A los diecinueve años, Aline creía que su mayor problema era llegar a fin de mes. Hasta que la enfermedad de su madre le puso un precio imposible a la esperanza… y un solo hombre en todo el morro podía pagarlo.
Él es Cobra: dueño de la Rocinha, temido, intocable, acostumbrado a que nadie le diga que no. La propuesta es tan fría como sencilla: ella será su visita íntima tras las rejas, y a cambio el tratamiento de su madre estará cubierto. Sin sentimientos. Sin promesas. Solo un trato.
Pero nadie le avisó a Aline que el hombre más peligroso de Río podía mirarla como si fuera lo único puro que le queda al mundo. Ni que, detrás del arma y la fama, Cobra carga heridas capaces de igualar a las suyas.
Entre balas, celos, secretos de la facción y un deseo que ninguno de los dos supo ver venir, lo que empezó como una transacción amenaza con volverse la historia de amor que ambos juraron no merecer. Porque en el morro, entregar el corazón cuesta más caro que cualquier deuda… y siempre hay alguien dispuesto a cobrarla.
Pasión intensa, drama que aprieta el pecho y un romance prohibido que no vas a poder soltar. Bienvenida al mundo de Cobra. Bienvenida a ser La mujer del jefe.
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Capítulo 6
...Aline 🦢...
Apenas salí del hospital para ir a buscar mi ropa y organizar mi vida, terminé encontrándome con Karla en la parada del bus.
Tomamos la misma línea juntas y, gracias a Dios, había dos asientos libres.
A esa hora el bus casi siempre viene vacío.
Me tiré en el asiento acolchado y apoyé la cabeza contra el vidrio frío de la ventana.
Karla me miró, estiró la mano y me apretó la rodilla con cariño.
—Oye, amiga... ¿Cómo estás? —La miré con los ojos todavía cansados—. Complicado, Karla. Los médicos dicen que es serio, están haciendo un montón de exámenes y nosotras aquí sin saber qué hacer por el dinero. Pero tengo que mantenerme firme por ella, ¿sabes? No puedo demostrar debilidad ahí dentro.
—Uf, Aline... Si yo tuviera cómo conseguirte esa plata ahora, sabes que te la daba. Pero la cosa está fea para todos. Vamos a encontrar la manera. Voy a ver si organizo una rifa, muevo a la gente del morro. —Cambió un poco de postura en el asiento, tratando de distraerme la mente—. Al menos tú estás pudiendo respirar un poco. Yo ando en una corredera loca con estos líos de la vida... Las cosas están cambiando.
—¿Cambiando cómo? ¿Qué anduviste haciendo? —Le di una sonrisa débil.
—Mujer... Lo mío con Xamã se está poniendo serio de verdad, ¿eh? —Sonrió boba, acomodándose el pelo—. Está mega cariñoso conmigo, me lleva a lugares, me trata como reina. Ayer nos quedamos hablando hasta tarde allá en el morro, y terminó contándome un chisme pesadísimo. —Fruncí el ceño, curiosa.
—¿Qué chisme?
—Xamã me dijo que a Cobra lo metieron preso. Parece que se armó una mierda federal en una misión suya y los tiras lo agarraron. Está una locura allá en el morro, todos los muchachos con el fierro en la pista esperando a ver qué va a pasar.
Fuimos todo el trayecto conversando, ella poniéndome al día con los chismes...
Pero yo no lograba dejar de pensar en mi mamá, en qué iba a hacer.
Sé que Kleber no va a ayudar ni con un centavo; hace dos semanas que no aparece por la casa.
El bus paró en una parada cerca del morro, y el resto del camino lo hicimos a pie.
Pasamos por una panadería y ella compró unas cositas para subir comiendo. Me pasé el día en el hospital, así que no había comido nada.
Cuando llegamos frente a mi casa, se despidió y yo entré.
Pasé el resto de la noche llorando...
Mientras acomodaba algo de la ropa de mi mamá, no paraba de llorar ni un minuto.
Me sentía completamente perdida.
Me senté en su cama, mirando alrededor del cuarto con los ojos hinchados.
Me acosté y cerré los ojos, pidiéndole fuerzas a mi papá.
Al poco rato terminé quedándome dormida; me desperté como a las nueve de la mañana con el sol caliente pegándome directo en la cara.
Me levanté y agarré mis productos para bañarme.
Necesitaba ir al hospital, llevar algo de ropa y algunas cosas personales...