Una mirada puede cambiarlo todo; la de él es un enigma indescifrable. Ella tiene apenas veinte años, una vida por delante y unos ojos azules llenos de inocencia. Él, diez años mayor, lleva marcada en el rostro la severidad de un pasado intransigente y en sus ojos oscuros una frialdad capaz de intimidar a cualquiera. Sus caminos no debían cruzarse, pero el destino no pide permiso. Entre el misterio de un secreto silenciado y la tensión innegable que surge cada vez que sus miradas se encuentran, ambos se verán arrastrados a un juego donde las barreras de la razón colapsan. Él intentará mantener la distancia para protegerla de sus propios demonios, pero la determinación de ella romperá cada una de sus defensas. ¿Es posible encontrar el amor en la mirada más fría? Una apasionante historia de tensión, secretos inconfesables y una atracción inevitable que te mantendrá en suspenso desde el principio.
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Ecos de pasado y contratos del presente
El aroma a café recién colado y el chasquido del cristal de dos copas de cristal cortado marcaban la pausa en el piso más alto de la Torre Rossi. Renzo permanecía de pie junto al amplio ventanal, observando la panorámica de la ciudad que se extendía bajo un cielo despejado. Ajustó el botón de su saco gris oscuro con un movimiento mecánico, mientras su mirada se perdía en la silueta lejana del puente colgante majestuoso e imponente.
A sus espaldas, sentado en uno de los sillones de cuero del despacho, Franco terminaba de revisar una lista de invitados en su tablet. Franco no solo era su socio minoritario y mano derecha en los negocios de la familia, sino el amigo de toda la vida que solía hablarle sin los rodeos ni el respeto reverencial que otros le profesaban.
—Las invitaciones de la boda ya están repartidas en su totalidad, Renzo —comentó Franco, dejando la tablet sobre la mesa de centro—. La prensa local e internacional no deja de especular sobre la fiesta. Elena está cuidando hasta el más mínimo detalle de la recepción.
Debo admitir que hacen una pareja impecable para la portada de cualquier revista de negocios.
Renzo no se giró. Se llevó la copa a los labios, dando un sorbo lento antes de responder con la voz grave y desprovista de emoción que lo caracterizaba.
—Elena sabe exactamente lo que busca con esta alianza, al igual que yo. No hay sorpresas ni falsas expectativas entre nosotros. Es un contrato con una ceremonia de por medio.
Franco soltó una risa breve, aunque no exenta de una pizca de ironía.
—Sigues siendo el mismo hombre de piedra. Pensé que con los años, o al menos ante la inminencia del matrimonio, aflojarías un poco esa coraza.
El silencio volvió a instalarse en la oficina. Renzo apretó ligeramente el cristal de la copa. A pesar de los años transcurridos y de la madurez implacable que manejaba en su día a día, la mención de la boda despertaba en el fondo de su conciencia una marea sorda de inquietud.
—A veces me pregunto... —habló Renzo, bajando la voz a un tono más denso mientras se giraba lentamente hacia su amigo—. Me pregunto si alguna vez lograste averiguar algo más de aquella noche en el hotel.
Franco frunció el ceño un instante, descolocado por el giro inesperado de la conversación, hasta que la memoria lo llevó seis años atrás, a aquella suite presidencial.
—¿Sigues pensando en eso, Renzo? —preguntó Franco con una mezcla de incredulidad y reproche suave—. Han pasado seis años. Lo que pasó esa noche fue una estupidez de nuestra parte por meterte algo en la copa para que te relajaras, sí, pero esa mujer...
—Esa mujer no era lo que ustedes pensaban —lo interrumpió Renzo con una severidad que hizo callar a Franco al instante. Sus ojos oscuros brillaron con una intensidad helada—. Nunca fue una calculadora.
Franco se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto con la mano.
—Renzo, para mí en ese momento no era nadie relevante. La agencia envió a una chica que necesitaba dinero urgente esa misma tarde, cobró lo acordado y desapareció. Ni siquiera le vi la cara en detalle porque cuando llegué a la suite la coordinación la hizo la intermediaria. Cumplió con lo suyo y se fue con el sobre. Tú mismo dijiste a la mañana siguiente que se había ido antes del amanecer. ¿Por qué le sigues dando vueltas a un fantasma cuando estás a semanas de consolidar el imperio más grande del país con los Valenzuela?
—Porque hay marcas que no se borran con contratos, Franco —sentenció Renzo, caminando hacia su escritorio para dejar la copa sobre la madera lustrada.
Sabía que era inútil intentar explicarle a Franco lo que había sentido en la fragilidad de aquella joven, en la pureza de su mirada azul o en el eco de su voz pidiéndole compasión. Para Franco y el resto del mundo, había sido una transacción superficial de una sola noche. Para Renzo, había sido el único momento en seis años donde sintió algo real antes de sepultar su corazón bajo la coraza del poder.
—Como digas —suspiró Franco, decidiendo cambiar de tema para evitar una discusión estéril—. Hablemos de lo importante hoy. Las firmas a las que les notificado la rescisión de contratos por la fusión no dejan de enviar carpetas y llamadas. Es un fastidio insoportable. Todos creen que con un “nuevo plan de negocios” o una reestructuración de tarifas van a convencernos de no migrar hacia los despachos de los Valenzuela.
—Las decisiones están tomadas —respondió Renzo con frialdad, tomando una carpeta sobre su escritorio—. Ninguna consultora externa va a hacerme perder el tiempo si la reestructuración ya está trazada.
—Bueno, prepárate, porque hoy a las dos de la tarde llega la ejecutiva de la firma de Madrid—recordó Franco, consultando el reloj de pared—. Mandaron a su “mejor recurso” para intentar salvar la cuenta corporativa. Un reporte de blindaje de riesgos o algo por el estilo. Le dije a tu secretaria que le diera veinte minutos antes de que la cortes de raíz.
Renzo ni siquiera se molestó en mirar el nombre impreso en la ficha de la reunión. Para él, se trataba simplemente de un trámite más, un obstáculo burocrático que despejaría en pocos minutos antes de continuar con la agenda de la fusión.
—Veinte minutos serán más que suficientes para dejarles claro que el Grupo Rossi no da marcha atrás —dijo Renzo con voz tajante, sentándose en su sillón ejecutivo sin sospechar que, en solo unas horas, esos veinte minutos cambiarían el curso de su vida para siempre.
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