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El Concierto Del Destino

El Concierto Del Destino

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: liligacaño

Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos

NovelToon tiene autorización de liligacaño para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Celos que No Pueden Ocultarse

Darly

Después de que Leo repartió los tragos entre todos, volvió a sentarse a mi lado.

La conversación siguió fluyendo de una manera tan natural que parecía que nos conociéramos desde hacía mucho tiempo.

Me preguntó sobre mi familia, sobre mi infancia, sobre cómo había llegado a Bucaramanga y cuáles eran mis planes para el futuro. Yo también quise saber más de él.

Me contó sobre sus padres, sus hermanos y los años que había vivido en Nueva York. Hablamos de viajes, de trabajo, de sueños y hasta de las decepciones amorosas que ambos habíamos tenido.

Entre una historia y otra terminábamos riéndonos.

Era un hombre interesante.

Tenía tema para hablar de cualquier cosa.

Además de atractivo, se notaba que era inteligente y maduro.

A sus treinta y cinco años transmitía seguridad y tranquilidad, algo que pocas personas lograban.

Mientras hablábamos, Mía apareció con su celular en la mano.

—¡Vamos a tomarnos una foto!

—Claro —respondí.

Nos acomodamos todos para la fotografía.

Leo quedó sentado a mi lado.

Sin que pareciera algo incómodo, pasó un brazo por mis hombros y apoyó la otra mano en mi cintura.

Tomamos varias fotos.

Algunas serias.

Otras haciendo caras graciosas.

Y otras riéndonos.

Después volvimos a la pista.

Esta vez sonaba reguetón.

Leo me tomó de la mano y comenzamos a bailar.

La energía de la noche era contagiosa.

Mía y Andrés no dejaban de grabar videos para las redes sociales.

Prácticamente todo terminaba en historias o estados.

Entre canción y canción sonó champeta.

Leo se defendía bastante bien.

Y aunque intentó decir que estaba oxidado para bailar, no le creí ni un segundo.

Bailamos durante varios minutos.

Reímos.

Cantamos.

Y disfrutamos de la música.

Después llegaron los vallenatos.

Todos terminamos cantando a todo pulmón como si estuviéramos atravesando la peor tusa del mundo.

Entre risas aparecieron canciones de Yeison Jiménez, temas populares y varios éxitos de Santiago.

Yo cantaba mientras Mía grababa.

Leo hacía lo mismo.

Y cada vez que nuestras miradas se encontraban terminábamos soltando una carcajada.

La noche pasó tan rápido que apenas me di cuenta cuando encendieron las luces anunciando el cierre del lugar.

Ya eran las dos de la mañana.

Salimos de la discoteca todavía riéndonos.

Afuera de la discoteca

—Bueno —dijo Cristian mientras estiraba los brazos—. La pasamos excelente.

Miró a Leo.

—¿Qué te pareció la noche?

Leo sonrió.

—La verdad, muy buena. Gracias por invitarme. Tenía mucho tiempo sin sentirme tan relajado.

Después me miró.

—Y mucho más con semejante compañía.

Sentí que me sonrojaba.

—Ya vas a empezar.

Todos soltaron una carcajada.

—Debemos repetir la salida —dijo Cristian.

—Por mí encantado —respondió Leo.

Entonces Leo me preguntó:

—¿Y tú con quién te viniste, Darly?

—Con Mía, Cristian y Andrés.

—Ah, ya veo.

Pareció pensarlo unos segundos.

—Yo iba a ofrecerme para llevarte.

Antes de que pudiera responder, Cristian habló.

—Si no es molestia, Leo, ¿podrías acercar a Darly? Mía se va a quedar conmigo esta noche.

Miré a mis amigos.

—No se preocupen. Puedo pedir un taxi.

—Ni hablar —dijo Leo de inmediato—. No me cuesta nada llevarte.

Luego miró a Andrés.

—¿Y tú? ¿Tienes cómo regresar?

—Sí, tranquilo.

—¿Seguro?

—Sí.

—Perfecto entonces.

Cristian sonrió.

—Gracias, hermano.

—No hay problema.

Nos despedimos de todos.

—Chao, amiga. Nos vemos mañana —dijo Mía abrazándome.

—Descansa.

—Tú también.

Después de despedirnos, caminamos hacia el estacionamiento.

Y ahí fue cuando vi el carro de Leo.

Tuve que contenerme para no abrir los ojos como platos.

Definitivamente era un vehículo de lujo.

Leo abrió la puerta del copiloto para que subiera.

Un gesto sencillo, pero caballeroso.

—Gracias.

—Con gusto.

Andrés ocupó el asiento trasero y arrancamos.

Durante el trayecto seguimos hablando.

Primero dejamos a Andrés en su casa.

Nos despedimos de él y continuamos el camino.

Ahora estábamos solos.

La conversación volvió a surgir de manera natural.

Hablamos de trabajo.

De viajes.

De música.

De películas.

De cosas importantes y de otras completamente absurdas.

Lo curioso era que ninguna conversación se sentía forzada.

Cuando menos lo imaginé, llegamos a mi edificio.

Leo estacionó frente a la entrada.

Durante unos segundos permanecimos en silencio.

—Bueno —dije sonriendo—. Muchas gracias por traerme.

Él negó con la cabeza.

—No. Gracias a ti por permitirme compartir un poco más de tiempo contigo.

Lo miré.

Parecía sincero.

—Me divertí mucho esta noche, Darly.

—Yo también.

Leo tomó aire.

—Y me gustaría seguir conociéndote.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Claro.

—¿Podrías regalarme tu número?

—Por supuesto.

Intercambiamos teléfonos.

Enseguida me envió un mensaje.

—Así guardas el mío también.

Revisé la pantalla.

—Listo.

—Perfecto.

Entonces sonrió.

—Y dime una cosa.

—¿Cuál?

—¿Puedo invitarte a salir mañana?

Lo pensé apenas un segundo.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

—Excelente.

Su sonrisa se hizo aún más grande.

—Entonces más tarde te escribo.

—Está bien.

Nos despedimos con un beso en la mejilla.

Leo bajó del carro para abrirme la puerta.

Volví a agradecerle.

Y luego entré al edificio.

Mientras subía al apartamento no pude evitar sonreír.

Había sido una gran noche.

Y, por alguna razón, tenía la sensación de que apenas era el comienzo.

Santiago

La presentación había terminado.

Después de bajar del escenario me dirigí al camerino.

Había sido una buena noche.

El público estuvo increíble.

Los músicos estuvieron impecables.

Todo había salido perfecto.

O al menos eso creía.

Me dejé caer en una silla y tomé mi celular.

Comencé a revisar las redes sociales mientras esperaba la hora de regresar al hotel.

Fue entonces cuando aparecieron las historias de Darly.

Abrí la primera.

Era una fotografía de ella sola.

Llevaba un vestido que resaltaba su figura y una sonrisa que me dejó mirando la pantalla varios segundos.

Se veía hermosa.

Demasiado hermosa.

Seguí avanzando.

Apareció un video de ella bailando con Mía.

Sonreí.

Siempre me había gustado verla bailar.

Tenía una energía que atrapaba a cualquiera.

Luego apareció otro video.

Y otro.

Y otro más.

Mi sonrisa desapareció.

En la pantalla aparecía bailando con un hombre que nunca había visto.

Primero bachata.

Después reguetón.

Luego champeta.

Y en todos los videos estaban demasiado cerca.

Demasiado cómodos.

Demasiado sonrientes.

Sentí cómo la sangre comenzaba a hervirme.

¿Quién demonios era ese tipo?

Seguí mirando.

Había fotografías.

Videos cantando juntos.

Historias donde aparecían riendo.

Y una foto donde él la abrazaba por la cintura.

Apreté la mandíbula.

No me gustó.

Para nada.

Una sensación extraña empezó a apoderarse de mí.

Celos.

Puros y malditos celos.

—¿Qué te pasa? —me pregunté a mí mismo.

Darly no era mi novia.

No era mi esposa.

Ni siquiera tenía derecho a reclamar nada.

Entonces...

¿Por qué me sentía así?

¿Por qué me molestaba verla con otro?

¿Por qué quería arrancar a ese imbécil de cada fotografía?

Pasé una mano por mi rostro.

Intentando tranquilizarme.

Pero no funcionó.

Cada video me irritaba más.

Cada sonrisa de ella junto a ese hombre me hacía sentir peor.

Y lo que más rabia me daba era que parecía feliz.

Muy feliz.

Demasiado feliz.

En ese momento entró Isa al camerino.

Comenzó a quejarse de algunas cosas relacionadas con la gira.

Y yo ya no tenía paciencia para escuchar nada.

Terminé respondiéndole de mala manera.

—¡Por favor, Isa! ¡Déjame tranquilo un momento!

Ella me miró sorprendida.

—¿Qué te pasa? Nunca me habías hablado así.

Pero yo ya no tenía ganas de discutir.

Simplemente salí del lugar.

La dejé sola.

Mientras caminaba por el pasillo intentaba controlar mi mal humor.

Sin éxito.

Carlos me encontró pocos minutos después.

—¿Qué pasó?

Me sirvió un whisky.

Tomé un trago.

—No sé qué me pasa.

—¿Con Isa?

Negué.

—Con Darly.

Carlos levantó una ceja.

—¿Qué hizo?

—Nada.

Me pasé una mano por el cabello.

—Y ese es el problema.

Le conté lo que había visto.

Los videos.

Las fotos.

Las historias.

Todo.

Carlos escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, soltó una pequeña sonrisa.

—Estás enamorado.

—No digas tonterías.

—Entonces explícame por qué te importa tanto con quién baila.

No respondí.

Porque ni yo mismo tenía una respuesta.

—Santiago —continuó—. Si una mujer te mueve el piso de esa manera, deja de luchar contra eso.

Miré el vaso de whisky.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es.

Guardé silencio.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, comenzaba a sospechar que Carlos tenía razón.

Y eso era precisamente lo que más miedo me daba.

Porque si realmente me estaba enamorando de Darly...

Ya era demasiado tarde para evitarlo.

1
Elena Rodriguez Welman
Hermosa historia de amor. Felicitaciones escritora
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