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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24 — El vacío que empieza a sentirse

Ya casi habían pasado dos semanas sin que Dino apareciera.

El primer día, Mela todavía se convenció de que no era nada y pensó que de verdad tenía cosas que resolver. Incluso cuando él no la llamó, siguió creyendo que estaría ocupado y que se comunicaría después.

El segundo día, el tercero, empezó a voltear varias veces hacia el camino angosto al final de la parcela. Cada vez que se oía el motor de una moto por aquel sendero, levantaba la cabeza por reflejo, esperando que fuera Dino. Pero siempre se tragaba la decepción al descubrir que era otra persona.

Los días fueron pasando y ya casi sumaban dos semanas desde que Dino se marchó. Dejó de contar, porque esperar en silencio resultaba más agotador que trabajar de sol a sol.

Esa mañana, el sol apenas despuntaba cuando Mela ya estaba en la parcela.

Sus manos arrancaban hojas amarillentas. Los pies la llevaban de un surco a otro. La boca daba instrucciones como de costumbre.

Pero todo se sentía a medias.

—Las de allá no les echen tanta agua —indicó.

Sin embargo, unos segundos después fue ella misma quien vertió el chorro con demasiada fuerza en el otro lado.

—Oye, Mel —la frenó Lucía de inmediato—. Es demasiada.

Mela se sobresaltó. —Ah, sí. —Cerró la llave a toda prisa.

Dora, que estaba parada no muy lejos, entrecerró los ojos.

Desde que Dino dejó de venir, ya había notado muchas cosas raras en Mela.

La mujer se equivocaba al contar los costales de la cosecha, se le caían los apuntes a cada rato y a veces se quedaba inmóvil demasiado tiempo con la vista clavada en el camino.

Esa no era la Mela de siempre.

Cuando llegó la hora del descanso, todos se sentaron bajo el árbol grande junto a la caseta. Se repartieron el té caliente y la yuca hervida como cada día.

Mela también se sentó. Pero solo sostenía el vaso sin beber.

—Mel —la llamó Dora.

Mela giró la cabeza y se encontró con la mirada directa de Dora.

—¿Qué te pasa a ti?

—Nada. ¿Por qué?

La respuesta salió demasiado rápido, como si no se diera cuenta de lo raro de su propio comportamiento.

Yolanda resopló. —Si no te pasa nada, ¿por qué andas todo el día como si se te hubiera perdido algo?

Lucía se rio. Susana le dio un codazo a Yolanda. Pero Mela apenas forzó una sonrisa débil.

—Solo estoy cansada —contestó.

—Mentira —la atajó Dora sin titubear—. Cansada estás siempre. Pero así... —señaló el rostro de Mela— así de rara, nunca.

Mela se quedó callada. Los dedos le apretaron el vaso con más fuerza.

—Yo creo que estás así desde que Dino dejó de venir. Cambiaste, andas distraída y el trabajo te sale de cualquier manera —observó Susana.

Mela alzó la cabeza de golpe. —N-no, para nada. ¿Quién anda distraída?

—¿Ves? —Lucía soltó una risita—. Te pusiste nerviosa al instante.

—A lo mejor... —Yolanda se acercó con una sonrisa pícara— lo que pasa es que extrañas a Dino, ¿no?

Mela abrió la boca. Pero no salió ni una sola palabra. Quiso negarlo. Quiso reírse y decirles que estaban exagerando. Pero, sin saber por qué, la lengua se le hizo de piedra.

Dora le estudió la mirada. Después, poco a poco, sonrió.

—Ya no hace falta que lo ocultes, Mel. Todo está clarísimo —dijo.

—¿Qué cosa está clara? —preguntó Mela en voz baja.

—Que te gusta Dino.

El alboroto estalló de inmediato. Lucía se dio una palmada en el muslo. —Por fin.

Susana se rio con ganas y Yolanda aplaudió bajito.

Mela agachó la cabeza, escondiendo el rubor que le ardía en las mejillas. —No digan tonterías —masculló.

—Si fueran tonterías, ya te habrías enojado hace rato —replicó Dora—. Pero te quedaste callada.

La frase le dio de lleno. Mela se quedó mirando la tierra a sus pies. El corazón le latía de un modo extraño.

¿De verdad le gustaba Dino?

Lo extrañaba cuando no lo veía. Lo buscaba con la mirada cuando no aparecía. Y sentía un hueco cuando él no estaba a su lado.

Si eso no era cariño, entonces ¿qué era?

—Pero tengo miedo —soltó al fin, casi en un susurro.

Todas enmudecieron.

Mela tragó saliva. —Yo ya confié con todo el corazón una vez, y el resultado... —Levantó la vista hacia el cielo despejado—. Me traicionaron, me hicieron de lado. —No mencionó el nombre de Arman, pero todas supieron de quién hablaba.

—Tengo miedo de equivocarme otra vez. De que me vuelvan a lastimar.

Dora se deslizó más cerca. —Mel. —El tono le salió mucho más suave que de costumbre—. No todos los hombres son iguales.

Yolanda asintió. —Si todos fueran como Benito, el mundo ya se habría acabado.

Todas se rieron, incluida Mela.

Luego Susana intervino: —Yo creo que Dino es diferente. Con solo ver cómo te mira se nota que él también siente algo por ti.

Lucía arqueó las cejas en tono de burla. —Te mira como quien mira un campo fértil en plena temporada de lluvias.

—Tu boca... —Dora contuvo la carcajada.

Pero la calidez de aquel momento fue relajando poco a poco los hombros tensos de Mela.

—No te estamos diciendo que te cases mañana. —Dora dejó escapar una risita—. Solo queremos decirte que no castigues a una persona buena por los errores de alguien del pasado. Tú mereces ser feliz. Y Dino también. Si los dos sienten lo mismo, ¿por qué no intentarlo?

Mela permaneció en silencio. Aquellas palabras le calaron hondo. Volvió a levantar la vista. La brisa sopló despacio. Las hojas se rozaron con suavidad.

Su mirada se desvió entonces hacia el sendero que conducía a la parcela. El camino que llevaba días vacío.

Y Mela cayó en cuenta de algo sobre sí misma. Sí, esperaba que Dino llegara. Pero resultó que esperar a alguien podía hacer que los días se sintieran mucho más largos de lo que había imaginado.

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