"CORAZÓN DE CRISTAL, ALMA DE FUEGO" es una historia de segundas oportunidades, de la lucha por el amor verdadero frente a la adversidad familiar y de cómo un alma ardiente puede derretir el más frío de los corazones. ¿Podrán Serena y Julián superar los obstáculos, sanar sus heridas y construir un futuro juntos, o los secretos de su pasado y la oposición de sus hijos destruirán el imperio que han construido con tanto esfuerzo? Adéntrate en un mundo de ambición, pasión y redención, donde solo el amor más puro puede salvarlos.
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DESTELLOS, SOMBRAS Y RISA DEL HIELO.
El Gran Salón del Hotel Cristal estaba iluminado por enormes arañas de luz que proyectaban destellos dorados sobre la crema de la sociedad empresarial. La gala benéfica anual de la Fundación Montemayor era el evento más exclusivo de la temporada, y esta noche la expectación era máxima: era la primera aparición pública oficial de Serena Montemayor y Julián Ocampo como pareja ante las cámaras y el ojo crítico de los grandes magnates.
Serena lucía sencillamente espectacular. Portaba un vestido de noche corte sirena en tono azul noche —un guiño silencioso al color favorito de Julián— con un escote asimétrico que resaltaba sus hombros definidos y su figura impecable a sus cuarenta y cinco años. Llevaba el cabello peinado en un recogido bajo con ondas elegantes y unos pendientes de diamantes que captaban cada destello de luz.
A su lado, Julián vestía un esmoquin negro a la medida, perfecto, con la postura erguida y ese aplomo que solía desarmar a cualquiera. Sin embargo, su mirada azul no estaba fija en los fotógrafos ni en la prensa corporativa.
Estaba fija en el hombre que llevaba diez minutos conversando con Serena.
Se trataba de Damián Alarcón, un reconocido inversionista europeo de cuarenta y ocho años, apuesto, de cabello canoso peinado con esmero y una labia aristocrática que solía encantar a los círculos financieros.
—Serena, querida, estás absolutamente radiante —decía Damián, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa encantadora y tomando su mano para rozar apenas el dorso con un gesto de cortesía clásica—. Los años no pasan por ti; al contrario, te vuelves más fascinante cada vez que te veo. Debo admitir que en Madrid se extraña tu presencia en los consejos.
—Eres muy amable, Damián —respondió Serena con su elegancia habitual, retirando suavemente la mano con cortesía profesional—. Los negocios en la ciudad han requerido toda mi atención este año.
—Lo sé, he seguido de cerca la expansión de tu grupo —siguió Damián, dando un paso más cerca de ella e ignorando deliberadamente la presencia de Julián—. De hecho, me encantaría que cenáramos a solas mañana para discutir una alianza en el sector inmobiliario. Solo tú y yo, como en los viejos tiempos en Ginebra.
A un metro de distancia, la mandíbula de Julián se apretó de forma casi imperceptible.
Sus ojos azules, habitualmente calmos y serenos, se volvieron oscuros como una tormenta en el mar.
Mantuvo la copa de champán en la mano con una presión que amenazaba con fisurar el cristal.
Julián dio un paso al frente, acortando cualquier espacio residual entre Serena y el inversionista, y colocó una mano posesiva, firme y cálida en la espalda baja de ella, pegándola suavemente a su costado.
—Señor Alarcón —intervino Julián. Su voz no era alta, pero tenía un timbre tan grave, helado y cargado de autoridad que interrumpió a Damián de golpe—. Soy Julián Ocampo.
Socio principal del consorcio... y prometido de Serena.
Damián parpadeó, sorprendido por la interrupción y por la juventud del hombre que tenía enfrente, aunque la mirada de acero de Julián le dejó claro que no estaba ante ningún novato.
—Ah, el joven Ocampo. He oído hablar de tu fondo —dijo Damián, intentando mantener la superioridad—. Un placer.
Estaba proponiéndole a Serena una cena de negocios para mañana.
—Agradecemos la propuesta, Señor Alarcón —contestó Julián, sin soltar la cintura de Serena ni un milímetro y sosteniéndole la mirada con una frialdad absoluta—. Pero la agenda de Serena para los próximos días está completamente reservada conmigo. Para cualquier asunto corporativo, mi equipo legal puede coordinar una reunión en nuestras oficinas durante el horario de oficina.
Damián notó la tensión en el aire y la firmeza infranqueable del joven empresario.
Pasándose la mano por el saco, esbozó una sonrisa incómoda.
—Por supuesto... entiendo. Con permiso, Serena. Buenas noches.
En cuanto el inversionista se alejó entre la multitud, Julián soltó un leve resoplido por la nariz. Se cruzó de brazos, acomodó la solapa de su esmoquin y fijó la vista en la pista de baile con una cara de molestia infantil y sería que contrastaba de forma cómica con su habitual madurez. Tenía las cejas ligeramente fruncidas y la boca apretada en una línea recta.
Serena se giró para mirarlo de frente. Al notar la expresión de su prometido —el multimillonario implacable, el hombre que desmanteló a Guillermo sin despeinarse, se transformó ahora en un titán celoso de treinta años—, una risa cristalina, genuina y divertida brotó de su garganta.
No era la risa contenida de los eventos ejecutivos; era una carcajada fresca que llamó la atención de Beatriz y Constanza, quienes observaban la escena desde una mesa cercana.
—¿De qué te ríes? —preguntó Julián, manteniendo su ceño fruncido y mirándola de reojo con cara de pocos amigos.
—Me río de ti, Julián Ocampo —dijo Serena, dando un paso hacia él y arreglándole la pajarita con las manos, sintiendo el calor de su pecho rígido por la molestia.
—Ese hombre estaba sobrepasando los límites de la cortesía —se justificó él con voz seria, aunque sus ojos traicionaban la devoción que sentía por ella—. Y la forma en que te tomó la mano fue completamente innecesaria.
—Damián Alarcón tiene casi cincuenta años, es un socio diplomático y lo conozco desde hace una década —explicó ella, sin poder dominar la sonrisa radiante que iluminaba su rostro.
—Me da igual si tiene cien años o si te conoce desde el colegio —replicó Julián, tomándola por las muñecas con firmeza pero sin lastimarla, atrayéndola hacia él—. No me gusta cómo te mira. Eres la mujer más deslumbrante de esta sala y no tengo ninguna intención de compartir tu atención con nadie.
Serena apoyó las manos en las solapas de su esmoquin, mirando esos ojos azules que echaban chispas de celos contenidos. La "Dama de Hielo" se sentía más viva, deseada y feliz que nunca.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —susurró Serena, alzándose levemente de puntillas para quedar a milímetros de sus labios.
—¿Qué? —mulló él, aun con el rostro serio, pero perdiéndose en la mirada avellana de su prometida.
—Que me fascina verte celoso —confesó ella con una chispa de picardía—. Te ves peligrosamente guapo cuando intentas marcar tu territorio.
La expresión adusta de Julián finalmente colapsó. Una pequeña sonrisa pícara y derrotada se dibujó en la comisura de sus labios, rindiéndose ante el encanto de la mujer de su vida.
—Eres implacable, Serena Montemayor —murmuró él, rodeándole la cintura y pegándola a su cuerpo sin importar las miradas de los diplomáticos alrededor—. Pero que te quede claro: no pienso pedir disculpas por cuidar lo que es mío.
A lo lejos, Beatriz levantó su copa hacia Constanza, riendo a mandíbula doliente.
—Míralos nada más —dijo Beatriz—. El felino salvaje marcando terreno y nuestra Dama de Hielo muriéndose de la risa. Definitivamente, esa boda va a ser el evento del siglo.