Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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Una carta desde Valenne
La mañana comenzó con un golpe en la puerta.
Isolde apenas había conseguido terminar de vestirse cuando Mara entró en la habitación con una expresión que le borró de inmediato cualquier intención de quejarse por la hora.
—¿Qué ocurrió?
—Llegó un mensajero desde Valenne.
Isolde se volvió hacia ella.
—¿De mi consejo?
—No lo sé. El hombre pidió entregarte la carta personalmente y se negó a dársela a cualquier otra persona.
La princesa extendió la mano.
El sobre llevaba el sello de la casa Valenne, aunque la cera estaba agrietada en uno de los bordes.
Reconoció la marca de inmediato: una corona rodeada por tres estrellas, el emblema que su padre había utilizado durante todo su reinado.
Por un instante, dejó de escuchar el ruido de la habitación.
Ese sello había estado en cientos de cartas que su padre le enviaba cuando ella viajaba a las propiedades del norte.
También había cerrado las últimas órdenes que Adrian firmó antes de partir hacia la frontera.
Isolde tragó saliva.
—Déjame sola, por favor.
Mara no discutió.
Se acercó y le apretó el hombro antes de salir.
Isolde rompió el sello.
Dentro encontró una sola hoja, escrita con una letra que conocía demasiado bien.
Era de Lucien, su primo.
Isolde:
Sé que no debería molestarte durante estos días, pero hay asuntos que no pueden esperar. Desde tu partida, algunos miembros del consejo han comenzado a reunirse a puerta cerrada. Beaumont no está entre ellos, pero varios de sus aliados sí.
Anoche encontré documentos relacionados con los últimos movimientos de tu padre. No puedo explicarlo por carta. Debes regresar cuanto antes, antes de que esos papeles desaparezcan.
No confíes en nadie hasta que hablemos.
Lucien.
Isolde leyó la carta una segunda vez.
Después, una tercera.
No había saludo afectuoso, ni una palabra sobre la muerte de su padre y sus hermanos.
Lucien siempre había sido reservado, pero aquella frialdad le resultó extraña.
Lo que más la inquietó fue la advertencia.
No confíes en nadie.
Sus dedos buscaron el colgante de plata.
—¿Qué está pasando en casa? —susurró.
La respuesta no llegó.
Solo el silencio de una habitación que no le pertenecía y el peso de una corona que todavía no llevaba sobre la cabeza.
Isolde dobló la carta y la guardó en el bolsillo de su vestido.
No podía marcharse sin avisar.
Tampoco podía ignorar lo que acababa de leer.
Y, por mucho que le molestara admitirlo, había una persona con la que debía hablar antes de tomar una decisión.
Kael.
......................
El rey estaba desayunando cuando Isolde irrumpió en el comedor.
Dos consejeros levantaron la cabeza.
Rowan, sentado a su derecha, dejó de hablar a mitad de una frase.
Kael no pareció sorprendido por su llegada.
—Princesa. Veo que ha decidido saltarse las formalidades esta mañana.
—Necesito hablar con usted.
El rey dejó la copa sobre la mesa.
—¿Es urgente?
—Sí.
Kael observó su rostro.
La ironía habitual había desaparecido de sus ojos verdes.
Parecía preocupada, aunque se esforzaba por ocultarlo.
—Déjennos solos —ordenó.
Los consejeros se levantaron.
Rowan recogió unos documentos, pero antes de marcharse miró a Isolde con discreción, como si hubiera comprendido que algo no iba bien.
Cuando la puerta se cerró, Kael señaló la silla frente a él.
—¿Qué ocurrió?
Isolde sacó la carta.
—Llegó esta mañana desde Valenne. Mi primo afirma que algunos miembros del consejo están reuniéndose en secreto y que encontró documentos relacionados con los últimos movimientos de mi padre.
Kael leyó la carta sin interrumpirla.
Al terminar, su expresión se endureció.
—¿Confía en su primo?
—Quiero confiar en él.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
Kael dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Qué pretende hacer?
—Regresar a Valenne.
—No.
La respuesta fue tan inmediata que Isolde tardó un segundo en reaccionar.
—¿Cómo dice?
—He dicho que no.
La princesa se puso de pie.
—No recuerdo haberle pedido permiso.
—Y yo no recuerdo haberle prometido que permitiría que se marchara sola a un reino donde alguien podría estar intentando desestabilizar su gobierno.
—Es mi reino.
—Precisamente por eso no puede permitirse actuar sin pensar.
Isolde sintió que el enojo comenzaba a desplazar el miedo.
—¿Y usted pretende decirme cómo debo gobernarlo?
Kael también se levantó.
—Pretendo evitar que cometa un error que podría costarle el trono.
—No necesito que me salve.
—No he dicho que lo necesite.
—Entonces deje de comportarse como si fuera incapaz de tomar una decisión sin su aprobación.
El silencio que siguió fue tenso.
Kael la observó, con la mandíbula apretada.
Podía ordenar que cerraran las puertas del palacio, asignarle una escolta y retrasar su partida hasta que considerara que la situación era segura.
Era lo que habría hecho con cualquier otra persona bajo su protección.
Pero Isolde no era uno de sus soldados.
Y tampoco era una mujer que aceptaría una orden solo porque la pronunciara un rey.
Kael respiró hondo.
—No irá sola. Enviaré una escolta y la acompañaré.
Isolde frunció el ceño.
—¿Usted?
—Sí.
—¿No tiene un reino que gobernar?
—Lo tengo. Y parte de mi responsabilidad consiste en asegurarme de que la alianza que estamos construyendo no se derrumbe antes de la boda.
Ella cruzó los brazos.
—Qué conmovedor. Todo por la alianza.
—No se haga ilusiones, princesa. Si fuera por su encantadora compañía, me quedaría aquí.
Isolde lo miró con incredulidad.
—No se preocupe. La compañía es mutua.
Kael casi sonrió.
Casi.
—Partiremos mañana al amanecer.
—No he aceptado que venga conmigo.
—Y yo no he aceptado que se marche sola.
—Es usted imposible.
—Me lo dicen con frecuencia.
Isolde recogió la carta.
—Quiero que quede claro algo, majestad. Si viene conmigo, no tendrá derecho a dar órdenes a mis guardias ni a mis consejeros. En Valenne, las decisiones sobre mi reino las tomaré yo.
Kael sostuvo su mirada.
—Mientras no ponga en peligro a nuestros hombres por orgullo, tendrá mi palabra.
—Y usted tendrá la mía de que no toleraré que se entrometa en asuntos que no le corresponden.
—Entonces parece que hemos llegado a otro acuerdo.
—No se acostumbre. No pienso convertir esto en una costumbre.
Isolde se dirigió hacia la puerta.
—Princesa.
Se detuvo, aunque no se volvió.
—¿Qué?
Kael señaló la carta.
—No le enseñe ese documento a nadie más hasta que sepamos quién puede estar involucrado.
Isolde giró el rostro.
—¿Incluidos sus consejeros?
—Especialmente mis consejeros.
La respuesta la sorprendió.
Por primera vez, Kael no estaba hablando de los enemigos de Valenne, sino de los suyos.
—¿Hay alguien en quien no confíe? —preguntó.
El rey se quedó callado un instante.
—En política, princesa, la confianza no es algo que se entregue. Es algo que se demuestra.
Isolde reconoció la frase.
Era casi la misma idea que ella había repetido desde su llegada.
Y, por alguna razón, escucharla de labios de Kael le resultó inquietante.
Aquella tarde, Isolde fue a los jardines para despedirse de Mara antes de preparar el viaje.
La encontró junto a una fuente, revisando una lista de vestidos y pertenencias que debían llevarse a Valenne.
—¿Vas a regresar? —preguntó Mara al verla.
—Mañana.
—¿Sola?
Isolde la miró.
—No. Kael viene conmigo.
Mara abrió mucho los ojos.
—¿El rey en persona?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que acaba de descubrir que el hombre más insoportable del continente podría estar interesado en ti.
Mara soltó una carcajada.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
—Solo me pregunto por qué un rey con tantas obligaciones decide acompañar a su futura esposa hasta su reino.
—Porque teme que alguien arruine su alianza.
Mara la observó con una sonrisa que Isolde encontró profundamente irritante.
—Por supuesto.
La princesa se sentó en el borde de la fuente.
Durante unos instantes, ninguna habló.
El agua caía suavemente entre las piedras y el viento movía las hojas de los árboles.
—Tengo miedo, Mara —confesó Isolde al fin.
Su amiga dejó la lista a un lado.
Isolde apretó el colgante entre los dedos.
—No de volver a Valenne. Ese es mi hogar. Tengo miedo de descubrir que lo que ocurrió con mi familia no fue un accidente. Que había alguien detrás de sus muertes y que yo no lo vi venir.
Mara se sentó a su lado.
—No podías saberlo.
—Debí haber prestado más atención. Debí haber preguntado más cosas.
—Eras su hija, Isolde. No su consejera ni su guardia. No era tu responsabilidad anticipar cada peligro.
La princesa cerró los ojos.
Quería creerle.
Pero cada vez que recordaba los últimos días de su familia, una pregunta volvía a atormentarla: ¿y si hubiera podido hacer algo?
Mara tomó su mano.
—No tienes que resolverlo todo hoy.
Isolde apoyó la frente contra el hombro de su amiga durante un breve instante.
Después se enderezó.
—Mañana volveré a casa. Y descubriré qué está pasando.
—Lo sé.
—Y si alguien cree que puede aprovecharse de mi dolor para arrebatarme el reino…
Isolde dejó la frase sin terminar.
No hacía falta.
Sus dedos se cerraron alrededor del colgante.
Esta vez, el gesto no fue de tristeza.
Fue una promesa.
Al caer la noche, Kael recibió un informe en sus aposentos.
Rowan lo esperaba junto a la chimenea, con un documento abierto entre las manos.
—He investigado el mensaje que llegó desde Valenne —dijo el general—. No he encontrado nada concluyente, pero hay algo extraño.
Kael dejó la pluma.
—Habla.
—Hace dos meses, un grupo de soldados de Draven recibió órdenes de vigilar ciertos movimientos cerca de la frontera. La autorización llevaba el sello del consejo.
—¿Qué tiene eso de extraño?
—Que nadie en el archivo recuerda quién solicitó la operación. El registro fue modificado después y faltan dos páginas.
Kael se quedó inmóvil.
—¿Quién tenía acceso al archivo?
—Usted, yo, lord Cedric y dos escribanos.
El nombre de su consejero quedó suspendido entre ambos.
Kael se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver las torres iluminadas del palacio y, más allá, el camino que conducía hacia Valenne.
Una operación militar sin registro completo.
Una carta que hablaba de documentos relacionados con la muerte de un rey.
Y un consejo que comenzaba a moverse en secreto.
Demasiadas coincidencias.
—No quiero que Cedric sepa que estamos investigando —ordenó.
Rowan asintió.
—¿Y la princesa?
Kael tardó un instante en responder.
—Ella debe conocer cualquier información que afecte a su familia o a su reino. No voy a ocultársela.
Rowan pareció sorprendido.
—Eso podría complicar las cosas.
—Ya están complicadas.
Kael tomó el informe y lo guardó bajo llave.
Por primera vez, el viaje a Valenne no le pareció una simple obligación política.
Alguien había movido piezas antes de que él comprendiera que existía un juego.
Y si aquella conspiración había comenzado mucho antes de la muerte de Aldric, quizá el matrimonio entre ambos reinos no fuera el principio de una alianza.
Quizá fuera la única oportunidad que les quedaba para descubrir la verdad.
A la mañana siguiente, Kael e Isolde partirían hacia Valenne.
Ninguno sabía qué encontraría al llegar.
Pero alguien, en algún lugar, ya sabía que ambos estaban a punto de acercarse demasiado a un secreto que debía permanecer enterrado.