Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La furia de la bella
El salón del trono estaba lleno. El rey Príamo y la reina Hécuba ocupaban su lugar, rodeados de los nobles y príncipes de Troya. Helena y Héctor permanecían de pie, juntos, observando cómo París entraba con paso arrogante, con la cabeza alta y una sonrisa de satisfacción que no se le borraba. Caminaba con el pecho hinchado de orgullo, y a su lado, caminaba Ifigenia, la princesa de Micenas, alta, de mirada desafiante, vestida con telas extranjeras.
París se detuvo frente al trono, sin notar la tensión que se había apoderado de la sala, y alzó la voz para que todos lo oyeran, triunfante:
—Padre, madre, nobles de Troya… he vuelto. Y no he vuelto solo. Traigo conmigo a Ifigenia, hija del gran rey Agamenón, princesa de Micenas. Igual que Helena, ella ha elegido Troya. Ahora tenemos no una, sino dos princesas griegas bajo nuestro techo. ¡Nuestra gloria se ha duplicado! ¡Nuestra fuerza es imparable!
Se quedó esperando aplausos, asentimientos, alegría. Pero el silencio fue su única respuesta. Los nobles se miraban entre sí, inquietos. Príamo frunció el ceño. Hécuba apretó los reposabrazos del trono con tanta fuerza que sus nudos se pusieron blancos. Nadie celebraba nada. Nadie veía una victoria. Veían una amenaza.
Y Helena no lo soportó más.
En un movimiento rápido, se dio la vuelta y arrancó la espada de la cintura de Héctor, antes de que él pudiera reaccionar. El metal brilló un instante bajo la luz de las antorchas, y antes de que nadie pudiera detenerla, Helena avanzó con paso veloz y furioso hacia París, con los ojos encendidos de una ira que nadie había visto jamás en ella.
—¡Eres un imbécil! —gritó con voz que cortó el aire como un látigo.
Al llegar frente a él, alzó el arma y con un movimiento seco y preciso, le asestó un corte profundo en el brazo izquierdo. La sangre brotó de inmediato, manchando su túnica de seda. París soltó un grito agudo de dolor, llevándose la mano a la herida, retrocediendo tambaleándose, pálido y atónito.
—¡¿Qué haces?! —exclamó, entre quejas y lamentos—. ¡¿Estás loca?! ¡Me has herido! ¡Soy un príncipe! ¡Cómo te atreves!
Helena no bajó la espada. Al contrario, la alzó más, apuntándolo con la punta, su mano firme, sin temblar, con una mirada tan feroz que todos los presentes contuvieron el aliento.
—¿Loca? —repitió ella, con amargura y furia—. ¡No estoy loca! ¡Estoy viendo con claridad lo que tú, en tu estupidez, no eres capaz de ver! ¡Has traído la destrucción a nuestras puertas! ¡Has traído la guerra, el fuego y la muerte a Troya! ¡Y todo por tu vanidad, por tu necio orgullo, por creer que todo lo puedes! ¡Todos vamos a morir por tu culpa! ¡Por tu estúpida idea de llevarte a la hija de Agamenón como si fuera un trofeo de caza!
—¡Yo soy un príncipe de Troya! —gritó él, intentando recuperar su dignidad, aunque seguía encogido, presionando su brazo sangrante—. ¡Tengo derecho a tomar lo que quiera! ¡Nadie me juzgará!
—¿Príncipe? —se burló Helena, con un desprecio que lo hizo encogerse aún más—. ¡Ja! ¡Te acabo de hacer un pequeño corte en el brazo y ya estás llorando y lamentándote como un niño asustado! ¡Tú vas a dirigir los ejércitos? ¡No! ¡Tú te vas a esconder como el cobarde que eres! ¡Te esconderás detrás de tu padre, detrás de tu madre, detrás de los muros que otros defenderán por ti!
Giró entonces la punta de la espada hacia el trono, señalando a Príamo y Hécuba con la misma dureza.
—¡Y ustedes también tienen la culpa! —les dijo, sin suavizar el tono—. ¡Sabiendo lo necio e imbécil que es, lo han consentido todo! ¡Lo han cubierto con su amor ciego, han perdonado cada una de sus idioteces, y ahora nos arrastran a todos al abismo! ¡Esto es lo que pasa cuando se cría a un príncipe sin coraje y sin juicio!
Giró de nuevo, y ahora la espada apuntaba directamente a Ifigenia. La joven la miró sin retroceder, aunque sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida por la furia de la mujer que todos creían frágil.
—¡Y tú! —le dijo Helena, con voz tajante—. ¡Tú sabes cómo es tu padre! ¡Sabes de lo que es capaz! ¡Y nos metes en medio de tu guerra con él! ¡Sabías lo que hacías y viniste de todos modos! ¡Mejor también te mato a ti! ¡Y mando los cuerpos de ambos a Agamenón para que ya no tenga motivo alguno para atacarnos! ¡O mejor solo mato a este imbécil y te dejo viva y amarrada para que tu padre sepa que no nos puede amenazar con nada! ¡Así no tendrá más remedio que dejarnos en paz!
Un silencio helado cayó sobre el salón. Nadie se movió. Nadie respiraba. Todos miraban a Helena con espanto y asombro. Jamás nadie habría imaginado que esa mujer, tan bella, de modales suaves y mirada dulce, pudiera contener tanta furia, tanta determinación, tanta fuerza. Parecía otra persona. Parecía una diosa de la guerra bajada a la tierra.
Solo Héctor se mantuvo inmóvil, mirándola, no con miedo, sino con comprensión. Dio un paso hacia ella, suave, sin prisa.
—Helena… —la llamó con voz baja, solo para ella.
Ella giró la cabeza hacia él, pero la espada no bajó. Sus ojos brillaban con intensidad, y su voz fue firme, tajante, sin dejar lugar a dudas:
—¡No te me acerques, Héctor! ¡No dejes que nadie se acerque! ¡Voy a matar a este maldito y así salvar a todos! ¡Es la única forma! ¡Antes de que queme nuestra ciudad y mate a nuestro hijo! ¡Déjame hacerlo!
Allí se quedó, con la espada en alto, el pecho subiendo y bajando con fuerza, rodeada de una corte aterrorizada, apuntando al hermano del hombre que amaba, dispuesta a todo por proteger lo que era suyo.