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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17 CUANDO TUBE QUE DEFENDERTE DE ÉL

Marcos apareció en la puerta de casa de mi tía a la mañana siguiente.

Yo estaba en la cocina ayudando a preparar el desayuno cuando oímos los golpes fuertes en la puerta. Mi tía se secó las manos en el delantal y fue a abrir. Yo la seguí un poco por detrás, con una mala sensación en el estómago que no sabía explicar.

Cuando la puerta se abrió, allí estaba él. Marcos. Con la camisa arrugada, los ojos rojos como si no hubiera dormido en toda la noche, una mirada obsesiva que me heló la sangre.

—Quiero hablar con Aitana —dijo directamente, sin saludar, sin mirar siquiera a mi tía.

—Ella no quiere hablar contigo —respondió mi tía, firme, poniéndose delante de la puerta para impedirle pasar—. Te lo dijo ayer. Vete de aquí.

Marcos soltó una risita corta, burlona. No se movió.

—No me voy hasta que hable con ella.

Yo salí de detrás de mi tía. Apreté los dientes para que no se notara que tenía miedo.

—Estoy aquí, Marcos. ¿Qué quieres?

Sus ojos se iluminaron al verme. Dio un paso hacia adelante, pero mi tía le cerró el paso.

—No te acerques —le dijo ella, seria.

—Tranquila, vieja —respondió él, con un tono desagradable que me hizo hervir la sangre—. Solo quiero hablar con mi chica.

—No soy tu chica —le dije, clara y fuerte, aunque por dentro me temblaban las piernas—. Ya te lo dije ayer. Tenemos una vida cada uno. Vete.

—No —negó él, y esta vez sí empujó suavemente a mi tía para apartarla. Entró en el recibidor sin permiso, cerrando la puerta detrás de sí—. No me voy hasta que me escuches. He venido para llevarte conmigo. Para que dejes de jugar a la esposa rica y vuelvas conmigo, donde perteneces.

—¡Sal de mi casa ahora mismo! —gritó mi tía, intentando agarrarlo del brazo.

Él la apartó de un manotazo brusco. Mi tía perdió el equilibrio y se apoyó en la pared para no caer.

—¡Tía Marisa! —grité, acercándome a ella.

En ese momento Marcos me agarró del brazo con fuerza. Me dolió. Sus dedos se clavaron en mi piel a través de la tela de la blusa.

—Tú te vienes conmigo —dijo, acercándose demasiado a mí, su aliento con olor a tabaco y alcohol golpeándome la cara—. Ese Ferrer no te quiere. Solo te usa. Yo soy el único que te ha querido de verdad.

—Suéltame —dije, forcejeando para zafarme. Pero él era más fuerte. Sus dedos se apretaron más, haciéndome gemir de dolor—. ¡Me duele! Suéltame, Marcos.

—No te suelto hasta que…

La puerta principal se abrió de golpe con un estrépito que nos hizo a los tres quedarnos quietos.

Dante estaba allí parado en el umbral. Su rostro estaba pálido de rabia, los ojos oscuros y encendidos como brasas. Se quedó quieto un segundo, viendo la escena: Marcos agarrándome del brazo, mi tía apoyada en la pared, mi cara de miedo.

Y entonces se movió.

Caminó tres pasos largos y rápidos hasta llegar a nosotros. Le agarró a Marcos de la muñeca con una fuerza que le hizo soltarme de inmediato. Lo empujó hacia atrás con un movimiento seco, tan fuerte que Marcos tropezó y se apoyó en la pared para no caer.

—No vuelvas a tocarla —dijo Dante, y su voz era tan baja y tan llena de rabia que me hizo estremecer. Se puso delante de mí, protegiéndome con su cuerpo, como un muro entre Marcos y yo.

Marcos se enderezó, frotándose la muñeca. Miró a Dante de arriba abajo, con una mezcla de envidia y rabia.

—Ah, el marido rico. Qué bien que has venido. Así podemos hablar de una vez. Aitana no es para ti. No pertenece a tu mundo de lujos y mentiras.

Dante no se inmutó. Seguía parado delante de mí, rígido, listo para cualquier cosa.

—Ella es mi esposa —respondió, muy claro, muy firme—. Y te has atrevido a entrar en esta casa sin permiso, a agredir a su tía y a lastimarla. Eso es delito.

—¿Delito? —Marcos soltó una risita burlona, dando un paso hacia adelante—. Ella era mía antes que tuya. Y volverá a ser mía.

En cuanto terminó de decirlo, lanzó un puñetazo hacia la cara de Dante.

Vi todo en cámara lenta. El puño de Marcos subiendo. Dante girando la cabeza a tiempo para esquivarlo. Su brazo moviéndose rápido, agarrando a Marcos por el cuello de la camisa y empujándolo con fuerza contra la pared. El golpe seco de la espalda de Marcos chocando contra el yeso.

Dante lo tenía inmovilizado. Su cara estaba a centímetros de la de Marcos. No gritaba. No hacía alardes. Solo lo miraba con unos ojos tan fríos y tan peligrosos que yo me quedé muda.

—Te voy a decir esto una sola vez —dijo, muy despacio, cada palabra pesada como un ladrillo—. Si vuelves a acercarte a ella. Si vuelves a mirarla. Si tan solo piensas en su nombre… yo haré que te arrepientas de haber nacido. Llamaré a la policía ahora mismo y te llevarán detenido por allanamiento de morada y amenazas. O te puedes ir ahora mismo y no volver nunca. Tú eliges.

Marcos forcejeó un poco, pero Dante lo tenía agarrado con una fuerza que no podía soltar. Sus ojos se encontraron con los de Dante, y por primera vez vi miedo en la cara de Marcos. Sabía que Dante no estaba mintiendo. Sabía que podía cumplir lo que decía.

—Suéltame —dijo, con la voz un poco temblorosa.

Dante lo soltó de un empujón. Marcos se enderezó, ajustándose la camisa. Nos miró a los dos, primero a mí, luego a Dante.

—Esto no ha terminado —dijo, señalándome con el dedo.

—Sí que ha terminado —respondió Dante, dando un paso hacia él, que hizo retroceder a Marcos—. La puerta está abierta. Vete. Y si vuelvo a verte cerca de ella, no te lo vas a creer.

Marcos no dijo nada más. Se giró, salió de la casa y cerró la puerta detrás de sí con un golpe suave. El silencio volvió a caer sobre el recibidor.

Dante se giró hacia mí de inmediato. Toda la rabia que había tenido en la cara desapareció en un segundo, reemplazada por una preocupación profunda. Se acercó a mí despacio, como si temiera asustarme.

—¿Estás bien? —preguntó, muy bajito. Sus ojos recorrieron mi brazo, donde los dedos de Marcos habían dejado unas marcas rojas—. ¿Te hizo daño?

Asentí, aunque no era solo el dolor físico lo que me tenía así. Tenía las piernas temblorosas, el corazón latiéndome a mil por hora.

—Estoy bien —logré decir, aunque la voz me temblaba—. Gracias.

Él miró a mi tía, que todavía estaba apoyada en la pared, pálida.

—¿Usted está bien, señora Marisa?

—Sí, sí… —respondió ella, respirando hondo—. Un susto, nada más. Gracias por llegar a tiempo, muchacho.

Dante asintió. Volvió a mirarme. Levantó una mano, dudó un segundo, y luego muy suavemente me tocó el brazo donde estaban las marcas rojas. Su tacto era cálido, suave, tan distinto al de Marcos. Cerré los ojos un segundo ante la sensación.

—No te dejaré que nadie te haga daño —dijo, muy bajito, solo para mí—. Nunca más.

Me quedé mirándolo. En sus ojos no había frialdad, ni orgullo, ni rencor por nuestra pelea. Solo había preocupación. Solo había cuidado. Solo había… algo que se parecía mucho al amor.

Mi tía carraspeó suavemente, dándonos a entender que seguía allí. Nos separamos un poco, ambos avergonzados.

—Deberías volver conmigo a la mansión —dijo Dante, recuperando un poco de su compostura, aunque su voz seguía siendo suave—. Allí estarás segura. Tengo seguridad las veinticuatro horas. Nadie podrá entrar sin permiso. Y Lucía vendrá a despedirse mañana antes de ir a Madrid. Podrás estar con ella.

Miré a mi tía. Ella me miró y asintió muy despacio, diciéndome sin palabras que era lo mejor.

—Está bien —dije al fin, mirando a Dante—. Voy contigo. Pero no significa que todo esté resuelto entre nosotros.

—Lo sé —respondió él, con una tristeza en los ojos que me partió el corazón—. Lo entiendo. Solo quiero que estés a salvo. Lo demás… lo demás lo hablaremos cuando tú quieras.

Subí a recoger mis cosas. Cuando bajé, Dante ya estaba esperándome en el recibidor con la maleta en la mano. Me ofreció el brazo. Dudé un segundo, y luego lo acepté.

Al salir de la casa, miré hacia la calle. No había rastro de Marcos. Pero sabía que no se había ido del todo. Sabía que volvería.

Pero también sabía que, esta vez, no estaría sola.

Dante me ayudó a subir al coche. Cerró la puerta y dio la vuelta para subir al asiento del conductor. Cuando arrancó, miré por la ventanilla hacia atrás, hacia la casa de mi tía que se alejaba.

Luego miré a Dante. Él tenía las manos firmes en el volante, la mirada concentrada en la carretera. Pero de vez en cuando me lanzaba una mirada rápida, como si quisiera asegurarse de que seguía allí, de que estaba bien.

Sentí cómo un poco del miedo se me iba del pecho. No estábamos bien. Todavía había cosas que decir, heridas que curar, verdades que sacar a la luz.

Pero por primera vez en días, me sentí segura.

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