Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 11
A la mañana siguiente, Elara apenas había terminado atender a uno de los oacientes cuando la puerta de la sala se abrió con firmeza. Emilian Hawthorne entró con su paso habitual, la bata blanca y el cabello negro peinado hacia atras. Hoy había algo diferente en su expresión. Una determinación que Elara no había visto antes.
—Elara —dijo sin preámbulos—. Ven conmigo.
Ella levantó la mirada.
—¿Otra disculpa en el jardín, profesor? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Emilian la miró con una mezcla de exasperación y diversión contenida.
—No. Hoy te presento al resto del hospital.
Elara parpadeó.
—¿Al resto?
—No puedes quedarte en esta ala para siempre. Si vas a ser médica, tienes que conocer el lugar donde trabajarás. Y los médicos con los que trabajarás.
—Ah —dijo ella, enderezando la espalda—. Suena a prueba.
Emilian se giró para salir, pero antes de cruzar la puerta, lanzó una mirada por encima del hombro.
—Todo en este hospital es una prueba.
Elara sonrió y lo siguió.
Caminaron a través de los pasillos, dejando atrás la sección olvidada y adentrándose en el corazón del Hospital Central del Imperio. El bullicio aumentaba a cada paso. Médicos con batas manchadas de sangre, enfermeras cargando bandejas con instrumentos, pacientes en camillas que eran trasladados de un lado a otro. Todo era movimiento, urgencia, vida y muerte entrelazándose en un mismo lugar.
Elara sintió una punzada en el pecho. Era tan parecido a su vida anterior que por un instante casi olvidó que estaba en otro mundo.
Emilian la guió hasta una sala amplia donde varios médicos y enfermeros estaban reunidos, algunos de pie, otros sentados en bancos de madera. La conversación era animada, con risas y murmullos que se mezclaban con el ruido de fondo del hospital.
Cuando Emilian entró, el murmullo disminuyó. Cuando Elara entró detrás de él, el silencio se volvió absoluto.
Todas las miradas se posaron sobre ella.
Emilian se detuvo en el centro de la sala y habló con su voz fría y autoritaria.
—Quiero presentarles a Elara. A partir de hoy, será aprendiz en este hospital.
Los murmullos no tardaron en llegar.
—¿Una aprendiz?
—Mira su vestido... ¿es noble?
—¿Qué hace una niña tan delicada aquí?
—Seguro que es hija de algún conde o marqués. Ya verán cómo sale corriendo en cuanto vea un poco de sangre.
Algunas risas bajas acompañaron los comentarios. Elara sintió cómo varias miradas la recorrían de arriba abajo, evaluándola, juzgándola. Había escepticismo en esos ojos. Curiosidad. Y también un toque de desprecio.
Emilian, con el rostro completamente impasible, alzó ligeramente la voz.
—Silencio.
La palabra no fue un grito. Fue un golpe seco y frío que cortó el aire como un bisturí. Los murmullos se apagaron al instante. Ninguno de los presentes se atrevió a seguir hablando.
Emilian recorrió la sala con la mirada, asegurándose de que todos hubieran entendido el mensaje. Luego, sin más preámbulos, llamó a uno de los jóvenes que se encontraban cerca.
—Collins.
Un muchacho de cabello castaño y rostro aún juvenil dio un paso al frente. Vestía la bata blanca con cierta rigidez, como si no estuviera del todo acostumbrado a llevarla.
—Sí, señor.
—Lleva a Elara a conocer el lugar. Enséñale las instalaciones. Tengo asuntos que atender.
Collins asintió con rapidez. Cuando Emilian pasó junto a Elara, sus ojos se encontraron por un breve instante. No hubo palabras, pero Elara entendió el mensaje: Demuéstrales quién eres.
Luego él se fue, dejando tras de sí un silencio incómodo que Collins se apresuró a romper.
—Señorita... —dijo el joven, inclinándose ligeramente y esperando que ella completara la presentación con su apellido.
Elara sonrió con amabilidad.
—Elara. Solo Elara.
El muchacho parpadeó, sorprendido, y luego sus mejillas se tiñeron de un leve rubor.
—Ah, sí, claro. Elara. Bueno, entonces... ¿empezamos el recorrido?
—Por supuesto —respondió ella, siguiéndolo.
Caminaron por los pasillos mientras Collins señalaba las diferentes secciones del hospital: la sala de urgencias, el área de consultas, el almacén de suministros, la cocina, los dormitorios para el personal que vivía en el hospital. Mientras él hablaba, Elara observaba todo con atención, comparando mentalmente con lo que conocía de su vida anterior.
—Aquí atendemos a los pacientes de gravedad —dijo Collins al llegar a una sala más amplia, con varias camillas y equipos que Elara reconoció como los más avanzados que aquel mundo podía ofrecer.
Elara se detuvo en la entrada, observando el ajetreo. Médicos y enfermeras se movían con precisión, revisando vendajes, administrando medicamentos, tomando notas en tablillas de madera. Todo era ordenado, eficiente. Había un ritmo en aquel lugar que ella conocía bien.
—Parece que saben lo que hacen —comentó en voz baja.
Collins se sonrojó un poco.
—Sí, todos trabajan muy duro aquí. El doctor Hawthorne es muy exigente con el personal.
—No me sorprende —murmuró Elara con una sonrisa.
Estaban a punto de continuar cuando una enfermera irrumpió en la sala, con el rostro pálido y la respiración agitada.
—¡Doctor Collins! ¡Ha llegado un paciente grave!
El joven se giró al instante, su expresión pasando de relajada a seria en menos de un segundo.
—¿Qué ocurre?
—Un trabajador de las minas. Accidente con una roca. La pierna derecha está destrozada y ha perdido mucha sangre. Los enfermeros intentaron estabilizarlo, pero no hemos podido detener la hemorragia.
Collins asintió con rapidez.
—Tráiganlo a la sala de urgencias ahora mismo. Y llamen al doctor Emerson.
—El doctor Emerson está en una cirugía —respondió la enfermera, con angustia en la voz—. No podrá atenderlo.
Collins apretó los labios. Miró a su alrededor como buscando una solución, pero la mayoría de los médicos estaban ocupados. Los que no, eran demasiado jóvenes o inexpertos.
Elara dio un paso al frente.
—Yo puedo ayudarlo.
Collins giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.
—¿Tú? Pero...
—Sé cómo detener una hemorragia —dijo ella, con una calma que desmentía la urgencia del momento—. Si la herida está en la pierna, podemos aplicar presión y buscar el punto de sangrado. Pero tenemos que actuar rápido.
Collins la miró unos segundos, indeciso.
—No sé si debería...
—Collins —lo interrumpió Elara, y su voz tenía un tono que no admitía réplica—. ¿Quieres que ese hombre muera mientras esperamos a alguien que no va a llegar?
El muchacho se quedó mudo. Luego, tragó saliva y asintió.
—Está bien. Sígueme.
Se giró hacia la enfermera.
—¡Prepárennos la sala tres! ¡Y traigan todo el material que tengamos!
La enfermera asintió y salió corriendo.
Collins se volvió hacia Elara.
—Vamos.
Y ella, sin dudarlo, lo siguió.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔