónde está.