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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

...Nina....

Me desperté con el cuello torcido y la boca seca. El sillón. Me había quedado dormida en el sillón, pero estaba en la cama. La carta para sky —la busqué entre las sábanas, la mesita. Nada.

Santiago me cargó anoche. Santiago vio la carta.

Dejó de importarme cuando el recuerdo cayó como agua fría. Regina. «Santiago me compró el departamento de al lado.»

Lo encontré en la cocina. Camisa blanca sin abotonar, pelo húmedo.

—¿Le compraste un departamento a Regina?

Ni se dio vuelta.

—Buenos días para ti también.

—Santiago.

Ahora sí volteó. Ojos oscuros, cansados, firmes.

—No.

—Ella dijo que —

—Me importa un carajo lo que ella dijo.

Sacó el teléfono. Marcó. Altavoz, sin pedirme permiso.

—Papá. ¿Le dieron dinero a la familia de Regina? ¿Tú y mamá?

Don Eduardo contestó ronco, lejano.

—Fue un préstamo. Del negocio viejo con su padre. Tu madre insistió en ayudarlos cuando quebraron.

—¿Y el departamento?

—Parte del arreglo. Tu madre se lo ofreció hace meses. Yo no sabía que era junto a ustedes hasta —

—Hazla mover.

—Santiago, no puedo simplemente —

—Hazla mover, papá. O lo hago yo.

Colgó. Me miró.

—¿Contenta? No fue mi dinero. No fue mi decisión.

Debí decir gracias. Debí decir perdón.

—Igual se podría haber explicado ayer.

Cerró los ojos. Cuando los abrió había algo vulnerable disfrazándose de furia.

—¿Por qué le crees a ella y no a mí?

—No es que le crea —

—Sí. Sí es eso. —Se acercó un paso—. Llega una desconocida, dice cualquier cosa, y la tomas como verdad. Yo te digo que no pasó nada y necesitas pruebas, testigos, llamada a mi padre en altavoz.

Tenía razón. Y la razón por la que le había creído a Regina tan fácilmente era una que no podía decir en voz alta: que una parte de mí siempre esperaba que esto fuera mentira. Que Santiago Reverte no podía ser realmente mío.

—¿No somos esposos? —dijo, y la pregunta tenía filo.

—Somos —

—¿Somos qué, Nina? Dormimos juntos pero no nos besamos. Vivimos juntos pero no nos tomamos de la mano. Salimos a la calle y pareces mi roommate.

—Tú tampoco —empecé, pero no terminé, porque cruzó el espacio entre nosotros en dos zancadas y me besó.

Sin aviso. Sin permiso. Su mano en mi nuca, sus labios contra los míos, firmes, decididos. Tres segundos. Tal vez cuatro. Lo suficiente para que el mundo se inclinara cuarenta y cinco grados.

Se separó. Me miró desde arriba.

—Las parejas normales se besan —dijo.

Y se fue a cambiarse.

Me quedé parada en la cocina con los labios ardiendo, el café enfriándose y la capacidad cognitiva de una planta de interior.

...Santi....

Lo hice. Llevaba semanas pensándolo y lo hice de la peor forma posible: en medio de una pelea, a las siete de la mañana, con aliento a café.

Pero funcionó. Vi cómo se le desarmaron los ojos. Vi cómo le temblaron los labios.

Me encerré en la habitación. Que no venga a tocar la puerta, porque si viene no respondo.

No tocó.

...Nina....

Llegó de la aerolínea a las ocho. Se sentó en el otro extremo del sillón. Los dos pensando en lo mismo. Los dos fingiendo que no.

—Sobre lo de esta mañana —empecé.

—No me voy a disculpar.

—No te estoy pidiendo —

—Bien. Porque no me arrepiento.

Me mordí el labio. Sus ojos bajaron a mi boca y volvieron a subir en medio segundo.

—Solo iba a decir que hay que poner reglas. De día hay que ser decentes.

Un fantasma de sonrisa le cruzó la cara.

—¿Y de noche?

—De noche ya veremos.

Se acercó. Su mano en mi rodilla, subiendo, y la serie sonaba de fondo como ruido blanco de una vida que ya no se parecía a la que yo había planeado.

La mañana siguiente me desperté con su brazo sobre mi cintura. Abrió un ojo.

—¿Me estás mirando dormir?

—No.

—Mentirosa.

Me jaló hacia él. Yo me reí, intenté zafarme, no intenté zafarme para nada.

—Son las diez de la mañana —dije—. Nunca hemos... de día es...

Sus labios en mi cuello. La lógica se disuelve a cierta temperatura. Mi teléfono sonó. Lo ignoré. Volvió a sonar. Julián. Rechacé la llamada. Sonó cuatro veces más. No contesté ninguna.

Después, tirados en el sillón con la cobija que Doña Marta iba a tener que lavar sin hacer preguntas, le dije:

—Aunque seamos esposos, de día hay que ser decentes.

Esa casi-sonrisa más devastadora que una sonrisa completa.

—¿Eso no lo dijiste ayer?

—Sí, y claramente no funcionó.

Recogí el teléfono. Siete llamadas perdidas y un mensaje: «Voy con ustedes al cañón. Me apunté con Camila. Nos vemos mañana.»

Se lo mostré. Su cara no cambió. La mandíbula sí.

—Perfecto —dijo, con un tono que significaba lo opuesto.

...Santi....

Julián Ríos iba al cañón. Con su guitarra y su pelo de comercial y sus siete llamadas a las diez de la mañana.

La mañana de la salida, bajé al estacionamiento. Ahí estaba. Un Audi negro, reluciente, frente a nuestro edificio. ¿Quién más estacionaría un auto así a las siete de la mañana?

Nina seguía arriba empacando.

Encendí mi camioneta. Puse reversa.

Quiero que quede claro: fue absolutamente deliberado. Calculé el ángulo. Medí la distancia. Retrocedí con la precisión de alguien que aterriza aviones en tormentas y solté el freno en el momento exacto.

Metal contra metal. La defensa del Audi se hundió. La alarma se activó —ese pitido histérico que tienen los autos caros cuando les rompen el orgullo.

Suficiente para arruinarle el día. No tanto como para que fuera un delito.

Subí al departamento.

—¿Qué fue ese ruido? —dijo Nina en la puerta.

—¿Cuál ruido?

—Sonó como un choque.

—Habrá sido en la calle. ¿Lista?

En el estacionamiento, el Audi seguía chillando. Don Pacheco del 4B me señalaba desde su ventana. Nina miró el Audi. Miró mi camioneta. La defensa abollada. El Audi otra vez.

—Santiago.

Le abrí la puerta con una sonrisa que no era una sonrisa.

—Sube.

Se subió. Sacó el teléfono. Desde mi posición alcancé a leer la pantalla:

«Tu marido acaba de chocar mi carro.»

Se quedó inmóvil tres segundos. Después, con una calma que me dio miedo y admiración en partes iguales, apagó el teléfono y lo guardó en su bolsa. Se puso el cinturón. Miró al frente.

Arranqué. La alarma del Audi seguía sonando. El sonido más hermoso que había escuchado en semanas.

Veinte minutos en silencio. Nina con los brazos cruzados, una expresión entre furia y risa contenida. Aceleré sin darme cuenta. Ciento cuarenta. Ciento sesenta.

—Santiago, baja la velocidad.

Su mano en mi brazo. Dedos apretando suave. Bajé a noventa.

—Perdón.

—¿Por la velocidad o por el Audi?

—Por la velocidad.

Soltó un sonido. Mitad suspiro, mitad risa que no quiso serlo. Sus dedos seguían en mi brazo. No los quitó.

Nina conectó su Bluetooth al estéreo sin pedir permiso. Eso me gustó. Los primeros días se sentaba rígida como si el copiloto fuera prestado. Ahora se adueñaba del sonido como si la camioneta también fuera suya.

La primera canción fue esa. La misma de la otra noche.

La miré por el retrovisor. Ventana abierta, pelo volándole sobre la cara, tarareando sin darse cuenta, ojos cerrados contra el sol.

Cuatro años viendo sus playlists en redes. Sabiendo qué canciones repetía cuando estaba triste, cuáles ponía a las tres de la mañana. Leyendo sus listas de reproducción como si fueran cartas.

Y ahora estaba aquí. En mi camioneta. Con mi apellido.

«Siempre imaginé que una mirada tuya era una conversación completa.»

—¿Qué? —dijo, abriendo los ojos.

—Nada.

—Me estabas viendo.

—Es el retrovisor. Reviso los puntos ciegos.

—Ajá.

Sonrió. Pequeño, involuntario. Volví a mirar la carretera con la certeza absurda de que podría manejar para siempre si ella seguía sentada ahí.

...Nina....

Llegamos por Camila a las once. Pelo recién planchado. Pestañas postizas. Labios rojos. Maleta que pesaba como si hubiera empacado un departamento entero.

—¿Cuántos días es el viaje? —preguntó Santiago cargándole la maleta.

—Tres —dije.

—Parece que empacó para tres meses.

Camila se acomodó en el asiento trasero como en su sala personal.

—¿Nina te contó que también va Marcos? ¿Y que la última vez que lo vi estaba en pants con un grano del tamaño de un tercer ojo? Fue traumático.

—Por cierto, ¿es verdad que chocaste el carro de Julián? Me llegó un TikTok del vecino del 4B filmando el Audi abollado y de fondo se escucha: «fue el piloto del sexto».

Enterré la cara en las manos. Santiago subió el volumen.

—Tiene doscientas vistas —siguió Camila.

—Trescientas —corrigió Santiago sin inflexión alguna.

—¿Ya lo viste? —pregunté.

—Me lo mandó Marcos.

Camila se recostó con una sonrisa gigante.

—Este viaje va a ser increíble.

Santiago tomó la autopista. Camila se puso audífonos. Lo miré de reojo. Me sostuvo la mirada un segundo en el retrovisor. Solo un segundo.

«Las parejas normales se besan.»

Bajé la ventana. Dejé que el aire me desordenara el pelo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me molesté en acomodarlo.

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