NovelToon NovelToon
LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA CAPÍTULO 9

El coche se detuvo a cincuenta metros del almacén abandonado, con las luces apagadas, bajo una llovizna que ya se había convertido en lluvia fina y constante. El ruido del agua golpeando el techo metálico era lo único que se oía en el silencio del puerto muerto: ni un barco, ni un trabajador, ni una luz encendida en kilómetros a la redonda. Solo el edificio enorme de ladrillos negros, con las ventanas rotas tapadas con tablas, una sola luz amarilla y parpadeante en la ventana del tercer piso, como un ojo que los esperaba.

Eduardo apagó el motor. Se giró hacia Elisa, le agarró la mano entre las suyas, que estaban heladas por el miedo y el frío.

—Recuerda lo que dijimos —le susurró, mirándola a los ojos en la penumbra—. No escuchas sus provocaciones. No te dejas llevar por la rabia. Nosotros tenemos el control ahora. No ella. ¿Lista?

Elisa tragó saliva. Miró la luz parpadeante en la ventana, pensó en su madre sola en el hospital, pensó en los tres niños durmiendo en su casa, en Doña Carmen esperando con el teléfono en la mano. Apretó la mano de Eduardo con fuerza, asintió con la cabeza. No tenía nada que perder. Y todo lo que ganar.

—Lista —dijo, con la voz firme, sin temblar ya.

Bajaron del coche sin hacer ruido. La lluvia les caló la ropa en segundos, les corría por el cuello, les mojaba el pelo pegándoselo a la cara. Caminaron despacio por el suelo de tierra mojada y grava, esquivando los trozos de hierro viejo y las cajas de madera podrida que había tiradas por todas partes. La puerta principal del almacén estaba entreabierta, una rendija de luz amarilla saliendo por ella, como invitándolos a pasar.

Eduardo se puso delante, empujó la puerta con la punta del pie. El chirrido de los goznes oxidados resonó por todo el edificio vacío, largo y agudo, como un grito.

Entraron.

El interior era enorme. Techos de tres pisos de alto, vigas de hierro negro cruzándose por encima, el suelo de cemento lleno de charcos que reflejaban la luz de las pocas lámparas de trabajo colgadas de los cables. A los lados había montañas de cajas viejas, sacos rotos, trozos de maquinaria que nadie usaba desde hacía décadas. Olía a salitre, a óxido, a madera podrida y a humedad cerrada. Y por encima de todo, el ruido de la lluvia golpeando el techo de chapa, tan fuerte que casi no se oía nada más.

—¡Qué bonito! —gritó una voz de mujer desde las sombras del fondo, llena de burla y triunfo—. Por fin llegaban. Ya me estaba aburriendo de esperar.

Valeria salió de detrás de una pila de contenedores viejos. Iba vestida con ropa negra ajustada, las botas de cuero embarradas, el pelo recogido en una coleta alta, la misma cara que Elisa, pero con una expresión de odio y locura que ella nunca había tenido. En la mano derecha tenía un cuchillo pequeño de hoja brillante, que giraba entre sus dedos con soltura. En la izquierda, un celular abierto, en llamada activa.

Se detuvo a diez metros de ellos, sonriendo esa sonrisa fría que solo ella sabía hacer. Detrás de ella, en la oscuridad, se alcanzaban a ver las siluetas de dos hombres grandes, quietos, vigilando.

—Te ves mojada, hermanita —dijo, mirando a Elisa de arriba abajo con desprecio—. Igual que cuando éramos chicas y te dejaba afuera bajo la lluvia porque te había robado tu muñeca. Nunca aprendiste a defenderte, ¿verdad? Siempre fuiste la débil. La que lloraba por todo. La que servía solo para que yo usara su vida cuando la mía se ponía difícil.

—Ya no soy esa niña —respondió Elisa, dando un paso al frente, sin que Eduardo la detuviera—. Ya no te tengo miedo. Nunca más.

Valeria soltó una risa seca, que resonó por todo el almacén vacío.

—¿No me tienes miedo? —repitió, levantando el celular—. Mira. Estoy hablando con Maritza, la enfermera de turno en el hospital de tu madre. Ahora mismo está parada al lado de su cama, con una jeringa llena de algo que va a hacer que deje de respirar en menos de un minuto. Todo lo que tengo que hacer es decir una palabra. Y adiós, mamá. ¿Sigues sin tenerme miedo? O prefieres que llame a los dos amigos que tengo vigilando tu casa nueva, para que suban por las ventanas y se lleven a los tres niños antes de que la vieja Carmen se dé cuenta? Tú eliges, Elisa. Como siempre. Tú eliges quién muere hoy.

Elisa sintió que el corazón se le apretaba en el pecho. Miró el celular en la mano de su hermana, pensó en su madre enferma, en la cara de Mateo, de Sofía, de Lucas. Por un segundo estuvo a punto de caer, de pedir perdón, de hacer lo que Valeria quisiera. Pero entonces sintió la mano de Eduardo en su hombro, caliente y firme, y recordó el plan. El plan que habían armado los tres en el coche, camino al puerto.

No iba a elegir. Iban a ganar todos.

—No voy a elegir nada —dijo Elisa, y su voz sonó tan fuerte y segura que incluso Valeria parpadeó, sorprendida—. Porque no tienes ningún poder sobre nosotros ya. No sobre mi madre. No sobre los niños. No sobre nadie.

Valeria frunció el ceño. La sonrisa se le empezó a borrar de los labios.

—¿De qué hablas? —gruñó, apretando el cuchillo con más fuerza—. Tengo a la enfermera en línea. Tengo a mis hombres en tu casa. Tengo todo el control. Siempre lo tengo.

—No, no lo tienes —dijo Eduardo esta vez, sacando su propio celular del bolsillo, apretando un botón para poner el altavoz al máximo volumen.

La voz de Doña Carmen salió fuerte y clara por el aparato, resonando por todo el almacén:

—Hola, Valeria. Hace rato que te esperábamos. Para que lo sepas: Maritza, la enfermera, está detenida en el hospital desde hace veinte minutos. La agarraron en el momento en que entraba a la habitación de tu madre con la jeringa. Hay dos policías de civil cuidándola las veinticuatro horas. No le va a pasar ni un rasguño. Y tus dos amigos que estaban vigilando la casa? También los agarraron. Están en la comisaría ahora mismo, confesando todo lo que les pagaste para hacer. Ya no tienes nadie, ni nada. Solo estás tú, tu cuchillo y tus mentiras.

La cara de Valeria se puso pálida de golpe. Miró su propio celular, luego el de Eduardo, luego a los dos hombres que tenía detrás. Uno de ellos negó con la cabeza, levantando las manos:

—Nos llamaron hace diez minutos —dijo, con voz apagada—. Dijeron que la policía venía. Nos vamos. No queremos líos.

Y antes de que Valeria pudiera decir nada, los dos se dieron la vuelta y salieron corriendo por la puerta trasera, desapareciendo en la lluvia. Se quedó sola.

—Esto… esto es una trampa —tartamudeó, retrocediendo un paso, el cuchillo temblando ahora en su mano—. No puede ser. Yo lo tenía todo planeado. Todo…

—Nunca planeaste lo único que importaba —dijo Elisa, dando otro paso hacia adelante, lento, firme, sin miedo—. Nunca pensaste que alguien me quisiera de verdad. Que alguien me ayudara. Tú siempre estuviste sola, Valeria. Porque tú sola te hiciste sola. Nadie te quiere. Nadie te va a defender. Nadie viene por ti.

En ese preciso instante, se oyó el ruido de puertas de coches cerrándose con fuerza afuera. Voces de hombres gritando órdenes. Pasos rápidos acercándose por la entrada principal.

Valeria se giró, pálida como la muerte, y lo vio.

Ramiro Salgado entró al almacén seguido de tres de sus hombres más grandes. Iba con la camisa negra mojada por la lluvia, el tatuaje de la serpiente brillándole en el cuello, la cara dura como una piedra. En cuanto vio a Valeria, sonrió. Una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Hola, preciosa —dijo, caminando hacia ella despacio, sin prisa—. Hace cinco noches que te busco. Cinco noches que quiero devolverte el favor de los quince millones que me robaste de mi caja fuerte. ¿Te acordabas? Yo sí. Nunca olvido una deuda. Menos cuando me la roban.

Valeria retrocedió hasta pegarse la espalda a la pila de contenedores. No tenía a dónde ir. Delante tenía a Ramiro y a sus hombres, a un lado a Elisa y a Eduardo, detrás la pared fría de hierro. El cuchillo se le cayó de la mano al suelo, con un ruido metálico que resonó en el silencio.

—No… no te acerques —susurró, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y miedo—. Yo puedo pagarte. Tengo dinero. Tengo…

—No tienes nada —la cortó Ramiro, deteniéndose a un metro de ella—. Lo gastaste todo en juego, en ropa, en tus viajes. No te queda nada. Solo te quedas tú. Y tú me vas a trabajar hasta que me pagues cada peso, con intereses. Limpiarás mis locales, contarás mi dinero, harás todo lo que yo te diga, sin quejarte nunca. Durante los próximos diez años, si te va bien. No vas a ver la luz del sol más que cuando yo te deje. No vas a tener casa, ni familia, ni nombre. Serás solo mi deuda andante. Eso es lo que te mereces.

Valeria abrió la boca para gritar, pero no le salió ninguna voz. Se dejó caer sentada en el suelo mojado, tapándose la cara con las manos, llorando de rabia impotente. Por primera vez en toda su vida, no tenía ninguna salida. Ninguna mentira que salvarla. Ninguna hermana que usar de escudo.

Ramiro se giró entonces hacia Elisa y Eduardo. Su expresión cambió, ya no había odio ni amenaza, solo una seriedad fría y profesional.

—El trato cambió —dijo, señalando a Valeria en el suelo—. Ella es la que me debe. No ustedes. Se la llevo ahora mismo. La deuda de setenta y ocho millones queda cancelada para siempre. No vuelvo a acercarme a su casa, a sus niños, a ninguno de ustedes. Lo que pasó aquí se queda aquí. Tenemos un acuerdo?

Eduardo miró a Elisa. Ella asintió despacio. No quería ni ver más a Valeria. Solo quería irse a casa, abrazar a los niños, ver que su madre estaba bien.

—Acuerdo —dijo Eduardo, extendiendo la mano.

Ramiro la apretó con fuerza, una sola vez. Luego hizo una seña a sus hombres. Dos de ellos agarraron a Valeria por los brazos, la levantaron del suelo sin delicadeza. Ella no opuso resistencia, seguía llorando en silencio, la mirada perdida, derrotada completamente. Antes de sacarla del almacén, Ramiro se detuvo un segundo y miró a Elisa:

—Fuiste más lista que ella. Mucho más. Cuídate. Y nunca vuelvas a meterte en asuntos que no te corresponden.

Y se fueron. Las puertas se cerraron de golpe detrás de ellos. El silencio volvió a caer sobre el almacén, más pesado que antes. Solo se oía la lluvia en el techo.

Elisa se quedó de pie en el mismo sitio, sin moverse, sin respirar. De repente toda la tensión de las últimas horas, de los últimos días, se le vino encima de golpe. Las piernas le flaquearon. Eduardo la agarró a tiempo, antes de que se cayera, la rodeó con sus brazos, la apretó fuerte contra su pecho. Ella se dejó ir, llorando contra su camisa mojada, llorando todo el miedo, todo el dolor, todas las mentiras que había tenido que aguantar durante semanas.

—Se acabó —le susurró él, acariciándole el pelo mojado, una y otra vez—. Se acabó, mi amor. Ya no va a hacerte daño nunca más. A nadie. Vamos a casa. Vamos a ver a los niños.

Salieron del almacén de la mano, caminando hacia el coche bajo la lluvia, que ahora parecía más suave, casi como una caricia. Cuando subieron, Eduardo agarró el teléfono y llamó a Doña Carmen. Le contó todo: Valeria capturada por Ramiro, deuda cancelada, madre a salvo, niños a salvo. La anciana soltó un sollozo de alivio al otro lado de la línea, les dijo que los esperaba con café caliente y que todo estaba bien en la casa.

El camino de vuelta se hizo en silencio, pero esta vez no era un silencio de miedo. Era un silencio de paz, de alivio, de algo que terminaba para siempre. Cuando doblaron la esquina de su calle, Elisa vio las luces encendidas de la casa, la verja cerrada, el jardín oscuro y tranquilo. Por primera vez desde que cruzó esa puerta como impostora, sintió que realmente llegaba a casa.

Doña Carmen los esperaba en la puerta, con la bata puesta, los ojos rojos de haber llorado también. En cuanto los vio entrar, los abrazó a los dos fuerte, sin decir nada. Luego les sirvió café caliente con leche, se sentaron los tres en la cocina, alrededor de la mesa de mármol, sin hablar mucho, solo disfrutando de estar vivos, de estar juntos, de estar a salvo.

A las cinco de la mañana empezó a salir el sol. Un sol débil, pálido, que se filtraba por las nubes grises de la lluvia, tiñendo el cielo de rosa y naranja suave. Elisa se levantó de la silla, caminó hacia la escalera, subió despacio hacia el primer piso. Fue primero a la habitación de los niños.

Lucas dormía boca arriba, con la boca abierta, el oso de peluche aplastado bajo su cabeza. Sofía tenía los brazos extendidos por encima de la almohada, el pelo desparramado por toda la cama, una sonrisa en los labios como si estuviera soñando algo lindo. Mateo dormía de lado, ahora relajado, sin los puños apretados, sin la mueca de preocupación que siempre tenía en la cara.

Elisa se quedó parada en la puerta, mirándolos, con el corazón lleno de una felicidad tan grande que le dolía el pecho. Eran suyos. No por sangre, no por apellido, no por una mentira. Eran suyos porque los había amado, los había cuidado, los había defendido con uñas y dientes. Nadie nunca se los iba a quitar.

—Son hermosos, ¿verdad? —dijo una voz suave a su espalda.

Eduardo estaba parado ahí, con una taza de café en la mano, mirándola con una expresión de ternura que nunca le había visto a nadie. Se acercó a ella, la rodeó por la cintura desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro. Juntos miraron a los niños dormir, mientras el sol entraba despacio por la ventana, iluminando sus caritas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Elisa, baja, sin girarse.

—Ahora —respondió él, apretándola un poco más contra sí—, ahora vivimos. Le decimos la verdad a los niños cuando sean un poco más grandes, cuando puedan entenderlo. Tu madre se viene a vivir con nosotros, tiene una habitación grande al lado de la de los niños, para que la cuidemos entre todos. Tú te quedas aquí. Conmigo. Con ellos. Si quieres, claro.

Elisa se giró en sus brazos. Lo miró a los ojos, esos ojos marrones cálidos que ahora conocía mejor que los de su propia hermana. Pensó en todo lo que habían pasado: las mentiras, los miedos, las amenazas, las noches sin dormir. Y pensó también en las risas de Lucas, en los dibujos de Sofía, en el abrazo tímido de Mateo, en la mano de Doña Carmen apretándole el brazo cuando tenía miedo, en los besos suaves que Eduardo le daba en la frente por las noches cuando creía que ella dormía.

No era la vida que había soñado cuando era chica, trabajando doce horas al día en la tienda de ropa, ahorrando para la operación de su madre. Era mucho mejor. Porque era real. Porque era suya.

—Yo quiero —dijo, sonriendo entre lágrimas, mientras él le secaba una mejilla con el dorso de la mano—. Me quedo. Para siempre.

Él sonrió también, y se inclinó despacio para besarla. Fue un beso suave, lento, lleno de todo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en semanas: miedo, esperanza, gratitud, amor. Un beso que no era de Valeria y Eduardo. Era de Elisa y Eduardo. El primero de muchos.

Más abajo, en la cocina, Doña Carmen los miraba desde la puerta, sonriendo con los ojos húmedos, mientras servía el desayuno para todos. Afuera, el sol ya había salido del todo, iluminando el jardín, las rosas, la verja de hierro. La lluvia había parado por fin.

Nadie sabía aún dónde estaba Valeria exactamente, ni qué le pasaría en los próximos años. Pero ya no importaba. Su sombra ya no cubría sus vidas. Se había ido para siempre.

Ahora solo quedaba ellos. Una familia extraña, formada por mentiras y miedos, pero unida por un amor más fuerte que todo eso. Una familia que había peleado junta, que había ganado junta, que iba a vivir junta.

Y por primera vez en mucho tiempo, todos durmieron en paz.

1
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play