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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: EL CALLEJÓN

La segunda semana de entrenamiento coincidió con la fecha límite que don Aurelio le había dado a Mila para pagar el arriendo, y aunque Nail nunca preguntó directamente por la plata, Mila sospechaba que él sabía, con esa capacidad suya de leer lo que la gente no decía, que la presión en la casa Sarmiento seguía creciendo sin que las clases de tiro, por sí solas, resolvieran nada del problema inmediato.

Fue un martes en la tarde, después de salir de una de esas sesiones de entrenamiento cada vez más intensas —Nail ya la había hecho practicar la postura con el revólver cargado, aunque todavía sin disparar, y le enseñaba nociones básicas de cómo moverse por un espacio cerrado, cómo identificar salidas, cómo leer el lenguaje corporal de alguien que se prepara para atacar—, cuando Mila decidió tomar un atajo por una calle que normalmente evitaba, uno de esos callejones estrechos entre dos hileras de casas que en El Pozo se conocían, sin necesidad de advertencia oficial, como zonas de mayor riesgo.

No fue prudente. Lo supo en el instante mismo en que dobló la esquina y se encontró de frente con tres muchachos que reconoció vagamente del barrio, conocidos por meterse en líos menores, borrachos ya a esa hora de la tarde, con esa clase de energía inestable que hace que cualquier situación pueda torcerse en segundos.

—Mirá quién es —dijo uno de ellos, el más grande, acercándose con un paso que tenía algo de tambaleo y algo de amenaza al mismo tiempo—. La hermana del Yeison. Su hermano nos debía plata a nosotros también, ¿sabía?

Era mentira, o al menos Mila no tenía forma de confirmarlo, pero en ese momento, rodeada por tres cuerpos que le cerraban el paso en un callejón sin salida rápida, la verdad o mentira de la afirmación importaba menos que la amenaza física que representaba.

—No tengo nada que ver con eso —dijo Mila, intentando sonar firme, retrocediendo un paso mientras calculaba, con la parte de su cerebro que Nail había empezado a entrenar en las últimas semanas, las distancias, las salidas, el peso relativo de cada uno de los tres hombres.

—Ah, ¿no? Entonces nos puede ayudar a cobrar de otra forma —dijo el más grande, y el tono con que lo dijo, junto con la mirada que le recorrió el cuerpo sin ningún disimulo, hizo que a Mila se le helara la sangre de una forma mucho más antigua y más primaria que cualquier otro miedo que hubiera sentido en esas semanas.

Uno de los otros dos se rio, un sonido bajo y feo, y avanzó un paso más, cerrando por completo cualquier posibilidad de huida.

Mila sintió el pulso acelerársele hasta un punto casi insoportable, pero notó también, con una especie de sorpresa distante, que su cuerpo no se congeló del todo, que alguna parte de ella —la parte que llevaba dos semanas aprendiendo a calcular ángulos y distancias en un terreno baldío al amanecer— seguía funcionando, buscando opciones, aunque en ese callejón estrecho, sin ningún arma consigo porque Nail todavía no le permitía cargar el revólver fuera de las sesiones, las opciones eran escasas y malas.

Fue en ese momento, con el más grande de los tres extendiendo una mano hacia ella, cuando una sombra se movió con una rapidez que Mila apenas alcanzó a procesar.

Nail apareció al final del callejón, saliendo de algún ángulo que Mila no había visto, moviéndose con una eficiencia fría, casi silenciosa, que contrastaba de manera brutal con la torpeza alcoholizada de los tres muchachos. No dijo nada al principio. Se limitó a agarrar al más grande por el brazo extendido, con una fuerza que lo hizo doblarse hacia adelante con un grito de dolor sorprendido, y en cuestión de segundos —Mila nunca pudo reconstruir del todo la secuencia exacta, todo pasó demasiado rápido— los otros dos estaban en el suelo, uno sujetándose la nariz ensangrentada, el otro encogido contra la pared del callejón, sin que Nail pareciera haber hecho ningún esfuerzo especialmente visible para lograrlo.

—Si alguno de ustedes tres vuelve a acercarse a esta muchacha —dijo Nail, con una voz baja que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito, agachándose para hablarle directo a la cara al más grande, que seguía doblado de dolor en el suelo—, no van a tener que preocuparse por deudas de nadie más, porque no van a estar en condiciones de deber nada. ¿Entendido?

Los tres murmuraron algo parecido a una disculpa, arrastrándose para alejarse del callejón lo más rápido que sus cuerpos, todavía aturdidos por el alcohol y el susto, se lo permitían. Nail se quedó de pie, respirando apenas un poco más rápido de lo normal, viéndolos huir, hasta que finalmente se giró hacia Mila.

—¿Está bien? —preguntó, y por primera vez desde que se conocían, Mila escuchó en su voz algo que no era cautela profesional ni instrucción técnica, sino una preocupación cruda, sin filtro, que él mismo pareció notar demasiado tarde para poder ocultarla del todo.

—Estoy bien —dijo Mila, aunque las manos le temblaban visiblemente—. Gracias.

—¿Qué hacía por acá? Este callejón no es zona segura, se lo advertí la primera semana.

—Fue un atajo. No pensé.

—Tiene que pensar siempre, Mila. Siempre. Ese es el precio de lo que le estoy enseñando. Ya no puede darse el lujo de tomar atajos sin calcular qué hay del otro lado.

Su tono era de regaño, pero había algo más debajo, algo que Mila reconoció, con una claridad que la sorprendió a ella misma, como miedo genuino —no por él, sino por ella, por lo que hubiera podido pasar si él no hubiera aparecido a tiempo.

—¿Cómo supo que estaba acá? —preguntó Mila, cayendo en cuenta, con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la ternura, de que Nail debía haberla estado siguiendo, aunque fuera de lejos, desde que se separaron después del entrenamiento.

Nail no contestó de inmediato. Se pasó una mano por el pelo, con un gesto que en él parecía casi fuera de lugar, como si por un momento no supiera cómo manejar la pregunta.

—Digamos que después de lo que pasó con su hermano, no me pareció mala idea asegurarme de que llegara bien a su casa. Al menos hasta que aprenda a cuidarse sola de verdad.

—¿Lo ha hecho todos los días?

—Eso no importa.

—Nail.

—No, Mila. No importa. —Pero la manera en que lo dijo, evitando su mirada, con un tono que se parecía más a la vergüenza que a la firmeza, le dio a Mila la respuesta que la pregunta directa no había conseguido.

Caminaron juntos el resto del trayecto hasta la casa de Mila, en un silencio que ya no se sentía incómodo, sino cargado de algo distinto, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía pero que flotaba entre ellos con la misma insistencia con que flotaba el olor a pólvora en el terreno baldío cada amanecer.

En la puerta de su casa, antes de despedirse, Mila se giró hacia él.

—Gracias. De verdad.

—No me dé las gracias. Solo prométame que va a tener más cuidado.

—Lo prometo.

Nail asintió, y por un segundo, apenas un segundo, pareció que iba a decir algo más, algo que se quedó atrapado entre la disciplina que él mismo se había impuesto y un impulso distinto, más humano, que Mila alcanzó a ver asomarse en sus ojos antes de que él lo apagara de nuevo.

—Nos vemos el jueves —dijo finalmente, y se fue loma abajo sin mirar atrás, dejando a Mila parada en la puerta de su casa, con el corazón todavía acelerado por el susto del callejón, y con una certeza nueva, incómoda y dulce al mismo tiempo, instalándose en su pecho.

Nail la estaba cuidando. Y no solo porque se lo hubiera prometido.

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