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Renací Casada con un Príncipe

Renací Casada con un Príncipe

Status: Terminada
Genre:Época / Reencarnación / Completas
Popularitas:407
Nilai: 5
nombre de autor: Rosana Lyra

A los veintitrés años, Luna sobrevive con tres empleos, durmiendo poco y soñando con algo tan simple como que alguien la ame y la deje descansar. Lo único que pide es una vida distinta. Nunca imaginó que el universo la tomaría tan al pie de la letra.

Una fría noche de invierno, todo termina… y todo empieza. Luna despierta en el cuerpo de una princesa, con una corona sobre la cabeza, un palacio a su alrededor y un hombre imposiblemente guapo que la mira como si fuera lo único que existe en el mundo. Dice ser su marido. Y no es un hombre cualquiera: es Leon, el príncipe que sería capaz de incendiar un reino entero con tal de protegerla.

Pero adaptarse a una corte donde todos hablan como salidos de un libro de historia no es tan fácil cuando tu cabeza sigue pensando en wifi, café y ocho horas de sueño. Y menos cuando alguien te quiere fuera del camino: Moyra, la protegida de la familia real, esconde tras sus sonrisas y sus lágrimas una obsesión peligrosa. Está convencida de que el lugar de Luna —y el corazón de Leon— le pertenecen por derecho, y hará lo que sea para recuperarlos.

NovelToon tiene autorización de Rosana Lyra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 - El Jardín de Mi Luna

Llevé a Luna al jardín justo después del desayuno. Caminaba a mi lado en silencio, con un vestido claro de mangas ligeras y, para mi satisfacción, dos bolsillos cosidos a los costados.

Desde que había descubierto los bolsillos, Luna metía algo dentro de ellos todos los días.

Aquella mañana llevaba un trozo de pan dulce. Lo sabía porque ya le había dado dos mordiscos mientras caminábamos.

—Aún no comprendo por qué escondes comida en la ropa —comenté.

Luna me miró.

—Porque nunca se sabe cuándo va a atacar el hambre.

—Hay comida en todo el palacio.

—Eso no significa que vaya a estar cerca cuando la necesite.

—Podrías llamar a un criado.

—O podría tener pan dulce en el bolsillo.

No había argumento capaz de vencerla.

Seguimos por el corredor de piedra hasta la parte más reservada de los jardines. Aquel lugar quedaba apartado de las zonas que frecuentaba la corte y tenía un portón de hierro blanco que permanecía cerrado con llave.

La llave la tenía yo. Siempre la tenía yo. Luna observó cuando saqué la pequeña llave del bolsillo.

—¿Este lugar es secreto?

—Privado.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los secretos se ocultan. Esto simplemente nos pertenece.

Ella se quedó en silencio unos segundos.

—¿Dices esas cosas a propósito?

—¿Qué cosas?

—Frases que parecen sacadas de una novela.

—Solo digo la verdad.

—Eso es todavía peor.

Abrí el portón y la dejé entrar primero.

Luna se detuvo en cuanto vio el jardín.

Había imaginado aquel momento muchas veces desde que ella despertara. Pensé que quizá las flores le trajeran algún recuerdo. Tal vez el aroma, los colores o el camino de piedras despertaran algo que aún siguiera escondido dentro de ella.

Pero no esperaba que mi propio pecho doliera tanto al verla allí de nuevo.

El jardín era circular, rodeado de árboles altos y muros cubiertos de hiedra. En el centro había una pequeña fuente de piedra. Alrededor, veintitrés canteros formaban senderos delicados, cada uno con flores diferentes.

Luna caminó despacio.

Pasó junto a lirios amarillos, tulipanes rosados, lavandas y unas pequeñas flores azules que solía llevar en el cabello.

—¿Todo esto es mío? —preguntó.

—Es nuestro.

—Leon.

—Sí.

—¿Cuántas flores hay aquí?

—No las conté todas.

—Hablo de los canteros.

—Veintitrés.

Ella se volvió hacia mí.

—¿Veintitrés?

—Uno por cada año de tu vida.

Luna miró otra vez a su alrededor.

—¿Me estás diciendo que pasaste años haciendo un jardín temático?

—Sí.

—¿Un cantero nuevo por cada cumpleaños?

—Sí.

—¿Incluso cuando estabas en la guerra?

—Enviaba instrucciones.

Ella se pasó la mano por el rostro.

—Eres completamente obsesivo.

—Sí.

Luna abrió la boca, pero no dijo nada. Por primera vez desde que había despertado, logré dejarla sin respuesta.

Aquello me trajo una pequeña satisfacción.

—¿No lo vas a negar? —preguntó.

—¿Negar qué?

—Que eres obsesivo.

—Sería deshonesto.

—Al menos lo admites.

—Nunca oculté lo que siento por ti.

Ella soltó un suspiro y volvió a caminar. La acompañé sin prisa. Luna se detuvo ante un cantero de pequeñas flores moradas.

—¿Estas fueron de qué cumpleaños?

—Del decimotercero.

—¿Por qué?

—Ese año dijiste que eran las flores más bonitas que habías visto.

—¿Y lo recordaste?

—Recuerdo casi todo lo que dijiste.

Ella me miró de una manera extraña. Había ternura, pero también tristeza.

—Eso debe de ser difícil.

—¿El qué?

—Recordar por los dos.

La sinceridad de la frase me golpeó. Desvié la mirada hacia las flores.

—Sí.

No deseaba hacerla sentir culpa. Pero mentir sería peor. Luna se acercó.

—Yo quería recordar.

—Lo sé.

—A veces siento que te estoy decepcionando.

—Jamás.

—Leon...

—Jamás —repetí—. Tu memoria no determina tu valor. Tampoco cambia lo que eres para mí.

Ella bajó los ojos.

—Pero yo cambié.

—Algunas cosas cambiaron.

—¿Y eso no te molesta?

Pensé antes de responder.

—Me asusta.

Luna levantó el rostro.

—¿Por qué?

—Porque temo que descubras quién eras para mí y decidas que ya no deseas ocupar ese lugar.

Ella se quedó inmóvil.

No solía hablar de mis miedos. Me habían criado para ocultar debilidades, soportar pérdidas y cargar responsabilidades sin vacilar.

Pero Luna siempre había visto aquello que yo escondía. Tal vez aún lo viera.

—No quiero que me tengas miedo —dijo ella.

—No te temo a ti.

—Temes perderme.

—Todos los días.

Luna se acercó más.

—Estoy aquí.

—Lo dices con frecuencia.

—Porque es verdad.

—Tu cuerpo está. Tu corazón, aún no lo sé.

El dolor en sus ojos hizo que me arrepintiera de inmediato.

—No quise herirte.

—Lo sé.

Ella respiró hondo.

—Tal vez mi corazón esté intentando entender.

Le tendí la mano.

—Ven.

La conduje hasta el cantero más cercano a la fuente. Las rosas blancas estaban abiertas, perfectas bajo la luz de la mañana.

Luna se detuvo ante ellas.

—Son hermosas.

—Eran tus favoritas.

Ella tocó uno de los pétalos. Entonces se quedó completamente inmóvil.

—¿Luna?

Ella no respondió. Su rostro perdió el color. La mano empezó a temblarle. Me acerqué rápidamente.

—¿Qué pasó?

Luna cerró los ojos. Vi una lágrima resbalar por su rostro.

—Vi algo.

El corazón se me aceleró.

—¿Qué?

—Una mano sosteniendo la mía.

Ella apretó sus propios dedos, como si aún sintiera el contacto.

—Y oí una voz.

—¿Qué decía?

Luna abrió los ojos y me miró de frente.

—«Mi Luna».

El mundo pareció detenerse. Yo la llamaba así desde el primer año en que nos conocimos.

—¿Era mi voz? —pregunté.

—No lo sé.

Otra lágrima cayó.

—No sé por qué estoy llorando.

La atraje hacia mis brazos. Luna no se resistió. Se aferró a mi ropa y escondió el rostro en mi pecho.

—¿Qué pasó? —pregunté de nuevo, aun sabiendo que ella no tenía respuesta.

—No lo sé.

La abracé con más fuerza.

—Entonces lloraremos juntos hasta que lo descubras.

Luna soltó una pequeña risa en medio de las lágrimas.

—Esa frase no tiene sentido.

—No hace falta que lo tenga.

—Tú no estás llorando.

—Todavía no.

Ella se apartó apenas lo suficiente para mirarme el rostro. Tenía los ojos rojos.

—De verdad me amas, ¿no?

La pregunta me dejó en silencio. No porque no supiera la respuesta. Sino porque ninguna palabra parecía lo bastante grande.

Le toqué el rostro.

—Amarte se ha vuelto tan natural como respirar.

Luna contuvo la respiración. Sus ojos permanecieron en los míos.

—Leon...

Le pasé el pulgar por la mejilla.

—Extraño la forma en que me mirabas. —Ella no se apartó—. Extraño tus sonrisas.

—Todavía sonrío.

—No de la misma forma.

Luna bajó los ojos.

—Extraño tu voz llamando mi nombre como si fuera una promesa. —Su mano apretó mi ropa—. Y extraño tus besos.

Cerré los ojos un momento. Había prometido esperar. Había prometido darle tiempo, espacio y libertad para elegir.

Pero Luna estaba allí, en mis brazos, con el perfume de las rosas alrededor y los ojos clavados en mis labios.

Mi control desapareció.

—Perdóname solo una vez más.

Le sostuve el rostro y la besé. Esta vez no hubo la delicadeza cuidadosa de los establos. El beso nació de la nostalgia. De meses lejos de ella. De noches en la guerra imaginando si volvería vivo.

De la desesperación de haberla visto sin respirar.

Luna se sorprendió solo un instante. Después me sujetó la nuca. Aquel gesto destruyó todo lo que aún me mantenía racional.

Profundicé el beso, atrayéndola más cerca. Sus labios respondieron a los míos, primero vacilantes, luego cálidos y vivos.

Ella no recordaba. Pero su cuerpo parecía recordar el camino hasta mí. Cuando por fin me aparté, me quedé con la frente apoyada en la suya.

Mi respiración estaba entrecortada.

Me falló la voz.

—Estaba empezando a olvidar cómo tus labios encajaban con los míos.

Luna se quedó completamente sin palabras. Tenía los ojos muy abiertos, las mejillas encendidas y los dedos aún enredados en mi cabello.

Sonreí.

—Por fin conseguí silenciarte.

Ella parpadeó varias veces.

—No te acostumbres.

—No pretendo hacerlo.

Luna desvió la mirada, pero no se apartó de mí.

Y, en aquel jardín construido para celebrar su vida, comprendí que tal vez no necesitara recuperar todo lo que habíamos perdido.

Tal vez pudiéramos empezar de nuevo.

Flor por flor.

Beso por beso.

Recuerdo por recuerdo.

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