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Cautiva

Cautiva

Status: Terminada
Genre:Elección equivocada / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 El orfanato de los silencios

Dos semanas después de descubrir que era adoptada, Ana Laura seguía sintiendo que caminaba entre dos mundos.

Por un lado estaba la vida que siempre había conocido.

La mansión Ventura.

El amor de Samuel y Gabriela.

La seguridad de una familia que jamás la había tratado como algo distinto a una hija.

Por otro lado estaba aquel vacío.

Aquella ausencia.

Un pasado desconocido que se abría ante ella como un camino cubierto de niebla.

Y cada día que pasaba sentía una necesidad más fuerte de recorrerlo.

Aquella mañana, mientras observaba la carretera desde la ventanilla del automóvil, sus manos no dejaban de juguetear nerviosamente con la correa de su bolso.

Samuel conducía en silencio.

Sabía que su hija necesitaba espacio para procesar lo que estaba viviendo.

De vez en cuando la observaba de reojo.

Y cada vez confirmaba la misma realidad.

La niña que había llevado a casa veintiún años atrás ya no era una niña.

Era una mujer decidida.

Y nada podría detenerla.

—¿Estás segura? —preguntó finalmente.

Ana apartó la vista de la ventana.

—No.

Samuel sonrió levemente.

—Es una respuesta honesta.

—Tengo miedo.

—Es normal.

Ella bajó la mirada.

—¿Y si descubro algo horrible?

Samuel guardó silencio unos segundos.

—Entonces lo enfrentaremos juntos.

Aquellas palabras le calentaron el corazón.

Porque eso era exactamente lo que él había hecho toda la vida.

Estar.

Simplemente estar.

No importaba el problema.

No importaba la tormenta.

Samuel Ventura siempre encontraba la manera de protegerla.

Una hora después, el automóvil atravesó las afueras de la ciudad.

El paisaje comenzó a cambiar.

Las modernas urbanizaciones desaparecieron poco a poco.

Las avenidas se hicieron más estrechas.

Las casas más antiguas.

Hasta que finalmente aparecieron frente a un edificio de dos plantas rodeado por una vieja cerca blanca.

Ana sintió un vuelco en el estómago.

Sobre la entrada podía leerse un cartel desgastado.

Hogar Infantil Santa Elena.

El lugar donde todo había comenzado.

Durante varios segundos permaneció inmóvil.

Observándolo.

Intentando comprender que alguna vez había vivido allí.

Que antes de ser Ana Laura Ventura había sido simplemente una niña sin familia.

—¿Quieres que entre contigo? —preguntó Samuel.

Ella respiró profundamente.

—Sí.

El hombre asintió.

Y juntos caminaron hacia la entrada.

Una mujer de unos sesenta años los recibió en la oficina principal.

Tenía el cabello completamente gris y unos ojos amables que transmitían experiencia.

Al escuchar el nombre de Ana Laura, su expresión cambió inmediatamente.

—¿Ana Laura?

La joven se sorprendió.

—¿Me conoce?

La mujer sonrió.

—Yo era una de las cuidadoras cuando llegaste aquí.

Ana sintió que el corazón le daba un salto.

—¿Lo recuerda?

—Claro que sí.

Las lágrimas aparecieron inesperadamente en los ojos de la anciana.

—Eras una bebé preciosa.

Aquellas palabras provocaron una emoción extraña en Ana.

Porque por primera vez estaba frente a alguien que la había conocido antes de los Ventura.

Antes de todo.

—Soy Sor Teresa.

—Mucho gusto.

—Me alegra verte.

Samuel intervino.

—Mi hija desea conocer información sobre sus padres biológicos.

La sonrisa de la mujer desapareció lentamente.

Ana lo notó.

Y también notó algo más.

Incomodidad.

—¿Sucede algo? —preguntó.

Sor Teresa bajó la mirada.

—Han pasado muchos años.

—Lo sé.

—Algunos documentos desaparecieron.

Ana frunció el ceño.

—¿Desaparecieron?

—Sí.

—¿Cómo puede desaparecer información tan importante?

La mujer pareció ponerse nerviosa.

—Las cosas eran diferentes en aquella época.

Aquella respuesta no convenció a Ana.

Ni un poco.

—¿Hay algo que recuerde?

Sor Teresa permaneció en silencio.

Demasiado tiempo.

Finalmente habló.

—Recuerdo el día que llegaste.

Ana se inclinó hacia adelante.

—¿Qué ocurrió?

—Fue extraño.

—¿Por qué?

La anciana suspiró.

—Porque nadie te dejó aquí.

La joven quedó inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

—Te encontramos frente a la puerta principal.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—¿Me abandonaron?

—No exactamente.

—Entonces explíqueme.

Sor Teresa abrió un cajón.

Sacó una carpeta amarillenta.

Y la colocó sobre el escritorio.

—Cuando te encontramos llevabas esto contigo.

Del interior extrajo una pequeña manta blanca cuidadosamente doblada.

Ana la observó.

Estaba desgastada por el tiempo.

Pero parecía haber sido de excelente calidad.

Nada que ver con lo que alguien sin recursos habría utilizado.

—También había una nota.

La respiración de Ana se aceleró.

—¿Una nota?

La mujer asintió.

Abrió la carpeta.

Y sacó una hoja protegida por plástico.

—Es la única copia que conservamos.

Ana tomó el documento con manos temblorosas.

La letra era elegante.

Delicada.

Visiblemente escrita por una mujer.

"Por favor, cuiden de ella. La aman más de lo que algún día podrá comprender. Si Dios es justo, algún día sabrá la verdad."

Nada más.

Ni nombre.

Ni fecha.

Ni explicación.

Solo aquellas palabras.

Ana sintió un nudo en la garganta.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Nunca encontraron a quien la escribió?

—No.

—¿Nadie preguntó por mí?

Sor Teresa dudó.

Una vez más.

Y aquella vacilación despertó las alarmas de Ana.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Está ocultándome algo.

La anciana negó rápidamente.

—No.

—Sí.

—Ana...

—Por favor.

El silencio llenó la oficina.

Finalmente Sor Teresa se puso de pie.

Caminó hasta la ventana.

Y habló sin mirarla.

—Hubo personas que preguntaron por ti.

La joven sintió que el corazón dejaba de latir por un segundo.

—¿Quiénes?

—No lo sé.

—¿Cuántas veces?

—Varias.

—¿Hombres? ¿Mujeres?

—Siempre hombres.

Samuel y Ana intercambiaron una mirada.

—¿Qué querían?

—Verificar que seguías aquí.

—¿Y quiénes eran?

—Nunca daban nombres.

La tensión aumentó inmediatamente.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Poco antes de que fueras adoptada.

Ana sintió que algo no encajaba.

Nada de aquello sonaba a un simple abandono.

Parecía más bien que alguien la vigilaba.

Como si quisiera asegurarse de que permaneciera allí.

—¿Por qué no me lo habían dicho?

Sor Teresa volvió a sentarse.

—Porque nadie volvió después de que los Ventura te adoptaron.

—¿Está segura?

—Completamente.

Ana apretó la nota entre sus dedos.

Su mente trabajaba a toda velocidad.

Cada nueva respuesta generaba más preguntas.

—Quiero ver todos los registros.

La mujer bajó la mirada.

—No existen.

—¿Cómo que no existen?

—Desaparecieron hace años.

—Otra vez esa palabra.

—Lo siento.

Ana se puso de pie.

La frustración comenzaba a consumirla.

Había viajado hasta allí esperando encontrar respuestas.

Y parecía estar saliendo con más dudas que antes.

Justo cuando estaba a punto de rendirse, Sor Teresa habló nuevamente.

—Hay algo más.

Ana se giró de inmediato.

—¿Qué?

—Una vez escuché una conversación.

—¿Entre quiénes?

—Dos hombres.

—¿Qué decían?

La anciana cerró los ojos intentando recordar.

—Mencionaron un apellido.

—¿Cuál?

—Montenegro.

El aire abandonó los pulmones de Ana.

—¿Montenegro?

—Sí.

—¿Está segura?

—Completamente.

—¿Quiénes eran?

—No lo sé.

—¿Qué más dijeron?

Sor Teresa negó con tristeza.

—Nada que pueda recordar.

Aquella única palabra quedó flotando en el ambiente.

Montenegro.

Un apellido.

Una pista.

La primera pista real que había encontrado.

Y aunque no sabía por qué, algo dentro de ella le decía que aquel nombre podía cambiarlo todo.

Cuando salió del orfanato, el cielo comenzaba a nublarse.

Ana observó la nota una vez más.

Luego miró el edificio detrás de ella.

Había llegado buscando respuestas.

Y había encontrado un misterio.

Un misterio que alguien había intentado borrar durante más de dos décadas.

Pero si algo había aprendido de los Ventura era a no rendirse.

Y por primera vez desde que inició su búsqueda, sintió que estaba cerca.

Muy cerca.

Sin saber que aquel apellido —Montenegro— la conduciría hacia una verdad mucho más peligrosa de lo que jamás había imaginado.

Y hacia una persona que estaba a punto de cambiar su vida para siempre.

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Primi Mendez
pero no tiene sentido que diga que no podrá escaparse de su pasado si ella es lo que esta buscando. y lo que se busca siempre se encuentra /Bye-Bye/
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