Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 11
Cap 11: La novia de Sierra Clara
Gabriel leyó las diecisiete condiciones sin interrumpir.
Eso fue lo primero que hizo bien.
Lo segundo fue no sonreír cuando llegó al punto de la cocina.
Camila lo observó desde el otro lado de la mesa del patio, lista para retirar la oferta entera si detectaba una sola pizca de burla. Marta estaba sentada junto a ella como testigo. Nico había sido enviado a comprar pan para evitar que intentara declarar algo heroico en medio de la negociación.
Gabriel pasó la última página.
—Acepto quince.
Camila se puso rígida.
—¿Cuáles no?
—El punto nueve: «Si una persona de Sierra Clara me insulta por ser de bajo rango, puedo responder sin pedir permiso».
—Ese no se toca.
—No quiero quitarlo. Quiero ampliarlo. Puede responder. También puede solicitar una sanción formal.
Camila parpadeó.
—Ah.
Marta escondió la boca detrás de la taza.
Gabriel siguió.
—El punto doce: «Gabriel Serrano no podrá usar la orden de alfa sobre mí salvo peligro inmediato».
—Ese tampoco se toca.
—Quiero agregar que, si alguna vez lo hago, deberá quedar asentado por escrito con motivo, testigo y derecho de impugnación.
Camila lo miró durante un largo momento.
—Usted es muy raro.
—Me lo han dicho.
—¿Acepta todo lo demás?
—Sí.
—¿Incluso que no puede entrar a mi cuarto sin permiso?
—Especialmente eso.
—¿Incluso que puedo administrar mi propio dinero?
—Es suyo.
—¿Incluso que mi familia no podrá pedirme cosas usando su nombre?
Gabriel miró brevemente a Marta.
No con amenaza. Con claridad.
—También.
Marta bajó la vista.
Camila apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces acepto.
La palabra no tuvo música.
No hubo campanas.
No hubo luna abriéndose entre nubes.
Solo el sonido de Marta inhalando, de la pluma del archivista moviéndose, de Gabriel quedándose completamente quieto como si la frase hubiera entrado más hondo que el cuchillo de plata.
—Camila —dijo.
—¿Va a intentar convencerme de no hacerlo después de traer diecisiete páginas de términos?
—Voy a preguntarle si está segura.
—No.
El archivista levantó la cabeza.
Marta también.
Gabriel no.
Camila continuó:
—No estoy segura de usted. No estoy segura de Sierra Clara. No estoy segura de mi loba cuando usted se acerca, y eso mi molesta mucho. Pero estoy segura de que no quiero volver a vivir esperando que Vega decida si puedo respirar. Estoy segura de que prefiero una puerta con condiciones escritas por mí a una jaula decorada por ellos.
Gabriel asintió.
—Entonces firmaremos como unión legal provisional, con revisión en seis meses.
—Tres.
—Cuatro.
—Tres y medio.
El archivista dejó de escribir.
Gabriel la miró.
—Eso no es una unidad legal común.
—Invéntela. Usted es juez.
Marta tosió.
Gabriel bajó la mirada al documento.
—Noventa días, con opción de extensión voluntaria.
Camila sonrió apenas.
—Vio que sí podía.
—Estoy aprendiendo.
Firmaron al mediodía.
No fue una boda.
Fue peor, en cierto sentido. Una boda podía esconderse bajo flores. Aquello era tinta pura: nombre, voluntad, condiciones, jurisdicción, protección, unión. Camila escribió su firma sin que le temblara la mano. Gabriel firmó después. Su letra era firme, sobria, terriblemente suya.
Cuando el sello de Sierra Clara cayó sobre el papel, la loba de Camila se levantó.
No hubo marca de mordida.
No hubo mordida.
No hubo ceremonia de pareja destinada.
Aun así, algo en el aire reconoció un cambio.
Marta empezó a llorar en silencio.
Camila la miró con alarma.
—No estoy muriendo.
—Te estás casando.
—Provisionalmente.
—Eso no se dice en una cocina con un alfa enfrente.
Gabriel, prudente, fingió revisar otra página.
Nico regresó con pan justo cuando todo había terminado. Al escuchar la noticia, dejó caer la bolsa.
—¡Me perdí la firma!
—Por eso te mandé por pan —dijo Camila.
—¡Traición!
—Pan primero, drama después.
Gabriel se agachó, recogió la bolsa y se la devolvió.
—Necesitaré un testigo joven en Sierra Clara mañana, si su hermana lo permite.
Nico se quedó sin aire.
Camila miró a Gabriel.
—Eso fue bajo.
—Fue estrategia familiar.
—Fue soborno.
—Con pan ajeno.
Marta rió llorando.
Así, de manera absurda, Camila Rojas se convirtió en la novia legal provisional del alfa de Sierra Clara entre una mesa coja, café recalentado y el pan que su hermano había aplastado en el camino.
Al día siguiente, la llevaron a Sierra Clara.
La casa principal de Gabriel no tenía la ostentación blanca de los Salazar ni la arrogancia militar de los Vega. Estaba en las colinas al norte de Santa Aurelia, rodeada de pinos, patios de piedra y corredores abiertos donde el viento olía a resina, café tostado y lluvia antigua.
Casa Serrano.
Camila bajó del coche con un vestido verde oscuro que Elena había enviado esa mañana «por si la ropa de guerra necesitaba descansar». La nota había incluido esa frase exacta. Camila decidió que Elena Salazar era más peligrosa de lo que parecía.
Nico bajó detrás, intentando parecer guardaespaldas.
Marta no había ido. Demasiados ojos. Demasiado rango. Demasiada posibilidad de decir algo lamentable por nervios.
Gabriel esperaba en la entrada.
No extendió la mano para ayudarla a bajar.
Esperó a que ella pusiera ambos pies en el suelo.
Luego dijo:
—Bienvenida a Sierra Clara.
La manada estaba reunida en el patio principal.
No todos, probablemente. Pero sí suficientes para que Camila sintiera el peso de decenas de aromas sobre ella. Curiosidad, duda, recelo, sorpresa. Algunos respetuosos. Otros no.
De bajo rango.
El pensamiento no fue dicho, pero muchos lobos olían a eso.
Camila levantó la barbilla.
Había entrado a Casa Vega con catorce años y un contrato ajeno. Entraba a Sierra Clara con veintiuno, diecisiete condiciones y zapatos que le apretaban un poco.
Era una mejora.
Una mujer mayor dio un paso al frente. Cabello plateado, collar de perlas, aroma a lavanda seca y metal frío.
—Alfa Gabriel —dijo—. No se nos informó que la unión sería presentada tan pronto.
Gabriel no pareció sorprendido.
—Anciana Amalia. La unión ya está firmada. La presentación es cortesía.
Un murmullo recorrió el patio.
Camila miró a Gabriel de reojo.
Él no la había advertido de esa frase.
La anciana Amalia apretó los labios.
—Sierra Clara respeta la ley. Pero una candidata a luna debe ser revisada por el consejo interno.
—Será revisada.
—Y educada.
Camila sonrió.
Pequeño.
Malo.
Gabriel no la miró, pero su aroma cambió lo suficiente para que ella supiera que lo había notado.
—Si se refiere a las reglas de Sierra Clara —dijo Camila—, agradeceré que me las expliquen por escrito. Si se refiere a bajar la cabeza cuando alguien me insulte bonito, ya tuve educación suficiente en Vega.
El patio quedó tan silencioso que Nico dejó de fingir valentía y se escondió medio paso detrás de ella.
La anciana Amalia la miró como si acabara de encontrar una astilla en una copa de cristal.
—Habla con mucha libertad.
—Me costó bastante conseguirla. La uso para que no se oxide.
Alguien al fondo ahogó una risa.
Gabriel, imperdonable, no ayudó.
La anciana giró hacia él.
—Alfa.
—La condición nueve de nuestro contrato permite respuesta directa ante insultos por rango —dijo Gabriel—. La ampliación aprobada esta mañana permite también solicitar una sanción formal. Sugiero que no probemos el alcance completo el primer día.
Camila sintió que varias miradas se clavaban en ella con horror renovado.
Contrato.
Condiciones.
Respuesta directa.
Sanción formal.
Sierra Clara acababa de descubrir que su nueva candidata a luna había llegado con términos.
Camila descubrió que disfrutaba un poco eso.
Una mujer más joven, tal vez una beta, se acercó con una bandeja de bienvenida. Había una copa con agua de luna, una ramita de laurel y una cinta gris plateada.
—Tradición de entrada —explicó Gabriel en voz baja—. Agua por territorio, laurel por protección, cinta por vínculo legal. No es juramento.
Camila agradeció la explicación.
La beta le ofreció la copa.
—Beba y acepte el resguardo de Sierra Clara.
Camila tomó la copa.
Antes de beber, miró a la manada.
—Acepto resguardo. No dueño.
La beta parpadeó.
Gabriel dijo:
—Registrado.
Camila bebió.
El agua estaba fría y sabía a piedra, hojas y algo muy leve de plata limpia. No dolió. La cinta fue atada alrededor de su muñeca izquierda, por encima del vendaje casi curado. Gabriel no la tocó. La beta hizo el nudo.
Luego vino el laurel.
Camila lo sostuvo y, por un segundo, el viento cambió.
El aroma de Sierra Clara subió desde la piedra del patio: pino, café, lluvia, tinta, metal limpio, pan de alguna cocina lejana. Entre todos esos olores, el de Gabriel la encontró con una precisión que le cortó el aliento.
Su loba respondió.
No con sumisión.
Con reconocimiento.
El patio lo olió.
No completo. No claro. Pero lo suficiente para que algunos rostros cambiaran.
La anciana Amalia entreabrió -> entrecerró los ojos.
Nico susurró:
—¿Eso fue bueno?
Camila, apartar la mirada de Gabriel, murmuró:
—No tengo idea.
Gabriel sí parecía tenerla.
Y por primera vez desde que ella lo conocía, el alfa juez de Sierra Clara pareció verdaderamente preocupado.
No por Damián.
No por la ley.
Por el modo en que la manada acababa de oler el principio de algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.