Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 15
La noche que no debió ocurrir
Don Esteban Arce superó la fase crítica dos días después.
Todavía no recuperaba plenamente la conciencia, pero el médico aseguró que su respuesta estaba mejorando. Por fin, la familia pudo respirar un poco. Natalia obligó a Damián y a Alma a volver a la casa principal para bañarse y dormir unas horas.
—Los dos parecen muertos vivientes —sentenció Natalia.
Alma no discutió.
Damián tampoco.
La casa principal de los Arce conservaba el mismo aire de dos años atrás: grande, impecable y llena de recuerdos que no le pertenecían a Alma. La habitación que les habían preparado estaba en el segundo piso. La habitación de un matrimonio.
Por supuesto.
Delante de la familia, seguían siendo marido y mujer.
Alma entró primero y dejó el bolso sobre una silla. Damián permaneció en el umbral.
—Dormiré en el sofá del estudio.
Alma se volvió.
Aquello debería haberla aliviado.
Pero después de dos días en el hospital, después de que Damián la defendiera delante de la familia, después de haberle visto el rostro agotado mientras velaba al abuelo, esas palabras le sonaron a un muro que volvía a levantarse entre los dos.
—Como usted quiera.
Damián estudió su cara.
—¿Está enojada?
—Estoy demasiado cansada para enojarme.
—Eso no responde mi pregunta.
—Usted tampoco suele responder.
Se quedaron en silencio.
La puerta aún estaba abierta. Desde abajo llegaban las voces de la familia y del personal de la casa. Si alguien pasaba y veía a Damián salir de esa habitación, los chismes empezarían antes del desayuno.
Alma exhaló despacio.
—Duerma aquí. Hay un sofá.
Damián reparó en el sofá largo junto a la ventana.
—¿Está segura?
—Soy médica. He dormido en sillas de guardia mucho peores. No voy a quedar traumatizada porque usted duerma a tres metros de mí.
Damián entró y cerró la puerta.
La seguridad de Alma resultó excesiva.
Después de bañarse, salió con un pijama largo y un velo suelto. Damián también acababa de ducharse; tenía el cabello mojado y la camiseta negra adherida a los hombros. Estaba frente al armario, buscando otra manta.
Alma apartó la vista de inmediato.
Damián lo advirtió en el reflejo del vidrio.
—Tengo ropa puesta.
—No dije que no la tuviera.
—Apartó la cara como si hubiera visto un peligro.
—Usted suele ser un peligro.
Las manos de Damián se detuvieron.
Alma volvió a arrepentirse.
Damián tomó la manta sin contestar. Se sentó en el sofá, desbloqueó el teléfono y revisó los informes de la fuerza de frontera. Alma se acomodó en la cama, tan lejos como pudo del lado más cercano al sofá.
Apagaron la luz.
La habitación quedó a oscuras, iluminada apenas por el resplandor de la ciudad tras la ventana.
Alma creyó que se dormiría enseguida.
No fue así.
Seguía con los ojos abiertos. Tenía la cabeza demasiado llena: el abuelo en cuidados intensivos; Sabrina, que siempre sabía cómo colocarse cerca de Damián; la familia juzgándola; las palabras de Damián sobre la responsabilidad; sus manos temblando mientras comprimía una herida.
El sofá crujió levemente.
—¿Todavía no duerme? —la voz de Damián rompió la oscuridad.
—Usted tampoco.
—Estoy revisando informes.
—Yo estoy viendo el techo.
—¿Es interesante?
—Muchísimo. Es más fácil de entender que usted.
Hubo un breve silencio.
Luego Damián soltó una risa baja.
Alma estuvo a punto de volverse.
Rara vez lo oía reír. El sonido fue grave y breve, pero bastó para que la habitación pareciera distinta.
—¿Soy tan complicado?
—¿Quiere una respuesta educada o sincera?
—Sincera.
—Sí.
Damián dejó el teléfono a un lado.
—Entonces explíqueme.
Alma siguió mirando el techo.
—Usted me detesta, pero me manda medicamentos. Dice que solo soy un estatus y luego se enfurece cuando me hieren. Mantiene la distancia, pero me defiende ante su familia. Afirma que todo es por responsabilidad, pero...
Se interrumpió.
—¿Pero qué?
El pulso de Alma se aceleró.
—Nada.
—Alma.
—Estoy cansada.
El sofá volvió a crujir.
Los pasos de Damián se acercaron.
Alma se incorporó de golpe.
—¿Qué ocurre?
Damián estaba de pie junto a la cama. Bajo la luz tenue, su rostro se veía más cansado que de costumbre.
—Sí la detesté alguna vez.
La frase le atravesó el pecho, aunque Alma ya lo sabía.
—Gracias por su sinceridad.
—Escúcheme primero.
Alma guardó silencio.
—Creí que habías llegado para aprovecharte de la promesa entre nuestras familias. Creí que sabías que Laura había huido y que tomaste esa oportunidad. Creí que eras igual a los que siempre intentaban manejar mi vida usando el apellido Arce.
—¿Y ahora?
Damián sostuvo su mirada.
—Ahora no estoy seguro de que nada de lo que pensé entonces fuera cierto.
Alma contuvo el aliento.
No era una disculpa.
Pero viniendo de Damián, quizá era lo más parecido al arrepentimiento.
—No estar seguro no significa confiar —replicó Alma.
—Lo sé.
—Y usted no puede retirar todas las palabras que ya pronunció.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué habla ahora?
Damián se sentó en el borde de la cama, lo bastante lejos para no tocarla.
—Porque tenías razón. Nunca respondo.
Alma lo contempló.
—Si te dijera que no solo siento responsabilidad, ¿me creerías?
El mundo pareció detenerse.
Alma oía el aire acondicionado, el tic tac del reloj, incluso su propia respiración.
—No diga eso porque está cansado —murmuró.
—No lo digo por eso.
—No lo diga porque el abuelo está enfermo.
—Tampoco es por eso.
—No lo diga porque Sabrina está aquí.
El nombre por fin salió de sus labios.
Damián la observó con mayor atención.
—Sabrina es el pasado.
—Un pasado que aún sabe demasiado de usted.
—Ella conoció al Damián de antes. No al de ahora.
—¿Y yo cuál conozco?
Damián calló.
Alma soltó una risa breve. —¿Ve? Ni siquiera usted lo sabe.
Se bajó de la cama para tomar agua de la mesa. Pero quizá se movió demasiado rápido; quizá aún no se había recuperado de verdad. La cabeza le dio vueltas.
Damián la sostuvo por los hombros.
—Despacio.
—Estoy bien.
—Tu frase favorita.
La distancia entre ellos era corta.
Demasiado corta.
Alma percibía el aroma de jabón en Damián. Las manos de él sobre sus hombros eran cálidas y cuidadosas, nada parecidas al agarre furioso de dos años atrás.
Ella debía apartarse.
Damián también.
Ninguno se movió.
—Alma —murmuró Damián.
Su voz era distinta.
Más grave.
Más peligrosa.
Alma alzó el rostro.
Los ojos de Damián descendieron un instante hacia sus labios antes de regresar a los suyos. Ese gesto mínimo le tensó todo el cuerpo.
—Si quieres que me aparte, dímelo ahora.
Alma sabía qué tenía que decir.
Aléjate.
No somos una pareja así.
Pero de sus labios solo salió un aliento tembloroso.
Damián esperó.
Cuando Alma no respondió, él inclinó la cabeza despacio.
El primer beso no fue brusco.
Y precisamente porque no lo fue, Alma estuvo a punto de desmoronarse.
Damián rozó sus labios como si pidiera un permiso que llegaba demasiado tarde. Alma cerró los ojos. La mano que había mantenido rígida junto al cuerpo terminó, sin que ella lo notara, aferrada a la camiseta de Damián.
Damián aspiró el aire con brusquedad.
Se apartó apenas.
—Alma...
Su nombre sonó como una advertencia.
Alma abrió los ojos.
Se contemplaron en la oscuridad.
La conciencia llegó tarde.
Acababa de besar a su esposo.
Al hombre que durante dos años había llamado estatus a su matrimonio.
Alma retrocedió de inmediato.
—Perdón.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué se disculpa?
—No debí...
—Yo empecé.
—Exactamente. Usted empezó. Y mañana quizá dirá que fue por el cansancio, por la situación, por la responsabilidad o por cualquier cosa que parezca razonable.
Damián la contempló.
—No diré eso.
—Usted no lo sabe.
Alma tomó el vaso de agua con las manos temblorosas. Bebió un sorbo y lo dejó de nuevo sobre la mesa.
—Durmamos. Mañana tenemos que volver al hospital.
Damián se quedó inmóvil.
—Alma.
—Por favor.
Esa única palabra lo detuvo.
Volvió al sofá.
Alma regresó a la cama y se subió la manta hasta el pecho. Sus labios aún guardaban calor. Le dolía el pecho por algo muy parecido a la felicidad, y eso la asustaba.
En el sofá, Damián no durmió.
Contempló el mismo techo y entendió algo con absoluta claridad.
Aquella noche no había sido un error.
El error habían sido los dos años que pasó fingiendo que la mujer de la cama no significaba nada para él.
Al amanecer, Alma despertó primero.
Damián dormía en el sofá, en una postura incómoda, con un brazo caído a un lado. Sin la expresión de comandante en el rostro, parecía mucho más joven. La manta se le había deslizado hasta la cintura.
Alma permaneció largo rato junto a la cama.
Podía dejar que tuviera frío.
Era la opción más segura.
Pero al final bajó sin hacer ruido, tomó el extremo de la manta y la subió hasta cubrirle el pecho.
Damián no despertó.
Alma lo observó un momento antes de apartarse.
—No me confunda más —susurró, casi sin voz.
En el sofá, los ojos de Damián se abrieron despacio después de que Alma entrara al baño.
La había oído.
Y esta vez supo que la confusión no era solo de Alma.