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LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Dos Hijos, un Mismo Sangre

El sonido de las botas se detuvo frente a la puerta como se detiene un verdugo frente al cadalso: con la calma obscena de quien ya ha hecho el trabajo antes. Tres golpes sonaron en la madera, esta vez acompasados, casi ceremoniosos, y una voz que reconocían los tres —Adrián, claro, Adrián con su dicción de seda— dijo desde el otro lado:

—¿Tienen la bondad de abrir, doña? El juez está conmigo, y la ley no acostumbra a esperar.

La Condesa, que se había colocado ya en el centro del salón con la espalda recta y la carta guardada en el pecho, miró a Luis. No le hizo falta hablar; le bastó con inclinar apenas la cabeza, y Luis, que había entendido más en una noche de silencios que en años de gritos, caminó hacia la puerta y la abrió él mismo, sin pedir permiso, sin mirar a los lados, con la mano derecha —la del anillo— apoyada con descaro en el marco de la puerta. Detrás de él, la Condesa y Clara permanecieron de pie, una al lado de la otra, formando una especie de trinchera de faldas y manos blancas.

Adrián entró primero. Hoy no traía el traje de seda perla; traía uno de terciopelo negro con cuello alto, cerrado hasta la barbilla, como un sacerdote que va a impartir una extremaunción. Detrás venía un hombrecillo calvo, de ojos acuosos y librea oscura —el juez— y dos guardias con el rostro tan inexpresivo como la muerte. Adrián cruzó el umbral sin mirar a Luis, se dirigió directamente a la Condesa, y le extendió, con una reverencia burlona, un legajo de papeles.

—La orden de desahucio, doña. Firmada, sellada y lista. Tiene usted hasta el mediodía para abandonar la propiedad con lo que pueda cargar en un carruaje. Si para el atardecer todavía hay un mueble suyo en esta casa, mandaré a los guardias a tirarlo a la calle. Y ahora, si me permite, voy a proceder a la inspección.

Fue entonces cuando Luis habló. No levantó la voz, no amenazó, no se movió del marco de la puerta. Simplemente dijo, con la misma calma con la que se enuncia una sentencia:

—Antes de que proceda a cualquier inspección, Adrián, le sugiero que mire este anillo.

Adrián se detuvo a medio paso. Volvió la cabeza hacia Luis, y por primera vez en la noche anterior y en el día de hoy, algo en su máscara de porcelana se quebró. Vio el anillo de oro en la mano derecha de Luis, el sello de los Villalobos, el mismo sello que él llevaba en el bolsillo desde la muerte de su padre, y una sombra cruzó por sus ojos como cruza un pez muerto por el fondo de un río.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó, y la voz le salió más aguda de lo que le hubiera gustado.

—De donde sale todo lo que es de un Villalobos, hermano —respondió Luis, y la palabra "hermano" la dijo con la misma dulzura con la que se clava un cuchillo—. Del fondo del mar, que es donde mi padre decidió esconderlo cuando comprendió que tú no eras digno de heredarlo.

El juez carraspeó, incómodo, pero Adrián le hizo un gesto con la mano para que se callara. Caminó hacia Luis con pasos lentos, los ojos clavados en el anillo como un niño clavado en un caramelo que le han robado. Cuando estuvo a un metro de distancia, se detuvo, y Luis pudo ver, por fin, lo que la noche anterior la rabia le había impedido ver: que Adrián Villalobos estaba asustado. Asustado de una forma antigua, profunda, la clase de miedo que no se improvisa, sino que se hereda. Asustado de que un bastardo del fango pudiera mirarlo a los ojos y no pestañear.

—Eres un farsante —dijo Adrián, pero la palabra le tembló—. Ese anillo lo robaste. Lo compraste en cualquier mercado de pulgas de La Habana.

—Puede ser —concedió Luis, y se abrió la casaca con un solo movimiento, dejando ver, cosida en el forro interior, una bolsita de lino—. Pero entonces, dime, hermano: ¿también robé esto?

De la bolsita sacó un fajo de documentos doblados, y los extendió hacia el juez, no hacia Adrián. Era una manera de decir, sin palabras, que la ley estaba por encima de cualquier pelea entre sangres. El juez tomó los papeles con manos temblorosos, los desdobló, y a medida que leía, su rostro iba perdiendo color, como una vela que se consume sola. Cuando llegó al tercer folio, levantó la vista hacia Adrián y luego hacia Luis, y en sus ojos había el desconcierto de un hombre que ha descubierto, demasiado tarde, que está sentado entre dos lobos y no tiene con cuál aliarse.

—¿Qué dicen esos papeles? —preguntó Adrián, y la pregunta le salió como un disparo.

—Dicen —respondió el juez, con la voz rota— que don Rodrigo Villalobos, vuestro padre, reconoció en su lecho de muerte a un segundo hijo habido con doña Mercedes de la Riva, y le dejó a ese segundo hijo, aquí presente, la mitad indivisa de la herencia Villalobos, así como el usufructo de esta casa y de todos los bienes raíces que la acompañan. Reconocimiento firmado en la Habana, ante notario, con testigos y con el sello de la Iglesia. Si esto es auténtico, señor Adrián, la orden de desahucio que usted ha presentado queda sin efecto, y el legítimo dueño de esta propiedad, según la ley, es este hombre.

El silencio que cayó sobre el salón fue el silencio de un duelo a cuchillo. Clara sintió que le fallaban las rodillas, y la Condesa la sostuvo con una mano firme, la mano que ya no temblaba. Luis, de pie en el centro de la sala, miró a Adrián con la misma tristeza con la que se mira a un perro que ha mordido a su propio amo. Y entonces dijo, en voz baja, con la voz de un hombre que ha ganado una batalla pero que todavía no ha ganado la guerra:

—Hermano, te lo dije anoche, y te lo repito ahora delante de la ley: quédate con la mitad de lo que es nuestro si quieres, quédate con el apellido, con las fincas, con el nombre. Pero no te quedes con esta casa, no te quedes con estas mujeres. No te quedes con lo único que todavía se puede salvar de un apellido que tú has convertido en lodo. Si me obligas a ir a un juicio, lo voy a hacer. Y voy a ganar. Y tú vas a perder hasta la camisa de seda que llevas puesta.

Adrián, desencajado, miró a su alrededor como un animal acorralado. Miró al juez, que ya no lo miraba a él. Miró a la Condesa, que lo miraba con la frialdad de quien mira un reptil. Miró a Clara, que lo miraba con el asco de quien mira una herida propia. Y por fin miró a Luis, y en esa mirada había, debajo del odio, debajo de la envidia, debajo de todo el veneno que llevaba dentro, algo que Luis reconoció al instante: el miedo cerval de un hombre que por primera vez entiende que ha estado peleando contra un fantasma, y que el fantasma tenía más sangre que él.

—Esto no se ha terminado —dijo Adrián entre dientes.

—No —respondió Luis—. Apenas comienza. Pero hoy, hermano, hoy se juega con las reglas de los Villalobos. Y la primera regla es esta: en la casa donde hay una mujer, no entra la ley de un hombre solo. Hoy entra la ley de los tres. Y los tres estamos de tu lado del espejo.

El juez, que había entendido perfectamente que su papel en esta comedia había terminado, carraspeó, guardó los papeles en su cartera, y se dirigió a la puerta. Los guardias lo siguieron sin preguntar. Adrián, solo ya en medio de un salón que ya no le pertenecía, se quedó un instante más, mirando a Luis con una intensidad que podría haber cortado el cristal, y luego giró sobre sus talones y salió. Sus botas, ahora, sonaban más ligeras, menos seguras, como botas de un hombre que ha descubierto que la tierra que pisaba no era suya.

Luis se volvió entonces, caminó hacia Clara, le tomó la mano, y le dijo, con una sonrisa triste que era la primera sonrisa que le había visto en toda la mañana:

—¿Ves, Clara? Te dije que volvería. Y te dije que no les pediría permiso para entrar. No se lo pedí a ellos. Pero a ti, mi amor, a ti te lo voy a pedir todos los días de mi vida.

Y la Condesa, que había escuchado todo, que había entendido todo, sacó del pecho la carta sellada con cera negra, la miró un momento, y luego, con un gesto que era mitad rendición y mitad liberación, la rompió por la mitad sin abrirla. Las dos mitades cayeron al suelo como dos pájaros muertos, y el aire del salón se llenó, de pronto, de un olor a sal y a papel viejo que olía, por primera vez, a principio.

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Nerika Moreno
Mientras más leo más me confundo 😠
Nerika Moreno
Esa Condesa está loca como rompe esa carta sin leerla, seguro ahí contaba secretos 😞
Nerika Moreno
Ya me perdí¿Quien es hermano de quién? que arroz con mango es ese🤪
Nerika Moreno
Que hermoso 😍 me muero de amor 🥰 quien no quiere un marinero grandote y q te cuide 🤪☺️
Zonia Guzman
El Adrián no creo que sea hijo de el ni la chica
Zonia Guzman
Esta como aburrida
Zonia Guzman
Que enredada pero que no sean hermanos porque entonces???
Liliana García
Tiene que haber gato encerrado, uds no pueden ser hermanos
Liliana García
Entonces son medios hermanos 😪😪😪
Enith García
Y te gustó, que rico!!!!
Enith García
Ese macho te puso a temblar la de abajo🤭
Enith García
Me encanta, buen inicio de obra
Vicenta Peñalver
así es no xq uno venga de abajo los demás valen más w uno todo lo bueno bien del corazón
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