Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 16 El día en que el sueño respiró por primera vez
El silencio de la mañana era distinto.
No era el de siempre.
Era uno de esos silencios que parecen guardar algo importante.
Abrí los ojos lentamente.
La luz del sol entraba suave por la ventana.
Y por un segundo pensé que todo había sido demasiado perfecto para ser real.
Pero entonces la vi.
La llave.
Estaba ahí.
Fría.
Real.
Brillando sobre la mesa de noche.
La tomé entre mis manos con cuidado.
Y en ese instante recordé todo.
El baile.
Las lágrimas.
El discurso.
La casa.
Cristopher.
Y el amor que había crecido conmigo desde los catorce años.
Mi corazón se aceleró.
No era un sueño.
Era nuestra vida empezando.
El teléfono vibró.
Un mensaje suyo.
"Te paso a buscar. Hoy no es un día normal. Hoy es el día en que entras a tu futuro."
Sonreí sin poder evitarlo.
Me vestí rápido, pero con manos temblorosas.
Cuando bajé las escaleras, él ya estaba ahí.
Apoyado en el auto.
Mirándome como si el mundo se detuviera cada vez que me veía.
Mirándome como si el mundo se detuviera cada vez que me veía.
—Buenos días, mi amor.
Su voz era suave, pero firme.
Como si también estuviera nervioso.
—Buenos días…
Me abrió la puerta del auto.
Como siempre.
Como si cada gesto con él fuera una promesa silenciosa.
El camino fue distinto a todos.
No había ruido.
Solo miradas.
Y recuerdos que aparecían sin aviso.
—¿Te acuerdas cuando teníamos catorce? —me dijo de pronto.
—Cómo olvidarlo… tú eras insoportable.
Él rio.
—Y tú me ignorabas.
Nos miramos.
Y nos reímos juntos.
Pero esa risa tenía algo distinto.
Era la risa de dos personas que sobrevivieron a crecer sin soltarse.
El paisaje comenzó a cambiar.
Las montañas aparecieron como gigantes quietos.
El aire se volvió más frío.
Más vivo.
Más real.
Cristopher bajó del auto primero.
Después abrió mi puerta.
—Llegamos.
Caminamos en silencio.
Cada paso hacía más fuerte el latido de mi corazón.
Y entonces la vi.
La casa.
No como foto.
No como idea.
Si no como vida.
Era hermosa.
De madera clara y piedra, con grandes ventanales que reflejaban el cielo del Cajón del Maipo.
Parecía respirar.
Como si nos estuviera esperando desde siempre.
Me quedé quieta.
Sin poder hablar.
Las lágrimas llegaron solas.
Cristopher se acercó por detrás.
Me abrazó.
Fuerte.
Sin apuro.
—No llores…
—No puedo… —susurré.
Él sonrió contra mi cabello.
—Entonces llora feliz.
Siguió abrazándome unos segundos.
Y luego me tomó la mano.
—Ven… quiero mostrarte algo.
Entramos.
La puerta se abrió con la llave que ahora parecía pesar más que cualquier cosa en el mundo.
El interior olía a madera nueva y a promesas.
La luz entraba por cada ventana.
Y todo estaba vacío…
pero lleno de futuro.
Caminamos juntos.
Habitación por habitación.
—Aquí vas a enojarte conmigo cuando deje la ropa tirada —dijo él riéndose.
Lo empujé suave.
—Siempre eres igual.
Nos reímos.
Pero en medio de esa risa, él se detuvo.
Me miró serio.
Por primera vez en la mañana.
—Lois…
Respiró hondo.
—Yo no te traje aquí solo para mostrarte una casa.
Mi corazón se quedó en silencio.
Él sacó algo de su bolsillo.
Una segunda llave.
Más pequeña.
Diferente.
La colocó en mi mano.
—Esta es tuya.
Solo tuya.
Porque este lugar no es mío.
Es tuyo… conmigo dentro.
Sentí que el aire se me iba.
Él siguió.
—Quiero que entiendas algo…
No te elegí solo para los momentos felices.
Te elegí para todo.
Para los días buenos.
Y para los que no lo son.
Para crecer.
Para equivocarnos.
Para volver a empezar si hace falta.
Se acercó un paso más.
—Y si algún día el mundo se nos viene encima… quiero que recuerdes esto.
Me tomó el rostro con ambas manos.
Su voz bajó.
Más íntima.
Más real.
—Mientras tengamos esta casa… y tengamos el uno al otro… nunca vamos a estar perdidos.
No pude responder.
Solo lo abracé.
Fuerte.
Como si ese abrazo pudiera detener el tiempo.
Salimos a la terraza.
El viento del Cajón del Maipo nos golpeó suave.
Las montañas estaban frente a nosotros.
Inmensas.
Calladas.
Perfectas.
Cristopher me tomó la mano.
Y por primera vez no dijo nada.
Solo me miró.
Y en ese silencio entendí todo.
No necesitábamos discursos.
Ni promesas nuevas.
Porque ya lo habíamos dicho todo.
Con miradas.
Con años.
Con cicatrices.
Con amor.
Me acerqué a él.
Apoyé mi frente en la suya.
—¿Y ahora? —susurré.
Él sonrió apenas.
—Ahora… vivimos.
El viento movió mi cabello.
Y en ese instante supe que había momentos que no se explican.
Solo se sienten.
Este era uno de ellos.
Porque no era solo el día en que vimos una casa.
Era el día en que entendimos que el futuro ya tenía forma.
Y tenía su nombre… y el mío.