Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Celos, carreras y un beso que cambia todo
Al día siguiente, Kaelen necesitó escapar. Cansado de todo. Se puso su chaqueta de cuero, montó su moto y fue a las carreteras oscuras donde la velocidad era la única droga que calmaba el dolor. Corrió contra tres hombres en coches deportivos, los dejó atrás como si estuvieran parados, y cuando frenó al final de la recta, estaba sudando, con el corazón a mil por hora, y una mano en su hombro.
—¿Crees que puedes escapar de mí? —dijo una voz grave que lo hizo temblar de pies a cabeza.
Se giró. Draven estaba allí, con pantalones oscuros y camisa abierta al viento, mirándolo con esos ojos verdes que ahora ardían de celos y deseo.
—¿Qué hace aquí, señor? —preguntó Kaelen, con la respiración entrecortada.
—Vi cómo te marchabas —dijo Draven, acercándose despacio—. Vi esa moto, esa chaqueta… y sentí un miedo irracional de que no volvieras.
—No me voy a ir a ningún lado —respondió Kaelen, aunque no estaba seguro de querer quedarse.
—¿No? —Draven lo acorraló contra la moto, sus manos apoyadas a ambos lados de su cuerpo—. ¿Entonces por qué cada vez que te veo con alguien más… ncluso con mi propia hija… siento que te estoy perdiendo?
—Porque no soy suyo para perderme —respondió Kaelen, mirándolo a los labios.
—Eso es lo que crees —susurró Draven,
Sus dedos se curvan con firmeza sobre la nuca, la palma caliente cubriendo toda la parte posterior de su cuello, los pulgares presionando suavemente la base de su cráneo como si marcara territorio, como si desde ese instante no hubiera escapatoria. Lo atrae hacia sí con un movimiento decidido, lento pero irrompible, hasta que sus rostros chocan sin espacio entre ellos, respiración mezclada, piel erizada por el roce de las yemas que se entrelazan en su cabello, tirando apenas lo necesario para inclinar su cabeza hacia el ángulo perfecto.
Y entonces lo besa.
Los labios se sellan con hambre contenida, se abren sobre los suyos y la lengua se desliza con fuerza y suavidad a la vez — profunda, exploradora, exigente — buscando la suya en un encuentro húmedo y caliente que arranca un gemido ahogado de su garganta. El agarre en la nuca se refuerza, lo mantiene pegado, lo empuja hacia atrás obligándolo a ceder, y la lengua se entrelaza con la suya en un ritmo lento que se acelera, beso tras beso, lenguas que se buscan, se rozan, se devoran, mientras sus respiraciones se entrecortan y cada caricia en la nuca se convierte en fuego que recorre toda la columna vertebral hasta perder el control.
No lo suelta ni un segundo. Lo tiene justo donde quiere: atrapado en su mano, perdido en su boca, completamente suyo.
Fue un beso que rompió todas las reglas. Desesperado, hambriento, doloroso, perfecto. Draven lo sujetó por la cintura, apretándolo contra su cuerpo como si quisiera fundirse con él, mientras Kaelen le rodeaba el cuello con las manos, olvidando todo: la venganza, a Mila, el pasado. Solo existía él. Solo existía esto.
—Eres mío —murmuró Draven contra sus labios, besando su mandíbula, su cuello, devorándolo con cada caricia—. Aunque no quieras serlo. Aunque me odies. Eres mío.
—No te odio —susurró Kaelen, llorando sin lágrimas—. Nunca te he odiado.
Draven lo miró con ojos llenos de un amor que lo aterrorizaba.
—Entonces dime que te quedas —suplicó, el hombre más poderoso del mundo suplicándole a un chico de dieciocho años—. Dime que te quedas conmigo.
—Me quedo —dijo Kaelen, y en ese momento supo que estaba perdido—. Pero si me quedo… no podré soltarte nunca.
—No quiero que me sueltes —respondió Draven, abrazándolo con tanta fuerza que dolía—. Quiero que me rompas. Quiero que me salves.
Pasaron la noche en una cabaña olvidada en las montañas, lejos de todo. Y cuando amaneció, Kaelen despertó entre los brazos musculoso del hombre que se suponía debía destruir. Y supo que la venganza ya no era lo que lo movía. Algo mucho más grande había nacido. Algo que podía destruirlos a ambos.