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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

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El choque con la realidad

El departamento de lujo en el sector más exclusivo de la capital, aquel que Deborah consideraba el símbolo supremo de su triunfo sobre Abelardo, se convirtió en el escenario de su más amarga humillación. Las paredes de mármol y las grandes cristalerías ya no reflejaban la envidia de sus conocidas, sino el murmullo venenoso que recorría los salones del club de golf.

Deborah caminaba de un lado a otro en la estancia, con los ojos inyectados en sangre, la respiración agitada y un vaso de licor temblando en su mano. La furia la devoraba por dentro. Haberse enterado de que la élite capitalina la catalogaba como la amante ignorante de un hombre mantenido por una mujer mayor destruía la frágil coraza de vanidad que con tanto celo protegía.

El sonido de la puerta principal anunció la llegada de Gastón. El hombre entró con soltura, aflojándose la corbata y dejando las llaves de su vehículo deportivo sobre la consola de entrada con una tranquilidad que terminó por encender la mecha.

—¡Es verdad! —gritó Deborah, encarándolo de golpe con la voz quebrada por la rabia—. ¡Dime que todo lo que están diciendo en el club es una maldita mentira, Gastón!

Gastón ni siquiera se inmutó. La miró de arriba abajo con una frialdad calculadora, sirviéndose un trago sin apresurar sus movimientos.

—No sé de qué demonios estás hablando, Deborah, y no tengo cabeza para tus dramas —respondió él con tono de fastidio.

—¡No te hagas el desentendido! —bramó ella, arrojando su bolso de marca sobre el sofá—. ¡Todo el mundo se está burlando de mí! ¡Dicen que eres un casado! ¡Que no tienes un solo centavo a tu nombre y que la vieja de tu esposa es la que sostiene tus negocios y hasta el carro en el que andas! ¡Me hiciste quedar como una estúpida ante toda la ciudad!

Gastón soltó una carcajada cínica que retumbó en las paredes de la estancia. Se acomodó en el sillón de cuero, dio un largo sorbo a su copa y clavó una mirada cargada de desprecio sobre Deborah.

—¿Y hasta ahora te vienes a dar cuenta? —dijo él, esbozando una sonrisa burlona—. Por favor, Deborah, no te hagas la santa ni la engañada. Tú no viniste a buscar amor ni fidelidad cuando me abriste las puertas mientras tu maridito se hundía en deudas. Tú buscabas una tarjeta de crédito, joyas y un estatus que Abelardo ya no te podía dar.

—¡Yo dejé a mi esposo por ti! —chilló ella con desesperación, sintiendo la punzada amarga de la decepción—. ¡Le quité todo, lo dejé en la ruina y me vine contigo pensando que eras un millonario de verdad! ¡Eres un mantenido, Gastón! ¡Un farsante!

Gastón cambió el gesto. Su rostro se volvió rígido, perdiendo todo vestigio de amabilidad. Se puso de pie lentamente, dejando la copa sobre la mesa, y dio dos pasos hacia ella.

—Mídete las palabras, muchachita —expresó él con voz grave y amenazante—. A mí no me vas a venir a hacer reclamos morales. Si tengo esposa y si mi vida financiera depende de mi matrimonio, a ti no te importa. Tú aceptaste las reglas de este juego desde el primer día que aceptaste mis regalos. Querías lujos, querías carteras de diseñador y viajes, y te los di. Pero si vas a empezar con exigencias de esposa, estás muy equivocada.

Deborah sintió que el mundo se le venía abajo. La ilusión de ser la señora de la alta sociedad se esfumaba en mil pedazos, dejándola acorralada en su propia ambición.

—¿Y qué pretendes que haga ahora? —preguntó ella, ahogándose en lágrimas de rabia—. ¡La gente se ríe de mí! ¡Nadie me respeta!

Gastón se encogió de hombros con absoluta indiferencia, le dio la espalda y caminó hacia su despacho. Antes de cruzar la puerta, se detuvo un segundo y se giró con una sonrisa helada:

—A mí me da exactamente igual lo que diga la gente. Y si no te gusta esta vida o si te molesta ser la segunda... ahí está la puerta. Te me vas cuando quieras. Nadie te está atando aquí. Pero acuérdate de una cosa: si te cruzas esa puerta, te vas con las manos vacías, porque aquí no hay nada que esté a tu nombre.

El portón del despacho se cerró con un golpe seco. Deborah se quedó paralizada en medio de la sala, en un silencio aplastante. Sola, humillada y vacía, comprendió el peso de su propia condena: la ambición la había llevado a cambiar a un hombre noble que lo dio todo por ella, por un tirano que la trataba como un adorno desechable. Y lo peor de todo era saber que, por miedo a volver a la nada, estaba dispuesta a agachar la cabeza y quedarse.

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