Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
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Más cerca de lo permitido
Viktor D'Angelo
Dormí exactamente dos horas.
Y ninguna de ellas fue particularmente buena.
Porque la fotografía seguía apareciendo cada vez que cerraba los ojos.
El hombre dentro del automóvil.
La vigilancia.
Los informes.
Y la conexión con Alessandro Torres.
Todo apuntaba a una dirección que no me gustaba.
Una dirección peligrosa.
Y el problema era que Samantha no tenía idea de lo cerca que estaba del centro de aquella tormenta.
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—Pareces un cadáver.
Ian dejó una taza de café frente a mí.
—Gracias.
—De nada.
—Qué amable.
—Lo intento.
Mentira.
Nunca lo intentaba.
—¿Sigues revisando los informes?
Preguntó.
Asentí.
Porque llevaba toda la noche haciéndolo.
Fotografías.
Registros.
Movimientos bancarios.
Nombres.
Demasiadas coincidencias.
Y en mi experiencia las coincidencias no existían.
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—¿Qué encontraste?
Guardé silencio unos segundos.
—Todavía no estoy seguro.
—Eso no suena tranquilizador.
—No lo es.
Ian dejó de sonreír.
Lo cual era raro.
Muy raro.
—¿Tiene que ver con Samantha?
—Sí.
Su expresión se endureció inmediatamente.
Porque Ian podía ser muchas cosas.
Irresponsable.
Molesto.
Insufrible.
Pero también era ferozmente leal.
—¿Corre peligro?
Excelente pregunta.
Y precisamente la que no podía responder.
Todavía.
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A las nueve de la mañana ya estaba conduciendo hacia Crema Chantilly.
Mucho antes de lo habitual.
Mucho antes de cualquier excusa razonable.
Pero ya había dejado de fingir conmigo mismo.
La preocupación era real.
Y no pensaba ignorarla.
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Cuando llegué, Samantha estaba abriendo el local.
Sola.
Intentando levantar una caja demasiado pesada.
Por supuesto.
Porque pedir ayuda sería demasiado sencillo.
—Vas a lastimarte.
Ella levantó la vista.
Sorprendida.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
—Viktor.
—Samantha.
—Son las nueve de la mañana.
—Lo sé.
—Eso no responde nada.
Sonreí apenas.
Porque sinceramente tampoco tenía una respuesta convincente.
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—Déjame ayudarte.
Tomé la caja antes de que pudiera protestar.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
—Entonces...
—Voy a ayudarte igual.
Ella abrió la boca.
Probablemente para discutir.
Luego la cerró.
Y aquello fue una victoria histórica.
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Mientras organizábamos algunas cosas dentro del local, noté algo.
Algo pequeño.
Pero importante.
Samantha parecía cansada.
Más de lo habitual.
—¿Dormiste?
Pregunté.
—Sí.
Mentira.
—¿Cuántas horas?
—Suficientes.
Definitivamente mentira.
—Torres.
—D'Angelo.
—No dormiste.
—Dormí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Suspiré.
Porque aquella conversación ya era parte de nuestra rutina.
Y extrañamente me gustaba.
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—Estaba pensando.
Dijo después de unos minutos.
—Eso siempre me preocupa.
—Gracias.
—De nada.
—Idiota.
—Frecuentemente.
Su sonrisa apareció.
Y durante un segundo olvidé completamente los problemas.
Los informes.
La vigilancia.
Todo.
Solo existía ella.
Y aquello era cada vez más peligroso.
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—Sobre ayer...
Comenzó.
Mi atención regresó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—Tal vez exageré.
—No.
—¿No?
—No.
Ella me observó.
Confundida.
Y por primera vez decidí ser completamente honesto.
Al menos un poco.
—Confío en tus instintos.
—¿Aunque estén equivocados?
—Especialmente cuando crees que están equivocados.
Silencio.
Breve.
Extraño.
Porque parecía sorprendida.
Como si no esperara que alguien creyera en ella tan fácilmente.
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—Gracias.
Murmuró.
Y aquella simple palabra me golpeó más de lo que debería.
Porque Samantha rara vez agradecía ayuda.
Estaba acostumbrada a resolver todo sola.
A cargar el peso del mundo sobre sus hombros.
Y ver aquella pequeña grieta en su armadura...
Me hizo querer protegerla aún más.
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A media mañana apareció Olivia.
Y detrás de ella llegó Evelyn.
Lo que automáticamente significó caos.
—¡Viktor!
La niña sonrió.
—Hola.
—¿Trajiste regalos?
—Buenos días para ti también.
—Entonces no.
—No.
—Qué decepción.
Negociadora profesional.
Definitivamente.
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—Sam.
Susurró Olivia mientras se acercaba a Samantha.
—¿Qué?
—¿Por qué parece un esposo preocupado?
—Olivia.
—Solo pregunto.
—No preguntes.
—Definitivamente parece un esposo preocupado.
Escuché perfectamente.
Y por primera vez en mi vida no supe qué responder.
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El resto de la mañana transcurrió sorprendentemente tranquilo.
Hasta que llegó el almuerzo.
Porque Samantha decidió subir una escalera para alcanzar unas cajas.
Y yo decidí que aquello era una mala idea.
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—Baja.
—No.
—Vas a caer.
—No voy a caer.
—Eso dijo la última vez.
—Fue una sola vez.
—Fue hace cuatro días.
—Sigues exagerando.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Y entonces la escalera se movió.
Solo un poco.
Pero suficiente.
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Todo ocurrió muy rápido.
Ella perdió el equilibrio.
Yo reaccioné.
Y segundos después Samantha terminó entre mis brazos.
Otra vez.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Porque claramente el universo disfrutaba viéndonos sufrir.
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Ninguno habló.
Porque estábamos demasiado ocupados mirándonos.
Y porque mi mano seguía apoyada en su cintura.
Y porque ella seguía sujetándose de mis hombros.
Y porque ambos éramos perfectamente conscientes de ello.
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—Estoy bien.
Murmuró.
Pero no se apartó.
—Lo sé.
Respondí.
Y tampoco la solté.
Problema.
Definitivamente un problema.
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El momento se prolongó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Demasiados.
Muchísimos.
Porque algo estaba cambiando entre nosotros.
Algo importante.
Algo imposible de detener.
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—Creo que deberían besarse de una vez.
La voz de Evelyn cayó como una bomba.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
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Samantha se separó de inmediato.
Yo cerré los ojos.
Olivia empezó a reír.
Ian, que acababa de entrar, casi se cae de la impresión.
Y Evelyn parecía extremadamente orgullosa de sí misma.
—¿Qué?
Preguntó.
—Nada.
Respondimos todos al mismo tiempo.
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Horas después, cuando el local ya estaba casi vacío, Samantha salió a sacar algunas bolsas de basura.
Y yo la seguí.
No porque quisiera.
Porque necesitaba comprobar algo.
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La calle estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Observé alrededor.
Lentamente.
Analizando.
Buscando.
Y entonces lo vi.
El automóvil negro.
A dos calles de distancia.
Otra vez.
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Mi mandíbula se tensó inmediatamente.
Porque ya no era una coincidencia.
Porque ahora estaba completamente seguro.
Y porque el hombre detrás de todo aquello acababa de cometer un error.
Yo también lo había visto.
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—¿Viktor?
La voz de Samantha me devolvió al presente.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Mentí.
Por primera vez en todo el día.
Porque todavía no podía contarle la verdad.
Todavía no.
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Aquella noche la acompañé hasta su apartamento.
Sin discutir.
Sin pedir permiso.
Simplemente lo hice.
Y sorprendentemente ella tampoco protestó demasiado.
Como si una parte de ella entendiera que algo estaba ocurriendo.
Aunque todavía no supiera qué.
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Cuando llegamos al edificio, permanecimos unos segundos frente a la entrada.
En silencio.
Observándonos.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Más cerca de lo permitido.
Más cerca de lo prudente.
Más cerca de lo seguro.
—Viktor.
—¿Sí?
—Gracias.
Aquella palabra nuevamente.
Suave.
Sincera.
Y completamente capaz de destruir todas mis defensas.
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Levanté una mano.
Aparté suavemente un mechón de cabello de su rostro.
Y por un instante ninguno respiró.
Porque aquello ya no era amistad.
Ni simple atracción.
Ni curiosidad.
Era algo más.
Mucho más.
Y ambos lo sabíamos.
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Pero justo cuando estaba a punto de decir algo...
Algo importante...
Mi teléfono vibró.
Una llamada.
De Clara.
Urgente.
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Contesté inmediatamente.
Y lo que escuché al otro lado de la línea hizo desaparecer cualquier rastro de calma.
—Señor D'Angelo.
—¿Qué pasó?
—Encontramos a Alessandro Torres.
Silencio.
—¿Dónde?
—Está en la ciudad.
Mi corazón se detuvo.
Porque aquello significaba una sola cosa.
La cuenta regresiva había comenzado.
Y Samantha todavía no tenía idea de que su pasado estaba a punto de alcanzarla.
Fin del Capítulo 24...☕