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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

La sala de maestros olía a café recalentado y a queja vieja.

Era viernes por la tarde y nadie tenía prisa por corregir exámenes. Alrededor de la mesa larga, mis colegas despotricaban contra la nueva reforma educativa, contra los formatos que cambiaban cada semestre, contra los sueldos que no cambiaban nunca. Después, como siempre, la conversación resbaló hacia lo doméstico: que si el marido de una no movía un dedo en la casa, que si la hija de otra no quería estudiar, que si el gasto ya no alcanzaba.

Yo escuchaba a medias, con la taza entre las manos, pensando en Sebastián y en el examen de admisión que se le venía encima. Pensando, sin querer, en un brazo lastimado, hinchado y rojo, que había curado dos días atrás dentro de un auto negro. En el modo en que ese muchacho me había mirado cuando le puse la pomada.

"Deja de pensar en eso, Beatriz."

—¡Ya, basta de amarguras! —Lucero Pacheco dio una palmada en la mesa que me sacó del trance—. Somos maestros, no monjas de clausura. Yo propongo que al salir nos vamos todos al karaoke. Hay uno nuevo por acá cerca, "Estrella". Tienen privados grandes y las micheladas están decentes.

Hubo un coro de "ay, no", "ya estoy grande para eso", "mañana tengo cosas", que en el fondo significaban lo contrario. Bastó que don Efraín Ordóñez —el profesor más viejo del departamento, setenta años y una voz de barítono que todavía hacía temblar a los alumnos— dijera "yo me apunto, hace un siglo que no canto" para que todos se apuntaran.

—Yo mejor me voy a mi casa —dije—. Sebastián está estudiando y…

—Nada, nada. —Lucero ya me tenía del brazo—. Comadre, tú eres la que más lo necesita. Un ratito. No te vas a morir por cantar un bolero.

Me dejé arrastrar. Reconozco que a veces es más fácil dejarse arrastrar que explicar por qué una no quiere.

Salimos en bola por el portón de la Universidad Central, riéndonos como si tuviéramos veinte años y no cuarenta, y ahí, recargado contra un poste, con las manos en los bolsillos de la chamarra y esa calma suya que parecía no gastarse nunca, estaba Dante.

Se me fue el aire un segundo. No debería. Es solo el vecino. Es solo el muchacho.

—Profesora Nava —dijo, y la palabra "profesora" en su boca siempre sonaba a broma privada, a algo con doble filo—. Vine a llevarla a casa.

—¡Ah, pero mira quién es! —Lucero abrió los ojos como platos y me clavó el codo en las costillas—. ¿Este galán viene por ti, comadre? ¿Y tú tan calladita?

—Es mi vecino —aclaré, sintiendo cómo me subía el calor a las orejas—. Nada más.

—Ajá. —Lucero no me creyó ni tantito. Se dirigió a Dante con la sonrisa de quien ya olió sangre—. Joven, nosotros vamos al karaoke aquí a la vuelta. ¿No nos acompaña? Así de paso nos cuenta de qué "vecindad" hablamos.

—Lucero —le advertí entre dientes.

Dante me miró a mí, no a ella. Como si la decisión fuera mía y no de nadie más.

—Con mucho gusto —respondió—. Si a la profesora no le molesta.

Debí decir que sí me molestaba. En cambio dije, muy digna:

—Haz lo que quieras.

Y así fue como terminé en un privado de karaoke un viernes por la tarde, apretujada en un sillón de peluche granate, entre ocho maestros de literatura envalentonados por la primera ronda de cervezas.

El lugar era una caverna de luces moradas y bocinas que retumbaban. En la pantalla giraba un videoclip ochentero con playas y cabello inflado. Don Efraín se aventó un José José que le arrancó aplausos sinceros; dos maestras jóvenes cantaron a dúo algo de Timbiriche, desafinando felices.

Lucero, con toda la mala intención del mundo, se sentó a mi izquierda. Y maniobró para que Dante quedara a mi derecha.

Quedé en medio. Como sándwich. Con el muslo de él rozándome el muslo cada vez que alguien se movía en el sillón, y yo fingiendo que no lo sentía, que aquello no me hacía nada, que era una mujer de cuarenta años perfectamente dueña de sí misma.

—A ver, a ver. —Lucero se inclinó hacia adelante para vernos a los dos—. Yo quiero saber la verdad. ¿Ustedes son novios o no son novios? Porque tanta "vecindad" no me la trago.

—No —dije yo.

—Todavía no —dijo él, al mismo tiempo.

Los maestros soltaron un "¡uuuuh!" que me hizo querer meterme debajo de la mesa.

—¡Todavía no! —Lucero se llevó la mano al pecho, encantada—. ¿Oyeron eso? Ay, joven, usted me cae bien. Oiga, ¿y no me pasa su WhatsApp? Digo, para organizar la próxima salida. Usted anima el grupo.

Sacó su celular. Dante, con toda naturalidad, empezó a dictarle su usuario.

—Solo quiero ser un buen…

No sé qué me pasó. Le arranqué el celular de la mano a Lucero antes de que terminara de teclear. Lo hice tan rápido que ella se quedó con los dedos en el aire.

—Para las salidas del grupo ya me tienes a mí —dije, y mi propia voz me sonó rara, tirante—. No hace falta llenarle el teléfono a la gente.

Se hizo un silencio de dos segundos. Dos segundos en los que Lucero me miró, miró a Dante, me volvió a mirar, y una sonrisa lentísima se le fue extendiendo por la cara.

—Claro, comadre —dijo, dulce como el veneno—. Como tú digas.

Le devolví su celular. Sentí la cara ardiendo.

"¿Qué diablos acabas de hacer, Beatriz?"

No tenía ninguna explicación. Ninguna que quisiera decir en voz alta, al menos. ¿Celos? No. Yo no estaba celosa de que otra mujer le pidiera el WhatsApp a un muchacho de veintidós años. Eso sería absurdo. Sería patético. Sería…

A mi derecha, Dante se había quedado muy quieto. No dijo nada. Pero cuando giré apenas la cabeza, lo alcancé a ver: estaba mordiéndose el interior de la mejilla para no sonreír, y jugaba con las llaves de su auto entre los dedos, ese tintineo suyo de cuando algo lo tenía contento y lo disimulaba.

Lo había visto todo. Por supuesto que lo había visto todo.

"No estás celosa, Beatriz. Es imposible. Tienes cuarenta años, un divorcio a medias y un hijo de dieciocho. Los celos son para las adolescentes. Tú solo… solo no querías que Lucero hiciera el ridículo. Sí. Eso fue."

Ni yo me lo creí.

—Bueno, ya. —Lucero se puso de pie, recargada en la mesa, la reina de la fiesta—. Se acabó lo aburrido. Vamos a jugar. Verdad o reto. Los que no jueguen, pagan la siguiente ronda.

Un rugido de aprobación recorrió el privado. Alguien apagó dos de las luces. Alguien más puso una canción lenta de fondo, de esas que ponen para crear "ambiente".

Se me revolvió el estómago. Ese juego no era para mujeres de cuarenta con un divorcio a medias y un hijo esperándola en casa.

—Yo paso —dije—. Yo pago la ronda y ya.

—¡Nada de eso! —Lucero levantó una servilleta y la rasgó en tiritas para hacer los papelitos—. Aquí nadie se escapa. Y como tú fuiste la que se puso celosita hace rato, comadre… —hizo una pausa teatral, saboreándola, mientras ocho pares de ojos se volteaban hacia mí en la penumbra morada— tú empiezas.

—¡Sí, sí, que empiece la profesora Nava! —corearon los demás, golpeando la mesa con las palmas.

Sentí la mano de Dante rozar la mía sobre el sillón. No fue un agarre. Fue apenas un roce, como diciendo "aquí estoy".

Y yo, con el corazón latiéndome en la garganta y una sonrisa falsa en la cara, no tuve manera de negarme.

—Está bien —dije—. Yo empiezo.

Ojalá hubiera pagado la ronda.

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