Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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Los Sueños de una Joven
El invierno parecía haber quedado atrás.
Los jardines de la residencia de la anciana duquesa comenzaban a cubrirse de pequeñas flores silvestres, y el aire olía a hierba húmeda y a tierra recién despertada. Catalina caminaba entre los senderos con una cesta vacía en las manos, fingiendo recoger flores cuando, en realidad, solo buscaba un poco de paz.
Había crecido.
Ya no era la niña asustada que había llegado años atrás con vestidos demasiado grandes y el corazón lleno de abandono. Su cabello rubio caía hasta la cintura como hilos de oro, sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y melancolía y su sonrisa, aunque cada vez más escasa, seguía siendo capaz de iluminar un salón entero.
Sin embargo, bajo aquella belleza naciente se escondían cicatrices invisibles.
Había aprendido a guardar silencio.
A sonreír cuando debía hacerlo.
A fingir que ciertos recuerdos nunca habían existido.
Los días transcurrían entre clases de música, bordado, lectura y danza. Catalina disfrutaba especialmente cuando podía tocar el laúd. Cada nota parecía alejar por unos instantes los fantasmas del pasado.
—Tienes talento —le decía una de las damas mayores—. Si hubieras nacido con otra fortuna, quizá habrías sido una gran artista.
Catalina sonreía.
Pero en realidad soñaba con algo mucho más sencillo.
Quería pertenecer a un lugar.
Quería una familia que la esperara al final del día.
Quería que alguien pronunciara su nombre con cariño.
Por las noches, mientras las demás muchachas dormían, ella abría la pequeña ventana de su habitación y contemplaba las estrellas.
Imaginaba mundos lejanos.
Castillos donde las risas fueran sinceras.
Hogares donde nadie levantara la voz.
Personas capaces de querer sin herir.
Sabía que eran sueños infantiles.
Pero eran los únicos que nadie podía arrebatarle.
Con el paso del tiempo comenzó a llamar la atención de todos.
Los criados comentaban su elegancia.
Las damas elogiaban la delicadeza de sus modales.
Incluso algunos visitantes preguntaban quién era aquella joven de cabello dorado que caminaba siempre con una expresión soñadora.
Catalina escuchaba aquellos comentarios con vergüenza.
Nunca había aprendido a verse hermosa.
Cada vez que se miraba al espejo encontraba primero a la niña insegura que llevaba dentro.
A veces recordaba los años de su infancia y se preguntaba si alguna vez conseguiría olvidar por completo todo lo que había vivido.
No podía.
Había recuerdos que aparecían sin avisar.
Una palabra.
Un perfume.
Una risa demasiado fuerte.
Todo bastaba para devolverla a épocas que prefería dejar atrás.
Entonces respiraba hondo y seguía adelante.
Porque nadie debía notar lo que ocurría en su interior.
En la casa de la duquesa también había momentos felices.
Durante las tardes de verano las jóvenes organizaban pequeños juegos en los jardines.
Reían.
Cantaban.
Competían por hacer las coronas de flores más bonitas.
Catalina participaba con entusiasmo.
Por unas horas conseguía sentirse igual que las demás.
Libre.
Ligera.
Joven.
Su mejor amiga era una muchacha de carácter alegre que siempre encontraba una razón para sonreír.
—Algún día saldremos de aquí —le decía mientras observaban el cielo—. Tendremos vestidos maravillosos y bailaremos en los mejores salones de Inglaterra.
Catalina reía.
—¿Y si nadie nos invita?
—Entonces iremos igual.
Ambas terminaban riéndose hasta que les dolía el estómago.
Aquellos pequeños instantes eran tesoros.
Momentos que le recordaban que la vida también podía ofrecer dulzura.
Con el paso de los meses comenzó a despertar un nuevo interés por los libros.
Le fascinaban las historias de caballeros, reinas y heroínas.
No porque creyera que la realidad fuera semejante.
Sino porque necesitaba creer que, en algún rincón del mundo, podían existir personas nobles de corazón.
Leía una y otra vez los mismos relatos.
Se emocionaba con cada final feliz.
Aunque, en el fondo, sospechaba que la vida rara vez seguía el camino de los cuentos.
La anciana duquesa apenas intervenía en la educación cotidiana de las muchachas.
La enorme casa continuaba siendo un lugar donde cada uno parecía vivir según sus propias reglas.
Aquella libertad tenía dos rostros.
Permitía reír y jugar.
Pero también escondía peligros que Catalina todavía no alcanzaba a comprender.
Ella prefería mantenerse al margen de los rumores.
Observaba más de lo que hablaba.
Había aprendido que escuchar era más seguro.
Una tarde encontró un pequeño rosal junto al muro del jardín.
Una única rosa blanca había florecido entre las espinas.
La contempló durante largo rato.
—Se parece a ti —comentó una sirvienta al verla.
Catalina sonrió.
—¿Por qué?
—Porque sigue floreciendo aunque el invierno haya sido duro.
Aquellas palabras quedaron grabadas en su memoria.
Desde entonces visitaba aquella rosa cada mañana.
Le hablaba en voz baja.
Le contaba sus sueños.
Le prometía que algún día ambas conocerían un jardín mejor.
Con el paso de los años empezó a imaginar cómo sería su futuro.
Quizá serviría como dama en una gran casa.
Quizá conocería ciudades que solo existían en los mapas.
Quizá encontraría a alguien que la respetara y la hiciera sentir segura.
No soñaba con riquezas.
Ni con coronas.
Solo deseaba vivir sin miedo.
En ocasiones la invadía una tristeza difícil de explicar.
Era una melancolía silenciosa.
Como si presintiera que la tranquilidad que disfrutaba no duraría para siempre.
Entonces caminaba por los pasillos iluminados por el sol y trataba de convencerse de que el destino aún podía sorprenderla.
La primavera dio paso al verano.
Catalina cumplía ya los años suficientes para dejar atrás la niñez.
Su belleza empezaba a convertirse en tema de conversación entre quienes visitaban la residencia.
Ella ignoraba aquellas miradas.
Seguía siendo la muchacha que prefería perderse entre los jardines antes que convertirse en el centro de atención.
Todavía creía que la vida le reservaría algo bueno.
Todavía conservaba la capacidad de ilusionarse.
Todavía escribía pequeños sueños en hojas sueltas que escondía dentro de un viejo libro de oraciones.
"Algún día encontraré un lugar al que pueda llamar hogar."
No sabía que el destino ya comenzaba a mover sus piezas.
Que nuevas personas estaban a punto de cruzarse en su camino.
Y que aquellos sueños inocentes serían puestos a prueba de formas que jamás habría imaginado.
Mientras tanto, Catalina levantó la vista hacia el cielo azul, cerró los ojos y dejó que el viento acariciara su rostro.
Por un instante, solo por un instante, creyó que el futuro podía ser tan hermoso como los jardines que florecían frente a ella.