Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.
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Capítulo 5: No eres la única
Isolde encontró la puerta de los aposentos de Blanck entreabierta, algo que rara vez pasaba en un palacio donde cada puerta cerrada era una forma silenciosa de decir "no te acerques". Se quedó un momento en el umbral, dudando, hasta que él mismo la vio desde adentro.
—Puedes pasar.
—No quería interrumpir.
—No interrumpes nada. Solo estaba pensando.
Isolde entró, cerrando la puerta despacio detrás de ella, y se sentó en el borde de la única silla de la habitación — austera, como todo en aquel lugar, sin ningún adorno que delatara nada sobre quién vivía ahí.
—Llevo días pensando en lo que dijiste. Que no soy la única.
—No lo eres.
—¿Y qué haces con esa duda, entonces? —Lo miró directamente, algo que rara vez hacía con nadie más de la familia—. Porque yo no sé qué hacer con la mía. La cargo todo el día, en cada misión, en cada cena, y no tengo ni idea de qué se supone que debería hacer con ella.
Blanck se quedó en silencio un momento, sopesando cuánto podía decir sin arriesgar el secreto que todavía no estaba listo para compartir, ni siquiera con ella.
—A veces, cuando estoy lejos de aquí, en alguna misión, me pregunto qué pasaría si simplemente no volviera. —No era del todo mentira. No era del todo verdad tampoco—. Si encontrara un lugar donde nadie supiera quién soy, ni lo que se supone que debo ser.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque los dejaría a todos aquí. A ti, incluida.
Isolde bajó la mirada, algo parecido a la sorpresa cruzando su rostro — como si nadie, en toda su vida en ese palacio, le hubiera dicho antes que su ausencia importaría a alguien.
—No tienes que quedarte por mí.
—No me quedo por obligación, Isolde. Me quedo porque eres mi hermana, y porque eres la única de todos ellos que alguna vez se ha atrevido a preguntarme si algo de esto está mal.
Ella no respondió de inmediato. Se quedó mirando sus propias manos, como si buscara ahí algo que decir.
—A veces sueño con un lugar sin nombre —dijo, finalmente, la voz mucho más baja que antes—. No sé cómo es. No sé dónde queda. Solo sé que ahí nadie me llama "hija de Ray X" antes de llamarme por mi nombre. —Se rió, sin ninguna alegría real en el gesto—. Es estúpido, lo sé.
—No es estúpido.
—Entonces dime que existe un lugar así.
Blanck quiso decirle que sí. Quiso hablarle de The Hero, de Kate, de las noches junto al fuego donde nadie preguntaba de quién era hijo antes de preguntar quién era él. Pero el peso de lo que arriesgaría al decirlo —no solo su propio secreto, sino la seguridad de Isolde si alguna vez la información llegara a oídos equivocados— lo detuvo.
—Existe —dijo, en cambio—. Y algún día voy a encontrar la forma de que también sea tuyo.
Isolde lo miró, y por un instante, algo parecido a la esperanza —una emoción que en aquel palacio se consideraba casi tan peligrosa como la traición— se asomó en sus ojos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
No sabía todavía cuánto pesaría esa promesa, ni cuánto tiempo tardaría en cumplirla, ni que llegaría un día en que no podría cumplirla en absoluto. Pero en ese momento, sentado frente a su hermana en la única habitación del palacio donde ambos se sentían mínimamente a salvo, lo dijo con toda la sinceridad que tenía.
Tres noches después, cruzó hacia The Hero con esa misma promesa todavía pesándole en el pecho, sin saber cómo hablarle a Kate de ella sin revelar demasiado.
La encontró sentada junto al fuego, tallando algo pequeño en un trozo de madera — un juguete, entendió al acercarse, para alguno de los niños del pueblo.
—Llegas pensativo —dijo ella, sin levantar la vista de su trabajo.
—¿Tan evidente es?
—Siempre lo es. Solo que normalmente no te pregunto.
Blanck se sentó a su lado, el calor del fuego mezclándose con el que él mismo podía generar sin esfuerzo.
—Tengo una hermana. Isolde.
—Nunca la habías mencionado.
—No suelo hablar de mi familia.
—Lo he notado. —Kate dejó la madera a un lado, dándole toda su atención—. ¿Qué pasa con ella?
—Es la única, de los cinco, que duda de lo mismo que yo dudo. —Blanck miró el fuego, sin poder mirarla a los ojos mientras lo decía—. Le prometí que encontraría una forma de sacarla de ahí. De darle algo parecido a lo que tengo aquí, contigo.
Kate se quedó en silencio un momento, procesando el peso de lo que eso implicaba.
—¿Y cómo piensas cumplir esa promesa sin que tu padre se entere de que la hiciste?
—No lo sé todavía.
—Blanck. —Su voz se volvió más seria de lo habitual—. Sabes que cada persona que arrastres a este secreto es una persona más que podría delatarnos, aunque no quiera hacerlo. No hablo de desconfiar de tu hermana. Hablo de que entre más gente sepa, más difícil es de proteger.
—Lo sé. —Blanck tomó su mano, entrelazando los dedos con los de ella—. Pero no puedo dejarla ahí, sabiendo lo que sé ahora. No después de haberte encontrado a ti, y de saber que existe algo mejor que lo que Ray X nos enseñó a creer que merecíamos.
Kate lo miró largo rato, y aunque la preocupación no desapareció del todo de su rostro, algo en su expresión se ablandó.
—Entonces encontraremos la forma. Juntos.
—¿Estás segura? Esto ya no es solo tu riesgo, ni solo el mío.
—Nunca lo fue, desde el día en que decidiste no matarme. —Se recostó contra su hombro, el mismo gesto que se había vuelto costumbre entre ambos—. Ya estamos los dos metidos en esto hasta el cuello, Blanck. Una persona más no cambia el tamaño del riesgo. Solo cambia cuánto vale la pena correrlo.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, mientras hablaban junto al fuego, el mismo par de ojos que llevaba semanas vigilando desde las sombras había empezado a acercarse con más frecuencia de la que debería — lo suficientemente cerca, esa noche, para escuchar un nombre que hasta entonces nadie en la base de Ray X había asociado con la palabra "traición".
Isolde.
El espía se retiró en silencio, satisfecho con lo que llevaba de vuelta a reportar, sin saber todavía cuánto dolor desataría esa sola palabra en las semanas que estaban por venir.
Continuará...