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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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La gran audiencia y el choque de monarcas

Nos dirigimos a paso firme hacia el palacio real. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer: enfrentarlo de nuevo y esta vez ganar. No podía darme el lujo de rendirme. Esta vez no pecaría de confiado; esta vez las cosas serían completamente diferentes.

Al cruzar los monumentales portones del salón del trono, lo vi sentado en su pedestal con la misma frialdad señorial, flanqueado por el Mago Real.

—Vaya, vaya... Así que tuviste el valor de regresar —sonrió Dumnen con desprecio—. Pensé que ya habrías corrido con la cola entre las patas hacia tu asquerosa aldea natal en Shaula.

—Sí, lo admito... llegué a pensarlo —respondí, dando un paso al frente y ajustando la vaina a mi cintura—. Pero alguien sumamente especial para mí me dijo que tomara la espada y me levantara de nuevo.

Ania, a mi lado, se ruborizó levemente y apretó mi mano con orgullo.

—Armia... —intervino Durkman, fijando sus ojos amarillentos en la maga—. Es una verdadera ofensa para mi posición. ¿Cómo te atreves a andar acompañada de otro hombre estando comprometida conmigo? Es una deshonra absoluta para tu Casa. Si tu padre supiera...

—¡Cállate, viejo asqueroso! —lo cortó Armia con severidad—. ¡Jamás seré tuya! ¡Nunca!

—¡Silencio, niña! —retumbó la voz del Rey Dumnen—. Tus insultos a la Corona se pagan con la vida. Sin embargo, gracias a la intercesión de mi Mago Real, he decidido indultarte. No obstante, no puedo decir lo mismo del sangre bastarda y su mujer bestia. Serán ejecutados aquí mismo.

Al instante, nos pusimos en postura de combate: desenvainé la Espada de las Cinco Voluntades, Ania hizo brotar sus dagas con un chasquido y Armia invocó su arco rúnico.

—Por el Gran Dios Elfo... Qué necedad la de los jóvenes de hoy en día —suspiró Durkman, dando un paso al frente—. Su Majestad, no se moleste. Yo mismo me encargaré de liquidarlos; solo le pido que mantenga el perdón para mi prometida.

—Como quieras, Durkman. Procede.

—¡Oigan, par de tontos, escúchenme bien! —nos advirtió Armia en un susurro desesperado—. Ése no es un hechicero cualquiera. Si no tienen cuidado, nos despedazará con el primer conjuro que lance.

¡BANG!

Las pesadas puertas dobles del salón principal se abrieron de golpe, interrumpiendo el flujo de maná en el ambiente. El Capitán Regulus entró apresurado, visiblemente alterado.

—¡Majestad! ¡Hay problemas en la entrada principal!

—¡Ahora no, Regulus! —reclamó Dumnen con irritación—. Me encuentro en medio de un asunto de Estado.

—¡Pero Su Majestad...!

De pronto, resonó el impacto pesado de botas de hierro sobre el mármol. Escoltado por una guardia de élite, hizo su entrada nada más y nada menos que el Rey Gurkas IV del Reino Enano, acompañado por su comitiva real.

—¿Qué significa esta intromisión...? —Dumnen se puso de pie, apretando los puños—. ¿Acaso es un acto de guerra? Jajaja... Tan estúpido como siempre, enano.

—Vaya, Dumnen... Sigues igual de afeminado que hace siglos —respondió el Rey Gurkas IV con una sonrisa ruda—. No, no vengo a declarar ninguna guerra. Vengo a llevarme a mi gente.

—¿Tu gente?

—Así es. Estos tres jóvenes son Héroes de mi Reino, ostentan el título de Caballeros y forman parte de mi pueblo —proclamó el monarca enano con voz de trueno—. Así que, si te han causado alguna molestia, acepta estos humildes cofres de oro, unos barriles de nuestra mejor cerveza y mis más sinceras disculpas. Me los llevaré de inmediato.

—Jajaja... Debes de estar bromeando —se burló Dumnen—. ¿Viajaste hasta mi capital solo para salvarle la vida a este sangre bastarda, a esta mujer bestia y a una elfa renegada?

—Así es. No solo son mis caballeros; mi pueblo y yo les tenemos un enorme afecto.

—Vaya, los aprecias... En tu lugar tendría cuidado: dada su naturaleza, podría terminar escapándose con una de tus hijas.

—¡Jajaja! —soltó una carcajada el Rey Gurkas IV—. ¡Para mí sería un verdadero honor que desposara a una de mis hijas! Quizá hablemos de eso cuando regresemos a las montañas.

—¡Grrr! ¡Antes te mato, enano! —gruñó Ania, mostrando los colmillos.

—¡Cállate, gata estúpida! —la reprendió Armia entre dientes.

—Jajaja, lo siento, mujer gato —se disculpó el rey enano con un gesto de la mano.

—¡Basta de estupideces! —interrumpió Dumnen, con el rostro ensombrecido—. No solo me faltaron al respeto, sino que se colaron en mi palacio y causaron caos. Lo mínimo que merecen es pudrirse en mis calabozos durante décadas. Tú no tienes voz ni voto aquí. ¿De verdad te atreverías a declararme la guerra? No sabes la satisfacción que me daría marchar con mis estandartes y purgar a tu gente.

—Por supuesto que lo sé —respondió Gurkas IV, cruzándose de brazos con firmeza—. Pero el Pacto de Paz de los Cinco Anillos te obliga a mantener la tregua, ¿recuerdas? El sello que evita el resurgimiento del Dios Demonio. Si rompes ese pacto, todo el continente sabrá que el "gran" Rey Elfo desató el caos que hace dieciocho años el héroe Alastor Stronof detuvo... ése del que tanto te jactas.

—¡Miserable...! ¡Te voy a...!

—Su Majestad... si me permite un consejo en este momento —intervino Durkman, colocándose al lado de Dumnen—. Es verdad: romper el pacto desataría un conflicto político que no nos favorece. El Anillo de la Paz solo puede ser canalizado por la estirpe enana.

—¿Y bien? ¿Qué propones? —exigió el Rey Elfo.

—Las peticiones del monarca enano son razonables. Sin embargo, esta mujer me pertenece por derecho de compromiso matrimonial; si desea marcharse con ellos, debe haber una condición. La ofensa del muchacho por el pasado de su padre, la mancillación de la Princesa Alura y su falta de respeto hacia la Corona deben saldarse con una misión de expiación.

—¿Ah, sí? ¿Y qué clase de misión sería ésa? —inquirió Gurkas IV.

—Una misión de recuperación —reveló Durkman con una sonrisa helada—. Mi señor anhela recuperar el collar sagrado que le perteneció al mismísimo Dios Elfo.

—¿Qué? ¡Eso es una completa locura! —protestó el rey enano—. ¿Cómo demonios va a encontrar este joven un objeto que lleva eones perdido?

—Nunca ha estado perdido —aclaró Dumnen—. Sabernos exactamente dónde está, pero nadie ha logrado salir con vida de allí.

—Hablen de una vez y dejen de dar tantas vueltas —intervine, manteniendo la mano en la empuñadura de mi espada—. ¿Dónde está esa maldita cosa? Digan el lugar y la traeré.

—Se encuentra en la cumbre más alta de la Montaña del Dios Elfo... en el llamado Castillo del Divino Don —sentenció Durkman.

—¡¿Qué?! —exclamó Gurkas IV—. ¡Eso es un suicidio! Ese lugar está profanado; ningún guerrero ha regresado jamás de esa cumbre.

—Ése es mi precio —declaró Dumnen con frialdad.

—No me importa. Iré y traeré ese collar —afirmé sin dudar.

—Alto ahí —detuvo el Rey Elfo—. La falta la cometiste tú, así que irás completamente solo. Solo tú y la Espada de las Cinco Voluntades. Aunque te pediría el favor de que, si vas a morir allá arriba, dejes la espada fuera de la entrada; no quisiera tener que buscar entre tus restos para recuperar la reliquia de mi familia.

—¡No! ¡Eso no, esposo! ¡No puedes ir solo! —protestó Ania, abrazándose a mi brazo.

—¡Esto es una injusticia absoluta! —reclamó Armia—. Le están exigiendo completar una prueba que ni Su Majestad ni el Mago Real lograron superar hace décadas. ¡Conozco la historia y sé que nadie ha podido recuperar ese artefacto!

—Acepto ir solo —sentencié, elevando la voz sobre el salón—, pero deben aceptar mis peticiones a cambio. Cuando regrese con el collar, Su Majestad me reconocerá oficialmente como su nieto, perdonará la memoria de mi padre y usted, Mago Real, cancelará definitivamente el compromiso con Armia.

Durkman sonrió con arrogancia.

—Trato hecho.

—Jajaja... Sí, sí, como digas, niño —se burló Dumnen—. Solo recuerda mi consejo: deja la espada fuera del Castillo del Divino Don antes de perecer.

—Muy bien... En marcha —concluí, dando la vuelta junto a mis compañeras para salir del palacio.

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